-- Hola, ¿es usted el técnico
electricista? Verá, tengo unos problemas con los cables de la iluminación, ayer
salieron chispas de las lámparas. Todas se echaron a perder y necesito esas
luces funcionando lo más pronto posible. Aquí le dejo mi dirección: …. Pregunte
usted por Ana Paula – De esa manera terminó de hablar por teléfono conmigo y
por supuesto que yo estaba contento pues por fin comenzaban a funcionar los
anuncios de servicios profesionales como técnico electricista en el diario
local luego de que hace un mes me mudara a una nueva ciudad a comenzar una
nueva vida. Tres llamadas por día, tres contratos por día. El negocio comenzaba
a caminar. Salí con mi maletín de electricista y con una gorra en la cabeza
hacia aquella dirección.
Si, soy nuevamente yo, Armando
Céspedes. Soy yo quien sale del prostíbulo local, con mi maletín de
electricista, y un repentino interés por mis zapatos. Cuando ingresé a esa
enorme casa, cuando comencé a darme cuenta de la clase de lugar al que estaba
ingresando comencé a dar media vuelta para salir lo más pronto de allí. –
¿Usted es Armando cierto? – Dijo una muchachita de unos 23 años. Mientras me
halaba del brazo y me decía que no me fuera. Que me necesitaba con urgencia.
Los ocasionales visitantes del lugar me miraban algo extrañados. Imagino porque
ninguna de las servidoras sexuales que allí laboraban les había dicho tal cosa
ni llevado con tal vehemencia a su habitación. Y no es que esperase a que
sucediera, todo lo contrario. Yo deseaba salir de aquel lugar. – Señorita, creo
que hay un error – Me resistí a ser prácticamente arrastrado a una habitación.
– Yo soy un técnico trabajando, yo no vine con intenciones de… -- Dije mientras
me plantaba firme en un pasillo que conducía a la parte interior de aquella
casa. – Y yo soy Ana Paula, soy quien te llamó – Dijo mientras me arrastraba
dentro. La verdad es que no entiendo cómo lo hizo, se supone que un hombre es
más fuerte que una mujer y más aún que una muchacha tan delgada.
Finalmente no entiendo cómo es que
llegué hasta esa habitación que formaba parte de muchas puertas que ni con el pensamiento deseaba abrir. --
¿Ves?—Interrumpió mis pensamientos mientras accionaba el interruptor de luz. –
No tengo electricidad ¿Puedes arreglarlo?—Mientras me miraba con unos ojos
tristes y fríos, como de quien espera despertar.
Le dije que si, años después no
entiendo cómo es que le dije que si, necesitaba el dinero y serían pocos
minutos los que invertiría, por otro lado deseaba salir corriendo de esa
habitación. – Te pagaré el doble – Me dijo como deseando convencerme. El
problema era la humedad de las lluvias que había terminado carcomiendo los
cables y había provocado un corto circuito que voló los fusibles. Nada difícil
salvo que tendría que subir al ático y cambiar los cables. -- ¿Tiene usted una
escalera? – Pregunté. – Debo subir al ático a revisar, sospecho que allí está
el problema. – Si, tenemos una en el patio de atrás, se la traeré, sólo espere
aquí – Respondió mientras salía rauda a pesar de la lluvia. Cuando regresó y me
dio la pequeña escalera y rozó su mano con la mía, sentí una piel tan fría que
me sorprendió. No sabría decir qué fue lo que se arremolinó dentro de mí. Deseé
en ese mismo momento abrazarla, protegerla, cuidarla de lo que ella
gratuitamente se hacía, guardar lo poco que quedaba de su alma y borrar de su
memoria todo recuerdo de esta vida que llevaba. Pero no hice más nada, reparé
el desperfecto y le dije que no cobraría más de la tarifa habitual. Antes de
irme le pedí un minuto y me lo concedió. Ella instintivamente cerró la puerta
de la habitación y arregló su cabello. Y mientras se sentaba en una de las
sillas y me miraba con ojos melancólicos le dije algo que nació muy dentro de
mi -- Señorita ¿Por qué hace esto? Usted puede dedicarse a mil otras cosas,
puede conseguir su sustento de otras maneras. Deje por favor este lugar, una
niña como usted no puede estar haciendo esto, usted no pertenece aquí, es tan
joven y tan bonita que puede conseguir trabajo en otro lugar. Estoy seguro que
hay gente que podría ayudarla a salir adelante. – Imagino que esperaba otra
respuesta de la que recibí. -- ¿Y cómo sabes que no pertenezco a este lugar?
