lunes, 27 de agosto de 2012

EN EL FRIO DEL VERANO



En el frio del verano uno no se siente como un millón de dólares, sino más bien como un par de centavos tirados en la calle a los que nadie se dignará a recoger ni se alegrará al encontrarlos. Así me sentí cuando entendí que Clarisse no era para mí. Cuando vi con horror deletrear en sus labios las palabras SOLO AMIGOS. No es una experiencia que uno desee contar o recordar junto a los amigos. Aún tengo pesadillas con eso. A mí me afectó. Yo le había dicho lo que sentía en la mejor forma (al menos para mí) pero a ella pareció no importarle. Me miró con sus ojos dulces y azules y me dijo que no sentía igual que yo y que lamentaba lo ocurrido.

Hablando algunos años después hasta me rio de aquello. Clarisse por supuesto se fue con el tipo rubio y adinerado. Se casó con él. Me costó olvidarla, me costó dejar de decir su nombre a diario, me costó sacar todo ese amor metido en mi corazón pala por pala. Y cuando el hoyo que terminé cavando era tan grande que quería devolver toda esa tierra sacada para no sentir el vacío, apareció Amanda. Una muchacha tan distraída que olvidaba recurrente las llaves de su pequeño café en la cuadra 12 de “Las Flores”. A dos pasos de la agencia donde buscaba yo el consuelo del trabajo con tal de olvidar. Así, una tarde en que salí muy temprano vi a una muchacha de rostro lozano que desafiaba al ardor del sol exhibiendo una piel tersa y clara como hecha de porcelana. Ella estaba furiosa y daba pequeñas patadas a una puerta de madera pintada de verde. – ¿Por qué no te abres simplemente y alegras mi día? – Decía enfurruñada mientras probaba mil llaves del atado que tenía.

– Vaya, no quisiera ser esa puerta – Le dije tratando de mostrar un poco de mi célebre y deficiente sentido de humor. Lo que hizo fue algo que no esperaba. Se volvió y me dijo inocente: – Oh, yo si quiera que lo seas, así al menos podrías responderme y quejarte  aunque en este punto creo que la puerta se estará burlando de mis dolorosas pataditas– Quería reír pero a la vez no podía. Era extraño ahora que lo recuerdo. Bueno, le dije que tal vez si trataba con algo más de fuerza en la cerradura. – Inténtelo usted señor músculos – Me respondió. Lo intenté unas cuatro veces hasta que casi rompo la llave pero la cerradura no cedió. Saqué las llaves de mi bolsillo para abrir la cajuela del auto y forzar la cerradura con alguna palanca pero al instante se me cayeron las llaves de las manos. Amanda las tomó de suelo y dijo asombrada: – Esto podría servir – Mientras escogía la llave de mi baúl. Si, era esa llave azul y verde, la llave de mi viejo baúl donde guardé hace muchos años todos los sueños y recuerdos de una juventud  echada a perder cuando el médico me dijo que dejara los deportes si no quería dejar de caminar. Nunca más lo había abierto aunque recordaba muy bien su contenido. Un uniforme deportivo y un balón, unos guantes viejos y las más increíbles zapatillas deportivas que nunca jamás tuve. Y encima de todo eso estaba la más cruel sentencia médica que nunca hubiese tenido. El informe aciago de un médico que veía como una total estupidez el sueño de un adolescente que quería ser deportista profesional. – Estudia algo en la universidad, es mejor tener el pan asegurado muchacho – Me dijo con cierta amargura. Allí, cubriendo todos mis sueños reposaba el sobre con el informe médico, mi informe médico. Yo cerré el baúl y cada vez que quería deshacerme de esa llave  no pude. El caso es que cuando Amanda tomó mi llavero y escogió la llave verde y azul con un delfín en la empuñadura y la insertó en su puerta, esta cedió con asombrosa facilidad y hasta diría que nos pareció que la puerta se había enamorado de esa vieja llave.

