En el frio del verano uno no se
siente como un millón de dólares, sino más bien como un par de centavos tirados
en la calle a los que nadie se dignará a recoger ni se alegrará al
encontrarlos. Así me sentí cuando entendí que Clarisse no era para mí. Cuando
vi con horror deletrear en sus labios las palabras SOLO AMIGOS. No es una experiencia
que uno desee contar o recordar junto a los amigos. Aún tengo pesadillas con
eso. A mí me afectó. Yo le había dicho lo que sentía en la mejor forma (al
menos para mí) pero a ella pareció no importarle. Me miró con sus ojos dulces y
azules y me dijo que no sentía igual que yo y que lamentaba lo ocurrido.
Hablando algunos años después hasta
me rio de aquello. Clarisse por supuesto se fue con el tipo rubio y adinerado.
Se casó con él. Me costó olvidarla, me costó dejar de decir su nombre a diario,
me costó sacar todo ese amor metido en mi corazón pala por pala. Y cuando el
hoyo que terminé cavando era tan grande que quería devolver toda esa tierra
sacada para no sentir el vacío, apareció Amanda. Una muchacha tan distraída que
olvidaba recurrente las llaves de su pequeño café en la cuadra 12 de “Las
Flores”. A dos pasos de la agencia donde buscaba yo el consuelo del trabajo con
tal de olvidar. Así, una tarde en que salí muy temprano vi a una muchacha de
rostro lozano que desafiaba al ardor del sol exhibiendo una piel tersa y clara
como hecha de porcelana. Ella estaba furiosa y daba pequeñas patadas a una
puerta de madera pintada de verde. – ¿Por qué no te abres simplemente y alegras
mi día? – Decía enfurruñada mientras probaba mil llaves del atado que tenía.
– Vaya, no quisiera ser esa
puerta – Le dije tratando de mostrar un poco de mi célebre y deficiente sentido
de humor. Lo que hizo fue algo que no esperaba. Se volvió y me dijo inocente: –
Oh, yo si quiera que lo seas, así al menos podrías responderme y quejarte aunque en este punto creo que la puerta se
estará burlando de mis dolorosas pataditas– Quería reír pero a la vez no
podía. Era extraño ahora que lo recuerdo. Bueno, le dije que tal vez si trataba
con algo más de fuerza en la cerradura. – Inténtelo usted señor músculos – Me respondió. Lo intenté unas cuatro veces
hasta que casi rompo la llave pero la cerradura no cedió. Saqué las llaves de
mi bolsillo para abrir la cajuela del auto y forzar la cerradura con alguna
palanca pero al instante se me cayeron las llaves de las manos. Amanda las tomó
de suelo y dijo asombrada: – Esto podría servir – Mientras escogía la llave de
mi baúl. Si, era esa llave azul y verde, la llave de mi viejo baúl donde guardé
hace muchos años todos los sueños y recuerdos de una juventud echada a perder cuando el médico me dijo que
dejara los deportes si no quería dejar de caminar. Nunca más lo había abierto
aunque recordaba muy bien su contenido. Un uniforme deportivo y un balón, unos
guantes viejos y las más increíbles zapatillas deportivas que nunca jamás tuve.
Y encima de todo eso estaba la más cruel sentencia médica que nunca hubiese
tenido. El informe aciago de un médico que veía como una total estupidez el
sueño de un adolescente que quería ser deportista profesional. – Estudia algo
en la universidad, es mejor tener el pan asegurado muchacho – Me dijo con
cierta amargura. Allí, cubriendo todos mis sueños reposaba el sobre con el
informe médico, mi informe médico. Yo cerré el baúl y cada vez que quería
deshacerme de esa llave no pude. El caso es que cuando Amanda tomó
mi llavero y escogió la llave verde y azul con un delfín en la empuñadura y la
insertó en su puerta, esta cedió con asombrosa facilidad y hasta diría que nos
pareció que la puerta se había enamorado de esa vieja llave.