¿Cómo sabes que no quiero estar aquí? ¿Acaso tú vas a ayudarme? – Mientras con
sus ojos fríos puso un cristal tan grueso entre nos que ni con un millón de
disparos conseguiría romper. De seguro sería su modo de defensa, encerrarse en
sus adentros pues era lo único privado que aún poseía – Lamento haberla
incomodado, lamento si la he ofendido señorita. Me retiraré ahora, discúlpeme.
– Cogí mis cosas y me dirigí a la salida con una gorra apuntando al piso para
que nadie me viera salir del prostíbulo local.
Cinco años pasaron para que ahora
en la calle de Las Brisas estuviese mi agencia, una pequeña agencia que a
fuerza de sacrificios conseguí abrir. Tenía tres jóvenes aprendices que hacían
el trabajo conmigo y ver cómo es que el otrora pequeño negocio ganaba renombre
me hacía enormemente feliz. Las llamadas eran
diarias por nuestros servicios, después de que el hospital nos
contratara para hacer las conexiones eléctricas de todo el edificio las cosas
fueron viento en popa. Había dinero por fin y pude pagar las deudas de las que
huí. Sí, escapé por las muchas deudas que mi ludopatía me causó. Huí porque me
amenazaron de muerte y sabía que no podría pagar. Finalmente pagué centavo tras
centavo todo lo que debía. Era libre. Pero más importante es que era libre por
dentro mucho antes de haber saldado mis deudas. Había conocido de un Dios que curaba
aún al que estaba a punto de morir y le devolvía la vida. Él me sanó de mi
antiguo vicio, pagó por mis deudas. Sí, eso hizo por mí y se lo agradecía
diariamente que despertaba, antes de dormir y cuando recordaba de qué infierno
me pudo sacar. Y más aún, los contratos no cesaban de llegar. Dos años más
pasaron para que al director del hospital lo trasladaran a otro gran hospital
que el estado inauguraba. Y por supuesto que la agencia haría el trabajo
eléctrico. Así fue. Un contrato cuatro veces más grande que el anterior. Oh
esas fotos estarían excelentes en mi pared, mi equipo y yo instalando la corriente en el mejor hospital
de la ciudad. Terminamos el trabajo cuatro días antes de lo previsto con todo y
pruebas. EL gobernador estaba contento por poder inaugurar antes de lo pensado,
de seguro que su popularidad mejoraría. Imagino que por eso es que sólo nos
contrata a nosotros desde ese entonces. Una tarde el director del hospital me
llamó por un desperfecto que había en la instalación. Presuroso me dirigí en mi
auto al hospital, el problema era un interruptor defectuoso que no tardé en
cambiar y listo, problema solucionado. Me dirigí a la salida cuando unos
paramédicos entraban a toda marcha al hospital con una camilla ensangrentada y
una mujer que estaba apunto de dar a luz. Lo que me sorprendió fue el estado de
la mujer, estaba descuidada y sucia, con el cabello maltratado, ella estaba
inconsciente. La habían encontrado bajo el puente gritando de dolor, la policía
llamó a los paramédicos y ellos la trajeron. Pero no le daban atención.
Simplemente la dejaron en el pasillo mientras la oficina social hacía el
expediente para poder atenderla. No le hallaron identificación alguna y
simplemente la dejaron luego de que llegara otro accidentado al parecer con
seguro social y dinero. Yo estaba petrificado con la frialdad con que la
abandonaron en el pasillo. Una mancha de sangre se hacía más grande entre sus
piernas y nadie hacía nada. Le increpé a un enfermero y me dijo que sólo con la
ficha de la asistencia social podrían atenderla y se fue. No podía creerlo, no
tenía palabras para describir tamaña vergüenza que estaba presenciando. Me
acerqué a la mujer y la cubrí mientras que le volvía el rostro. Estaba sucia y
olía a alcantarilla. Bueno, de allí prácticamente la sacaron. Detrás de ese
cabello negro vi algo que me horrorizó. Sí, era Ana Paula. La prostituta que
años atrás conocí. ¿Qué había pasado con ella? La atendieron luego de que
pusiera una buena cantidad de dinero en las manos de la cajera del hospital
pues ella no tenía seguro alguno. Le practicaron una complicada cesárea para
salvar la vida del bebé que peligraba. Era una niña, salvaron la vida de Ana Paula
y la vida de GRACIA, así la llamé. Ana Paula quedó inconsciente por dos semanas
de tan desnutrida que estaba. Imagino que quien lee esto sabe que pagué cada
uno de los gastos médicos. Allí invertí todo el pago de mi contrato. Llevé a
Ana Paula a mi casa y la cuidé junto a GRACIA. Madre e hija tenían un color
sonrosado y cuando finalmente hablamos ella me dijo que se marcharía con su
hija, que le apenaba habernos causado tantas molestias y que me pagaría todo lo
que invertí en ellas. Que no debí hacerlo pues no tenía deber alguno que no era
superman o algún héroe para salvar la vida de cualquier desconocido. Imagino
que todos eso años le enseñaron duramente que nadie da algo a cambio de nada.