– Pero que grande sorpresa – Dije emocionado. Ella como siempre me dejó sin palabras para contestar.  – ¡Entonces tú eras el que se robaba mi jamón de la nevera con tu llave que abre puertas ajenas! – mientras miraba muy adentro de mis ojos. – ¿Pero de qué estás hablando? – Respondí perplejo. – Bueno ¿eres tú el que se roba el jamón inglés de mi nevera si o no? – Me volvió a interpelar con esa frialdad en la mirada que no ha parado de dejarme indefenso hasta hoy. – ¡Por supuesto que no! – Respondí conmocionado por esos ojos que no paraban de acusarme. – Oh vaya, entonces debo seguir de sonámbula, vieras que una vez preparé el desayuno dormida. Bueno, una vez aclarado el caso, me gustaría ofrecerte un café y un sándwich como agradecimiento a tu generosa ayuda si puedes esperarme a que termine de abrir mi local. Aunque pienso que es a esa llave a la que debería premiar – Dijo en su acostumbrado tono de metralleta de mil palabras por segundo.

– ¿Pero que haces ahí? – Dijo mientras otra vez esos ojos me miraban sin yo poder dejar la embriaguez de su encanto. – Hay sillas qué bajar de las mesas, y, si fueras tan amable de barrer el piso que ayer llovió y mira toda la tierra que la gente trajo aquí —

Yo no sé ni cómo pasó pero le obedecí, no podía dejar de hacerlo, bajé las sillas, extendí los manteles, barrí el piso y aún limpié las ventanas. Claro, no por propia voluntad sino por la voz de la pequeña mujer que yo mismo  había vuelto mi nueva jefa. – Has hecho un gran trabajo – Dijo entusiasmada – Ahora quiero que me esperes aquí mientras que regreso de la panadería. Si alguien viene, te pones ese delantal y les tomas el pedido ¿ok? Ya regreso— Mientras salía del pequeño restaurant que sólo abría por las tardes y a donde nunca había entrado antes. La panadería estaba a dos calles de “SERENDIPITY” que así se llamaba. Un nombre curioso que me dejaba un sabor dulce e inocente en los labios al pronunciarlo. – Si vienen clientes te pones ese delantal y los atiendes – Rezongué imitándola burlonamente una y otra vez mientras no me había dado cuenta de que una joven pareja había llegado y me observaba con cierta curiosidad que no podría haber sido disimulada. Me enderecé al momento mientras dejaba caer la escoba en el suelo recién barrido.
–Hola– dijo la muchacha— ¿Amanda está por aquí?– Mientras el joven acompañante me seguía mirando como mirarías a un hombre alto vestido con un traje negro y corbata azul luciendo un delantal floreado con el nombre AMANDA rotulado a la izquierda. – ¡Oh! Amanda salió por un momento—Dije mientras me intentaba quitar ese delantal tan vergonzoso y mientras la muchacha daba un codazo a su joven pareja y este se recomponía aclarando su garganta una y otra vez. Claramente con la intención de no reír.  –Entonces tomaremos una mesa y esperaremos—Dijo la joven mientras dejaba que el muchacho le moviera la silla.           – ¿Amanda te dejó el restaurante a ti?— Me preguntó en tono amistoso. – Oh… bueno… imagino que si. Entonces ¿te ha dejado también a ti el restaurante mientras iba por pan? – Interpelé a la muchacha sin tanta convicción, hablando de una persona que se las había ingeniado para emplearme sin lugar a discusiones luego de mi empleo. – ¡Oh no! Ella dice que no confía en la gente y en especial en la que puede arrebatarle el jamón inglés de su nevera, pero veo que en ti si confía ¿eres pariente suyo verdad? – Me dijo con los ojos inocentes.          –Eh… Bue...no yo…–Balbucee pensando en qué responderle. – ¡Es un gran amigo mío Sandy, que alegría tenerlos por aquí! ¿Desean lo mismo de todas las tardes?—Dijo Amanda mientras sostenía una bolsa de pan y se dirigía presurosa a la cocina. – ¡Oh si, pero quiero mi sándwich con doble queso fresco, mermelada de fresas y mantequilla en las dos tajadas! – Gritó el joven mientras yo imaginaba cómo rayos podría comer aquella mezcla.