– Pero que grande sorpresa – Dije
emocionado. Ella como siempre me dejó sin palabras para contestar. – ¡Entonces tú eras el que se robaba mi jamón
de la nevera con tu llave que abre puertas ajenas! – mientras miraba muy
adentro de mis ojos. – ¿Pero de qué estás hablando? – Respondí perplejo. –
Bueno ¿eres tú el que se roba el jamón inglés de mi nevera si o no? – Me volvió
a interpelar con esa frialdad en la mirada que no ha parado de dejarme
indefenso hasta hoy. – ¡Por supuesto que no! – Respondí conmocionado por esos
ojos que no paraban de acusarme. – Oh vaya, entonces debo seguir de sonámbula,
vieras que una vez preparé el desayuno dormida. Bueno, una vez aclarado el
caso, me gustaría ofrecerte un café y un sándwich como agradecimiento a tu
generosa ayuda si puedes esperarme a que termine de abrir mi local. Aunque
pienso que es a esa llave a la que debería premiar – Dijo en su acostumbrado
tono de metralleta de mil palabras por segundo.
– ¿Pero que haces ahí? – Dijo mientras
otra vez esos ojos me miraban sin yo poder dejar la embriaguez de su encanto. –
Hay sillas qué bajar de las mesas, y, si fueras tan amable de barrer el piso
que ayer llovió y mira toda la tierra que la gente trajo aquí —
Yo no sé ni cómo pasó pero le
obedecí, no podía dejar de hacerlo, bajé las sillas, extendí los manteles,
barrí el piso y aún limpié las ventanas. Claro, no por propia voluntad sino por
la voz de la pequeña mujer que yo mismo
había vuelto mi nueva jefa. – Has hecho un gran trabajo – Dijo
entusiasmada – Ahora quiero que me esperes aquí mientras que regreso de la
panadería. Si alguien viene, te pones ese delantal y les tomas el pedido ¿ok?
Ya regreso— Mientras salía del pequeño restaurant que sólo abría por las tardes
y a donde nunca había entrado antes. La panadería estaba a dos calles de
“SERENDIPITY” que así se llamaba. Un nombre curioso que me dejaba un sabor
dulce e inocente en los labios al pronunciarlo. – Si vienen clientes te pones
ese delantal y los atiendes – Rezongué imitándola burlonamente una y otra vez
mientras no me había dado cuenta de que una joven pareja había llegado y me
observaba con cierta curiosidad que no podría haber sido disimulada. Me
enderecé al momento mientras dejaba caer la escoba en el suelo recién barrido.
–Hola– dijo la muchacha— ¿Amanda
está por aquí?– Mientras el joven acompañante me seguía mirando como mirarías a
un hombre alto vestido con un traje negro y corbata azul luciendo un delantal
floreado con el nombre AMANDA rotulado a la izquierda. – ¡Oh! Amanda salió por
un momento—Dije mientras me intentaba quitar ese delantal tan vergonzoso y
mientras la muchacha daba un codazo a su joven pareja y este se recomponía aclarando
su garganta una y otra vez. Claramente con la intención de no reír. –Entonces tomaremos una mesa y
esperaremos—Dijo la joven mientras dejaba que el muchacho le moviera la silla. – ¿Amanda te dejó el restaurante a
ti?— Me preguntó en tono amistoso. – Oh… bueno… imagino que si. Entonces ¿te ha
dejado también a ti el restaurante mientras iba por pan? – Interpelé a la
muchacha sin tanta convicción, hablando de una persona que se las había
ingeniado para emplearme sin lugar a discusiones luego de mi empleo. – ¡Oh no!
Ella dice que no confía en la gente y en especial en la que puede arrebatarle
el jamón inglés de su nevera, pero veo que en ti si confía ¿eres pariente suyo
verdad? – Me dijo con los ojos inocentes. –Eh… Bue...no yo…–Balbucee pensando en qué
responderle. – ¡Es un gran amigo mío Sandy, que alegría tenerlos por aquí!