En sus ojos noté la pregunta, la gran pregunta. “¿Qué quieres de mí? ¿Con qué quieres
ahora que te pague?” Había una veta de resentimiento en ella, una veta que
tenía su raíz en el más profundo odio hacia el género masculino. Imaginaba bien
por qué.
No le dije que sabía quién era. Ella se identificaba como Rubí Álvarez
y decía que había huido de su casa luego de que su marido ebrio casi la mata
con un cuchillo. Al fin un pedazo de verdad o un buen intento de cubrirla.
Decidí creer a medias si eso es posible. Trató de hacer sus maletas y
trastabilló en la puerta pues no podía sostenerse. Estaba tan delgada y débil
que casi debí obligarla a que se quedara. – ¿Y con qué te voy a pagar si sigo
con mi hija en esta casa? – Preguntó ásperamente mientras la volvía a acostar
en la cama. Ya veremos le dije, conseguirás un trabajo y podrás pagarme
entonces. Ahora debes descansar. Con la pequeña Gracia pasaba lo contrario,
nació muy bien de salud, no me explicaba cómo es que ella había nacido con un
peso completo mientras la madre se estaba muriendo. Imagino que muchas veces
estuvo privada de alimento. Gracia era la razón de que todas las tardes llegara
apresurado a casa. Ella era la que con su sólo sueño comenzaba a robar el corazón
que me late en el pecho. Sus risitas y sus ojos de cielo eran el motivo de
olvidar mi nombre, mi trabajo y esa cosa que no recuerdo cómo se llama… ¡Oh si!
¡Mis zapatos! Una vez olvidé salir con zapatos a trabajar por haberla estado
observando mientras dormía. Y sabía que pronto se iría.
Hable con Ana Paula para que se
quedara y cuidara de Gracia en mi casa, le dije que se podían quedar hasta que
pueda trabajar y sostenerse por si misma. Ella aceptó. Consiguió trabajo como
operadora telefónica en una agencia de servicio técnico. Si, mi agencia. Y con
eso conseguí que llevaran a la niña todos los días al trabajo. Ana Paula
finalmente en su terquedad comenzó a pagar su deuda. Aunque una sonrisa de
Gracia valía por un día entero de trabajo y en un solo día había saldado toda
su deuda sonriéndome y lanzando esas
risitas que hacían a mi corazón vibrar con no sé qué emoción que casi
nunca puedo explicar. Era amor. Pero un amor diferente, un amor que traspasaba
mi corazón como mil rayos de sol, un amor que hacía que mi sangre se congelara
y al mismo tiempo bullera frenética en mi pecho. Una tarde Ana Paula me
sorprendió llamándola “mi niñita bella”. Rió de mí – Voy por un pañuelo, tienes
baba por toda la cara – Y reímos juntos, los tres. Reímos parados sobre un secreto
terrible, reímos esperanzados en la risa de un ángel. Poco a poco Ana Paula
aceptó la luz de Cristo en su vida. Su rostro cambió tan dramáticamente que
casi no la reconocía. Pero aún faltaba vencer un gigante que la tenía
secuestrada en miedo y vergüenza. Pues seguía siendo Rubí.
Días después mientras un ocaso me
sorprendía en mi cama junto a Gracia, viendo cómo la paz del firmamento puede
ser escrita en un rostro tan pequeño… Oh, estaba extasiado. -- ¿Hermosa verdad?
