lunes, 3 de diciembre de 2012


MI ADORADO SOL

La típica neblina oscurecía nuevamente el camino. El frio que taladraba silenciosamente los huesos se cernía inevitable como el manto nocturno sobre la tarde. Negaciones y contrariedades eran todo lo que hablaban las agujas de la brújula. Y para empeorar la situación una manada de lobos rondaba cerca del inmovilizado auto. No es que les temiéramos encerrados como estábamos, pero hacer caso omiso a los últimos informes de ataques a los ocasionales caminantes era tonto. Tendríamos que pasar la noche juntos.
“¡Maldito motor de porquería!” dije. Quería ser soez, grosero y quería dañarle, deseaba que su estancia conmigo fuese lo peor. Lástima que las llamaradas de furia que emanaban de mi pecho no sirvieran para calentarme sino que congelaban implacables mi rabia. Era ese pedazo de ira mi única protección contra el llanto de la frustración. Porque sin esa máscara nunca podría seguir una vida medianamente normal. Se enteraría el mundo de que mi corazón se caía a pedazos con cada latido que daba. Es y ha sido la ira la forma en que he sabido sobrevivir. Arropándome entre telarañas de odio es que puedo creer que superé tan terrible secreto. Ella no dijo nada, mantuvo su rostro imperturbable, me consumí. Su serenidad se sentía como mil cuchilladas furiosas en mis adentros, como si toda la ira de la que fuese capaz de enviarle no sirvieran sino sólo para atormentarme a mi.
“Yo puedo bajar a traer las mantas de la cajuela” Me dijo con una voz tan dulce que ni con toda una vida de penitencias merecería escuchar. “¡Estás loca! O quieres arriesgarte a un ataque de esas bestias.” Espeté duramente. “Bueno, pensé que sería mejor abrigarnos antes de morir por culpa de un resfrío”.  Respondió May, sus ojos oscuros como muros impenetrables se mostraban vulnerables a mi mirada, tanto que la represa de mis lágrimas estaba a punto de colapsar. Se devorarían mares a través de mis ojos. “¡Iré yo!” Ladré con rabia. “No quiero que  enfermes por mi causa.” Poniendo toda la acidez de mi lengua en aquellas palabras. Otra vez su mirada desarmó toda mi rabia y la turbulencia de mi sangre se congeló al ver que aún así no dejó de tratarme con dulzura. “Gracias” Dijo quedamente.
Salí con sigilo del coche, la neblina sólo me dejaba ver a menos de un metro. No sabría si algo atacaría sino cuando estuviera ya sobre mi. ¡Malditos animalejos! Me dirigí hacia la parte de atrás del coche y me horrorizó lo que vi. Eran los despojos sanguinolentos de un infausto conejo que devorasen horas antes de  nosotros estacionarnos allí. “Deben estar cerca” Murmuré entre dientes. “Cuanto antes regrese, mejor” Con sigilo tanteé la cajuela hasta hallar la cerradura, usé mi llave y logré tomar las cobijas y algún bocado que siempre guardaba para alguna emergencia. Eran galletas y algunas golosinas y chocolates. Nada especial. Cerré con cuidado, el miedo se podía oler, la tensión parecía darle el tono gris a la neblina y enfriar hasta el último atisbo de alegría. Si, se sentía como tener una decena de dementores cerca. Esa sensación desesperante y corrosiva que no desaparece y sólo sabe aumentar. Pretendía que al caminar con el menor ruido posible nadie escucharía. Caminé dos pasos y no sé cómo se me cayeron las llaves. “¡Rayos!” Grité en mi mente, esperé agacharme y descubrí un par de ojos amarillos mirándome. Años más tarde supe que todo acurre por alguna razón. Esos ojos amarillos y unos dientes como zarpas terminaron por helar mi poca valentía. Se acercaba rítmicamente con pasos que a un bailarín experto le tomarían años aprender. Un ronquido sordo que manaba desde el pecho lo oscurecía todo, entendí entonces el sentido de aquella frase que dice “oscuro como boca de lobo”. ¡Rayos, si lo hubiera cazado se vería increíble en mi mural! Instintivamente di un paso hacia atrás. “Error” Me susurró el entendimiento. Sentí cómo un torrente convulsionado de adrenalina me arrastraba a los límites de toda locura. Le devolví la mirada. “¡Oh, por todos los cielos qué estaba haciendo!” Me mostró los colmillos. Impresionante. El bramido de su pecho se intensificó, más fuerte, más ronco y más horrendo aún. Sabía que esa pequeña dosis malgastada de adrenalina se iría en un minuto o menos, no pensé un solo instante en escapar. Cerré los ojos, me preparé para el dolor…