De alguna manera que no puedo precisar, las horas pasaron tan de prisa, no se cómo, al llegar las once de la noche Amanda me dijo –Ahora siéntate que te has ganado ese sándwich de jamón y una buena taza de chocolate amargo – Quise replicar respecto de lo amargo. Pero no me atreví pues sentía que luego de ayudarle con todos los clientes haciendo de mesero ese sándwich tenía que agradecérselo y no reclamarlo. Saben, nunca probé nada más delicioso que el chocolate amargo que sirven en “SERENDIPITY” o el jamón más increíble y suave como el que Amanda me sirvió. Cerramos el local y Amanda dijo al despedirnos –Muchas gracias por haberte quedado, en realidad gracias—Pude sentir una honda tristeza en su voz a pesar de que no lo dijo en un tono melancólico. –De nada—Repliqué –Ha sido un placer lucir el delantal floreado—Le dije con tono jocoso. Escuché entonces la risa clara más hermosa que nunca hubiese pensado oír. Su sonrisa era bella como el cielo cuando las estrellas lo adornan refulgiendo como gemas eternas. Nos despedimos y cada uno tomó un camino diferente, estaba cansado pero a la vez me sentía pleno. Mañana el trabajo empezaría muy temprano y simplemente no habría descansado lo suficiente. Pero valió la pena haberlo hecho, aunque todavía no podía precisar por qué.

A la mañana siguiente cuando me dirigía presuroso al trabajo por haberme quedado dormido, quise pasar por la puerta de Serendipity. Lo que encontré me hizo reír pero también me hizo pensar en cuánta fragilidad el alma y corazón humano pueden albergar. En la puerta había pegada una nota que decía lo siguiente: “Si pasas por aquí quiero que sepas que agradezco tu ayuda, en realidad la necesitaba mucho. Pero también quiero que sepas que tengo contado el jamón por si acaso quieres usar esa llave por la mañana. Amanda.” No pude evitar una gran sonrisa desde la mañana hasta las cuatro de la tarde en que salía nuevamente muy temprano. De alguna manera que no entiendo ni entenderé me dirigí hacia la cuadra 12 de la calle “Las Flores” y posé mis ojos en una muchacha menuda vestida toda de verde esmeralda (un color que deben saber me agrada). Ella tenía una gran bolsa de pan en las manos y algunas otras cosas que de seguro habría comprado en el supermercado para su pequeño y cálido café. – Vaya, justo a tiempo, pensé que no llegarías. ¿Podrías usar tu llave que abre las puertas que no son tuyas? – Dijo mientras sostenía con la boca una bolsita de café pues tenía ocupadas las dos manos y la mochila que llevaba en la espalda, era como si su cabeza sobresaliera de un montón de bolsas de mercado. Me apresuré a buscar mis llaves y por segunda vez la llave azul y verde con un delfín grabado en la empuñadura abrió la puerta de SERENDIPITY. Entramos juntos a respirar el aire a café y chocolate. Las sillas por supuesto estaban donde las deje la noche anterior. Es decir, todo era un enorme desastre. Ayudé a Amanda a colocar las bolsas de mercado en la cocina. A ordenar todo lo que trajo y luego sin saber cómo ni querer saber por qué me volví a poner el delantal floreado y cogí la escoba. Si, otra vez las sillas, el piso y las mesas. Amanda estuvo todo el tiempo en la cocina y cuando se disponía a salir y ordenar todo cuanto hacía falta vio que allí mismo estaba yo terminando de limpiar las ventanas. Otra vez sus ojos describieron con absoluta perfección lo frágil que el alma puede llegar a ser. – Gracias – Me dijo en un susurro. – ¿Te quedaste? No pensé que lo harías – Dijo mientras esos ojos tan delicadamente bellos se llevaban todo mi cansancio. – No renunciaría a otro sándwich de jamón si eso es lo que quieres saber – le dije en tono alegre. Otra vez la palabra “gracias” la escuché de su voz. Pero no era una voz tímida o triste, sino alegre y pícara pero con un dejo melancólico detrás de todo.