– Dijo Ana Paula melancólicamente. – Lo es, es un ángel que gasta tres pañales
al día – Respondí mientras ella reía sin querer. – Debemos hablar – Me dijo y
me pidió que la dejara en su cuna y platicáramos en la sala. – Ayer cuando
caminábamos por el centro comercial, mientras comprabas la ropa de Gracia, un
hombre dijo algo y tú no escuchaste, no te diste cuenta. – Trató de reprimir un
sollozo. – Hay algo que no te he dicho y me está matando por dentro porque ya
no puedo mentir, antes era fácil hacerlo pero ahora no puedo. Si supieras lo
que hay en mi pasado, tal vez me eches de tu casa, pero no puedo seguir con
esta farsa. – Dijo mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas y se
llevaban el maquillaje de sus ojos. – Yo… Yo no soy Rubí Álvarez… Te mentí… -- Prorrumpió
en un llanto tan intenso. – Yo no soy quien tú piensas… -- Volvió a decir
mientras más lágrimas salían de sus ojos, al principio negras de rímel pero
parecía que brotaban negras porque estaban lavando su propio corazón. – Lo sé Ana Paula – Dije mientras sus ojos
se abrían como platos y la más absoluta incredulidad se cernía como la noche
negra al final de la tarde sobre la tierra. – Y no sé si ese es tu verdadero
nombre o es uno de los tantos que tienes. Ayer, mientras estaba en el centro comercial
oí todo claramente, no dije nada porque no quise descubrirte. Mi intención no
es condenarte. Desde que te he cuidado he sabido quién eras. Yo te conocí
muchos años atrás en aquella casa de muchos pisos. Yo fui el electricista al
que tú llamaste para arreglar la luz de tu habitación. -- Ana Paula me miraba
como si mis palabras le hubiesen congelado. -- ¿Y te quedaste conmigo y mi hija
a pesar de saberlo? – Cuestionó nuevamente. – Dios olvidó tu pasado, no tengo
derecho de recordarlo y tú tampoco lo tienes. – Le respondí. Nuevamente mil
lágrimas brotaron ansiosas de sus ojos, lágrimas cada vez más transparentes
como hablando de quién ahora vivía dentro de ella. Lloraba y la veía por
primera vez sanar. Le abracé y le susurré que no estaba sola. – Gracias,
gracias – Dijo con voz entrecortada. – Quédate, no tienes que irte. -- Gracia
parece gustar de su nueva ventana. Ok, de mi ventana. -- Ella se echó a reír.
-- ¿Por qué siempre me haces reír cuando no quiero? – Dijo. – Seremos una
molestia constante. – Y no está bien que viva contigo, eres un hombre solo y la
gente terminará por hablar mal de ti por causa nuestra. – Bueno, pensé que tal
vez querrían ayudarme a solucionar ese problema, (mientras sudaba a mares), ¿te
gustaría casarte conmigo? – Le dije mientras nuevamente el hielo inundaba su
expresión. – Perdóname por haberme enamorado sin tu permiso, sé que hice mal.
Yo… Yo no sé por qué te dije algo tan torpe como eso… -- Tartamudeé. – ¡Shhhh!
– Dijo mientras tapaba mis labios con sus manos. – No arruines la más romántica
palabra que nunca nadie me ha dicho. Y
si, si quiero casarme contigo. – y finalmente con la mirada más pura que
nunca hubiese un ser humano haber dado me dijo “También te quiero”. Se mudó de
mi casa por un tiempo mientras preparábamos todo. Quiso hacer las cosas bien al
igual que yo. Fue una boda sencillita en una iglesia pequeña que se ubicaba a
dos calles, donde recibimos ella y yo el regalo de la vida. Julieta, así se
llamaba, ni Rubí ni Ana Paula, su nombre era mucho más bello: Julieta Del Campo
Días.
El ministro dijo algo que ahora
está pintado en nuestra habitación: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el
amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1 Corintios 13. 13.”
Ahora cuando caminamos por la calle con
nuestra hija en brazos a veces alguien nos señala y mira con ojos de desaprobación
y vergüenza. Nunca hacemos caso, porque pensamos QUE SI DIOS OLVIDÓ NUESTRO PASADO, NO SOMOS QUIEN PARA RECORDARLO.
Dedicado a Ingrid, la nena de 2 años que un día se robó mi corazón y
no pensó en devolverlo. Espero que te encuentres bien pequeña.