“¡Ahora!” Una voz me arrancó con gran rudeza de mi letargo y me hizo voltear la mirada. Era May atrayendo a la bestia hacia el otro lado. El lobo saltó sobre el capó. No debió hacerlo, debió rodear el auto. May retrocedía y él se alistaba a saltar sobre ella. Ya podía verla presa de esos colmillos que no cesarían de apretar, la sangre a borbotones y un grito desgarrándo hasta el último segundo de mi miserable vida. Sinceramente no sé cómo sucedió pero recuperé la consciencia cuando tenía agarradas las patas traseras de esa enorme bestia y había conseguido que perdiese su objetivo. Instintivamente arranqué mis manos de sus patas como si estuvieran al rojo vivo. La ira inundó como corrientes irrefrenables de sangre y lava los ojos de un leviatán que estaba presto a arrancarme el cuello de una dentellada. El gruñido se intensificó mil veces más si eso fuese posible. Yo estaba apunto del colapso. Temblaba, esto me costaría la vida. “¡Cómo rayos había hecho eso! Al menos lo hubiese tirado del capó con lo cara que me había costado la pintura. ¡Pero que estaba diciendo! ¿La pintura? ¿Acaso no había algo más estúpido en qué pensar?” Un aliento fétido taladró mi nariz, hizo sacudirse de nausea y espanto hasta la más remota memoria dentro de mi piel. El ladrido sordo de quien sabe el miedo que su mera facción impone se hizo presente. El cataclismo de nervios, la vida que pasa por tus ojos en un segundo, las voces por millares pero distinguible cada una, el hielo quemando como brazas, todo cuanto le visita a uno antes de su muerte se acercó justo cuando el abismo oscuro de su boca se cerraba sobre mí.  Sentí cómo mi carne cedía gustosa ante sus colmillos. De un salto me tiró al piso pero extrañamente él también se revolvía de dolor. Mi sangre estaba en toda su boca, en su pelo, en sus patas, en mi ropa. Su grito lastimero era insoportable. “Un momento, ¿Por qué diablos tendría que gritar él si la víctima era yo? ¡Por todos los cielos, tenía en mis manos la mejor excusa para gritar como niña y el condenado lobo lo estaba arruinando todo aullando conmigo, de hecho él lo hacía mejor!” Como todo hijo de Adán y heredero de sus reminiscencias no había reparado que May sostenía el hacha que habíamos llevado al bosque. “¡Por qué rayos habría olvidado sacarla! Quiero decir, ¿¡Cómo rayos las mujeres pueden estar al tanto de todos los detalles que realmente importan!?” El lobo sangraba de un corte profuso en una de sus piernas y huía de la escena.
Me levanté aturdido, el dolor se esparcía en todo mi brazo, llegaba hasta el hombro, cubría mi espalda, se hacía dueño de mí. May tomó la casaquilla blanca que la cubría del frío y me envolvió la herida, hizo un torniquete y consiguió parar la sangre que manaba desenfrenada. Me levantó y curó en más de un sentido. Yo que me había creído un hombre duro y recio, nunca imaginé que un acto de caridad inmerecida podría hacerme dimitir de toda esa máscara amarga. Al fin cedió la niebla y salimos. Pronto estuve recuperado. Ella me iba a visitar muy seguido llevándose entre las manos una parte de mi máscara de engaño. No sé cómo  lo hacía, pero terminé siendo yo. Ella terminó sacando al verdadero yo de esos escombros en los que había vivido hasta entonces. Por mi parte… Sería un idiota si la dejaba ir, alguien que me había visto en lo más profundo y aún así se hubo quedado a mi lado, yo no podía. Al final en esa repisa de la sala tengo la prueba de que soy el hombre más afortunado del mundo por tener a mi lado a su abuela.
“¡Está listo el postre!”
 Mis nietos bailaron y cantaron a mí alrededor mientras la abuela May servía el postre en la mesa. Mis hijos siempre querían oír una y otra vez la historia de nosotros dos. Y no se cansaban de oírla, a veces yo cambiaba alguna parte, un oso o un tigre de la jungla, otras veces  eran pumas, era el carro o el barco que construí para pasear en el lago. Pero lo que nunca cambió es que en todas las formas en que una mujer puede cambiar el curso torcido de un hombre, May lo logró. Y nunca he tenido tanto frío, nunca he temblado tanto, nunca he estado más lejos del sol como cuando ella se fue tan lejos a estudiar. Y nunca he sido tan feliz como cuando me  dijo que de mi lado no se separaría más, pues ella ha sido, es y será mi adorado sol.