¿Desean lo mismo de todas las tardes?—Dijo Amanda mientras sostenía una bolsa
de pan y se dirigía presurosa a la cocina. – ¡Oh si, pero quiero mi sándwich con
doble queso fresco, mermelada de fresas y mantequilla en las dos tajadas! –
Gritó el joven mientras yo imaginaba cómo rayos podría comer aquella mezcla.
De alguna manera que no puedo
precisar, las horas pasaron tan de prisa, no se cómo, al llegar las once de la
noche Amanda me dijo –Ahora siéntate que te has ganado ese sándwich de jamón y
una buena taza de chocolate amargo – Quise replicar respecto de lo amargo. Pero
no me atreví pues sentía que luego de ayudarle con todos los clientes haciendo
de mesero ese sándwich tenía que agradecérselo y no reclamarlo. Saben, nunca
probé nada más delicioso que el chocolate amargo que sirven en “SERENDIPITY” o
el jamón más increíble y suave como el que Amanda me sirvió. Cerramos el local
y Amanda dijo al despedirnos –Muchas gracias por haberte quedado, en realidad
gracias—Pude sentir una honda tristeza en su voz a pesar de que no lo dijo en
un tono melancólico. –De nada—Repliqué –Ha sido un placer lucir el delantal
floreado—Le dije con tono jocoso. Escuché entonces la risa clara más hermosa
que nunca hubiese pensado oír. Su sonrisa era bella como el cielo cuando las
estrellas lo adornan refulgiendo como gemas eternas. Nos despedimos y cada uno
tomó un camino diferente, estaba cansado pero a la vez me sentía pleno. Mañana
el trabajo empezaría muy temprano y simplemente no habría descansado lo
suficiente. Pero valió la pena haberlo hecho, aunque todavía no podía precisar
por qué.
A la mañana siguiente cuando me
dirigía presuroso al trabajo por haberme quedado dormido, quise pasar por la
puerta de Serendipity. Lo que encontré me hizo reír pero también me hizo pensar
en cuánta fragilidad el alma y corazón humano pueden albergar. En la puerta
había pegada una nota que decía lo siguiente: “Si pasas por aquí quiero que
sepas que agradezco tu ayuda, en realidad la necesitaba mucho. Pero también
quiero que sepas que tengo contado el jamón por si acaso quieres usar esa llave
por la mañana. Amanda.” No pude evitar una gran sonrisa
desde la mañana hasta las cuatro de la tarde en que salía nuevamente muy
temprano. De alguna manera que no entiendo ni entenderé me dirigí hacia la
cuadra 12 de la calle “Las Flores” y posé mis ojos en una muchacha menuda
vestida toda de verde esmeralda (un color que deben saber me agrada). Ella
tenía una gran bolsa de pan en las manos y algunas otras cosas que de seguro
habría comprado en el supermercado para su pequeño y cálido café. – Vaya, justo
a tiempo, pensé que no llegarías. ¿Podrías usar tu llave que abre las puertas
que no son tuyas? – Dijo mientras sostenía con la boca una bolsita de café pues
tenía ocupadas las dos manos y la mochila que llevaba en la espalda, era como
si su cabeza sobresaliera de un montón de bolsas de mercado. Me apresuré a
buscar mis llaves y por segunda vez la llave azul y verde con un delfín grabado
en la empuñadura abrió la puerta de SERENDIPITY. Entramos juntos a respirar el
aire a café y chocolate. Las sillas por supuesto estaban donde las deje la
noche anterior. Es decir, todo era un enorme desastre. Ayudé a Amanda a colocar
las bolsas de mercado en la cocina. A ordenar todo lo que trajo y luego sin
saber cómo ni querer saber por qué me volví a poner el delantal floreado y cogí
la escoba. Si, otra vez las sillas, el piso y las mesas. Amanda estuvo todo el
tiempo en la cocina y cuando se disponía a salir y ordenar todo cuanto hacía
falta vio que allí mismo estaba yo terminando de limpiar las ventanas. Otra vez
sus ojos describieron con absoluta perfección lo frágil que el alma puede
llegar a ser. – Gracias – Me dijo en un susurro. – ¿Te quedaste? No pensé que
lo harías – Dijo mientras esos ojos tan delicadamente bellos se llevaban todo
mi cansancio. – No renunciaría a otro sándwich de jamón si eso es lo que
quieres saber – le dije en tono alegre. Otra vez la palabra “gracias” la
escuché de su voz. Pero no era una voz tímida o triste, sino alegre y pícara
pero con un dejo melancólico detrás de todo.