Si hay algo que no sé cómo es esto que a continuación narro. Que desde ese día tenía dos trabajos y en uno no me pagaban. Es algo que no sé cómo se explica. Yo no tenía obligación alguna de seguir abriendo esas puertas ni limpiando esas sillas. Pero al mismo tiempo no podía dejar de ver esos ojos por los que unos meses después moría. Éramos un par de extraños que peleaban a menudo por el jamón ingles pues Amanda decía que siempre que yo desaparecía por un momento, un buen trozo desparecía también. De hecho desparecían dos pedazos porque ambos jugábamos un juego donde éramos otras personas y a hurtadillas robábamos dos sándwiches al restaurante. Y reíamos acerca de lo tontos que eran Amanda Y Armando (que ese es mi nombre) por dejar a dos extraños tomar a diario grandes trozos de jamón y pan y no advertirlo. Era un juego de locos, bueno, nada lógico había entre nosotros. Me quedé, como se queda el invierno en las azoteas de las casas junto con el hielo. Me quedé como se queda un extraño en una tierra foránea. No importó que tuviera dos trabajos y en uno no me pagaran si podía seguir viendo esos ojos que ya eran mi razón de vivir. Cuando Amanda entre lágrimas me contó que sería la última noche de Serendipity pues había una orden de embargo no dudé al arriesgar todos mis ahorros para pagar una deuda que no era mía. Pero al mismo tiempo, estaba en deuda con quien había cambiado el frio verano por un cálido invierno que de invierno sólo tenía el nombre. Ella aceptó el dinero y prometió pagarlo. Aunque no sabía que ya lo había hecho. El dinero se consigue, el jamón también, el oro, la plata, todo es frialdad mundana, al fin y al cabo intercambiable por más oro. Pero devolverle a una vida su propósito y su cometido, devolverle al frio el calor perdido no tiene precio. Y Amanda había hecho eso conmigo. Bueno, renuncié al trabajo y abrimos todo el día. Usamos lo último de mis ahorros y  el restaurante duplicó su espacio pues había un lugar  que no usaba por no poder arreglarlo. Ahora Serendipity es un lleno total todo el día. Por supuesto que una tarde dejé una caja enorme con un moño en el restaurante y cuando Amanda la abría encontraba cada vez una caja más pequeña. Igualmente con un moño rojo. Finalmente había un cofrecito negro de aquellos que sólo pueden contener un anillo de compromiso. Y cuando ella lo abrió nada encontró. Y decía mientras yo, sosteniendo el anillo: – Si lo quieres tener debes decir que sí primero – Y como sabrán dijo que SI. Nos casamos, una boda pequeña en un restaurante donde se sirvió jamón ingles y chocolate. Antes de despedirme y vestirme para ir a trabajar debo decir que hoy abrimos nuestro segundo local y celebramos nuestro primer aniversario. Esta es más bien la historia de una mentira que en un cofre selló mi gran ilusión y la de una llave que sin saber abrió las puertas del cariño que ahora es toda mi razón de ser. La historia de un extraño que llegó a la vida de una mujer cuyo pasado nunca estuvo claro, la historia de alguien que olvidó un pasado que era sólo eso: Pasado. Con tal de amar y ser amado, juntos todo lo hemos olvidado. Y juntos, un futuro, un nuevo pasado hemos ido creando.

lunes, 6 de agosto de 2012

Un Instante de Claridad



Adriano Lizardi era el último de cuatro hijos. Toda la alegría de la señora Lizardi por un momento pareció congelarse en aquel níveo rostro. Sus ojos no querían entender las palabras que casi vio deletrear al médico. No quiso entender, no quiso oír, no quería ser ella la madre de uno de esos niños que nuestra modernidad ha denominado “especiales”. A no ser porque todo de allí en adelante tendría que ser especial. Maestros especiales, amigos especiales, comida especial, ropas especiales y una vida por demás especial. Pero ¿Qué de especial tendría el criar a un niño que jamás habría de ser como aquellos que tiene todo mundo? ¿Qué de especial tendría alguien que nos cambiaría la vida de manera irremediable y sin salida?
 El pequeño Adriano sufría de retardo leve. Sus ojos eran tan diferentes y tan característica su faz trigueña. Sus movimientos tan torpes, y tan difícil había sido enseñarle a hablar. – Si hasta parece que tiene que masticar cada palabra que habla – Decía con desdén el tío Ignacio. La verdad es que todos en casa habían aprendido a convivir con él. Lo aceptaban y aceptaban también el hecho de tener un niño especial en la familia. Claro está que algunos de la parentela no se hacían a la idea de que un niño de doce años pensara y actuara como uno de seis. Por ello trataban de desvincularlo de la familia. Porque… ¿Qué pensarían los otros? Suerte que sólo el tío Ignacio pensaba así. Los demás mostraban un inusual cariño por Adriano. Disfrutaban de sus muchos besos y de sus mil caricias. Habían aprendido a respirar el aire puro que cada vez que llegaba sabía fabricar en lo más profundo del corazón.

Adriano asistía al colegio, tuvo suerte de que lo incluyeran en la clase. Y aunque no tuvo muchos problemas en adaptarse, algunos futuros herederos del tío Ignacio mantenían sus reservas en cuanto a lo contagiosa que podría ser la cercanía de Adriano Lizardi. – ¡Vaya! Si hasta el apellido suena a Down – Se burlaba Juanito Castro mientras que la mitad del salón lo defendía a la hora del recreo. Con todo, el pequeño vástago de los Lizardi gozaba del cariño de propios y algunos otros extraños. A veces él veía caer lágrimas de los ojos de su madre cuando le preguntaba – ¿Por qué soy diferente mamá? – De paso, siempre recibió la misma respuesta: – Porque Dios quiso que todos seamos diferentes Adriano –  Solía susurrarle bellamente.

Historia similar pero tristemente más complicada vivía Bernardo Breña en la manzana anterior. Él sí que tuvo muy mala suerte. Como si la negación y el desprecio que el mundo acumula en sus adentros habrían sido destinados a ser cargados en sus hombros – Pues no le bastó al cielo enviarlo sin cerebro sino que le regaló el peor de los genios – Repetía el corazón resentido de su padre en sus adentros luego de que por milésima vez lo encontrase demoliendo su sala con un martillo. A veces había atacado a su madre. Ella lo llegó a atar a una silla. Aunque era a su propio corazón al que veía ser amordazado y al que sentía estar encadenando. Bernardo Breña nació con retardo moderado y un severo problema actitudinal. Era por momentos tan tierno y dulce para luego sentir en sus venas un torrente violento que su convulsionada mente no supo nunca cómo entender ni controlar. Y lo peor era que casi nadie más quería intentar entender o preguntar ¿Por qué el cielo le envió así? O la más difícil de las preguntas, la que nadie quiere afrontar por miedo a la respuesta: ¿Para qué el cielo le envió así? Era como aquellos hijos del desprecio que rara vez tienen a alguien que les cambie el apellido.

El caso es que en una de esas tranquilas y escasas tardes de Bernardo lo hallamos jugando en casa de Adriano. Las mamás muy cómodas en sus respectivos sofás y sendas tazas de café abrigándoles las manos. Les habían dejado viendo uno de los centenares de videos que coleccionaba Adriano en su alcoba. La historia mostraba un hada azul capaz de brindar el más caro e inasible de los regalos. No importaba cuán difícil fuese, ella jamás diría que no.
Y sucedió, pues aparte de ser una tarde muy tranquila fue también una de las más despejadas para la mente agitada de Bernardo. Ellos habían entendido tan clara y perfectamente que ese día de agosto en particular el hada sería absolutamente real. Real e increíblemente prodigiosa. Como si ambos pudiesen estar consientes y muy de acuerdo, cerraron los ojos con todas las fuerzas que sus doce años les pudieron dar.

Y fue todo tan claro, los pensamientos y las ideas no se hacían nudos en la cabeza, escuchaban al viento silbar al otro lado de la habitación por vez primera. Pero lo mejor es que podían hablar y razonar como nunca se los había permitido la lógica humana. El hada azul les había prestado atención y sin duda concedería uno de sus grandiosos deseos. – Niños, no teman – Dijo una voz azul.  – En esta tarde, mi varita mágica les podrá conceder lo que pidan, lamentablemente sólo podrá durar un pequeño instante así que elijan bien –  
– Queremos ojos que puedan ver, oídos que sepan oír y palabras que no se puedan acabar. ¡Ah! Y una mente que entienda lo que nadie más pueda entender – Dijeron a coro ambos como si alguna vez lo hubiesen pensado.