Si hay algo que no sé cómo es esto que a continuación narro. Que desde ese día tenía dos trabajos
y en uno no me pagaban. Es algo que no sé cómo se explica. Yo no tenía
obligación alguna de seguir abriendo esas puertas ni limpiando esas sillas.
Pero al mismo tiempo no podía dejar de ver esos ojos por los que unos meses
después moría. Éramos un par de extraños que peleaban a menudo por el jamón
ingles pues Amanda decía que siempre que yo desaparecía por un momento, un buen
trozo desparecía también. De hecho desparecían dos pedazos porque ambos
jugábamos un juego donde éramos otras personas y a hurtadillas robábamos dos
sándwiches al restaurante. Y reíamos acerca de lo tontos que eran Amanda Y
Armando (que ese es mi nombre) por dejar a dos extraños tomar a diario grandes
trozos de jamón y pan y no advertirlo. Era un juego de locos, bueno, nada
lógico había entre nosotros. Me quedé, como se queda el invierno en las azoteas
de las casas junto con el hielo. Me quedé como se queda un extraño en una
tierra foránea. No importó que tuviera dos trabajos y en uno no me pagaran si
podía seguir viendo esos ojos que ya eran mi razón de vivir. Cuando Amanda
entre lágrimas me contó que sería la última noche de Serendipity pues había una
orden de embargo no dudé al arriesgar todos mis ahorros para pagar una deuda
que no era mía. Pero al mismo tiempo, estaba en deuda con quien había cambiado el
frio verano por un cálido invierno que de invierno sólo tenía el nombre. Ella
aceptó el dinero y prometió pagarlo. Aunque no sabía que ya lo había hecho. El
dinero se consigue, el jamón también, el oro, la plata, todo es frialdad
mundana, al fin y al cabo intercambiable por más oro. Pero devolverle a una
vida su propósito y su cometido, devolverle al frio el calor perdido no tiene
precio. Y Amanda había hecho eso conmigo. Bueno, renuncié al trabajo y abrimos
todo el día. Usamos lo último de mis ahorros y
el restaurante duplicó su espacio pues había un lugar que no usaba por no poder arreglarlo. Ahora
Serendipity es un lleno total todo el día. Por supuesto que una tarde dejé una
caja enorme con un moño en el restaurante y cuando Amanda la abría encontraba
cada vez una caja más pequeña. Igualmente con un moño rojo. Finalmente había un
cofrecito negro de aquellos que sólo pueden contener un anillo de compromiso. Y
cuando ella lo abrió nada encontró. Y decía mientras yo, sosteniendo el anillo:
– Si lo quieres tener debes decir que sí primero – Y como sabrán dijo que SI.
Nos casamos, una boda pequeña en un restaurante donde se sirvió jamón ingles y
chocolate. Antes de despedirme y vestirme para ir a trabajar debo decir que hoy
abrimos nuestro segundo local y celebramos nuestro primer aniversario. Esta es
más bien la historia de una mentira que en un cofre selló mi gran ilusión y la de
una llave que sin saber abrió las puertas del cariño que ahora es toda mi razón
de ser. La historia de un extraño que llegó a la vida de una mujer cuyo pasado
nunca estuvo claro, la historia de alguien que olvidó un pasado que era sólo
eso: Pasado. Con tal de amar y ser amado, juntos todo lo hemos olvidado. Y
juntos, un futuro, un nuevo pasado hemos ido creando.