– Será como ustedes quieran, mi varita les regalará cinco minutos de claridad. Cinco minutos en que serán tan normales como los niños de vuestra edad – Dijo el hada con esa tierna y dulce voz azul.

Y se hallaron sentados en las escaleras de una vieja escuela, era otoño y millones de hojas se arremolinaban sepultando casi todo el piso. El sol todavía alumbraba.
– ¿Estudias aquí? – Preguntó Bernardo sin siquiera sorprenderse de que podía pronunciar palabras por primera vez.
– Si, esta es mi escuela – Respondió risueño Adriano. – Aquí estudio, aunque estoy tres años atrás mis compañeros me ayudan a decir las cosas que no puedo y hasta me explican lo que no entiendo. Y me defienden de los niños que piensan que tener retardo es estar enfermo – Dijo mientras jugaba con un montón de hojas secas.

– Yo no voy a la escuela. Cuando le dijeron a mamá que no podrían incluirme en clase por mi conducta agresiva, papá decidió que me quedaría en casa y que ya verían… De eso ya cuatro años. Tal parece que tendrán que internarme cuando sea mayor y no puedan controlarme – Reflexionó Bernardo al tiempo que compartía con Adriano la botella de Coca Cola Zero de la que tanto gustaba. – ¿Y que se siente que te entiendan? ¿Es emocionante hablar? Por que hasta hoy no he podido pronunciar una sola palabra a menos que llames hablar a decirle a todo ¡Aaaaa! – Dijo mientras soltaban ambos la más brillante carcajada que pudiera escuchárseles estallar.

– ¡Aaaaa! – Dijo Adriano mientras señalaba unas hojas y se ahogaba de risa intentando con todas sus fuerzas no mojar sus pantalones.
– Aaaaa!!! – Respondió Bernardo morado por la risa y señalando al sol que casi había desaparecido del cielo.

Una vez tranquilos, Adriano abrazó a Bernardo diciéndole que si algún día lo había enojado le perdonase. Bernardo correspondió con el mejor abrazo que sus precoces pero fuertes brazos pudieran dar. – Perdóname tú a mí por haberte golpeado el viernes, y por lo del sábado. Claro, lo del domingo no fue intencional y te prometo que nunca más me acerco a tu nariz – Y volvieron ambos a estallar en una cantarina carcajada.

– Quisiera que algún día pudiésemos volver a hablar. Porque hay mucho más que quisiera decir, muchas risas que soltar y muchas heridas que no quisiera hacerme – Dijo Bernardo mientras veía las cicatrices en sus manos y piernas. – Que si soy agresivo no es porque yo lo deseé primero sino porque tal vez me enviaron para enseñar al mundo el significado real de que hace falta mucha paciencia cuando decides enfrentar el camino de la vida con todas sus vueltas y atajos. – Meditó Bernardo.

– Y yo quisiera que el resto de personas entienda que el hecho de tener un cromosoma de más  significa que tengo un cromosoma más que debe ser llenado de amor y cariño hasta que logre desaparecer el miedo a esa palabra que ellos inventaron: “Especial” – Dijo Adriano con una amplia sonrisa.

– ¡Especiaaaal! – Dijo Bernardo en tono bufón sostenido una nueva sonrisa.
– ¡Especiaaaal! – Respondió Adriano otra vez entre risas.

Lentamente una varita dejaba de brillar y comenzaba a oscurecerse. Ni Adriano  ni Bernardo se daban cuenta que su lucidez se iba extinguiendo dejando paso a la torpeza, al silencio y la sordera. Nuevamente las manos de Bernardo se movían de un lado a otro para retornar al inicio y esculpir mil nuevas siluetas imaginarias mientras Adriano decía pausadamente:
– Qui..e..eres  Ju.. ju..jugar? – Notando instantáneamente que Bernardo jamás le podría responder. Pero sus ojos vivaces le volvieron a decir un ¡Aaaaaaaa! Cargado de millones de risas.