MI ADORADO SOL
La
típica neblina oscurecía nuevamente el camino. El frio que taladraba
silenciosamente los huesos se cernía inevitable como el manto nocturno sobre la
tarde. Negaciones y contrariedades eran todo lo que hablaban las agujas de la
brújula. Y para empeorar la situación una manada de lobos rondaba cerca del
inmovilizado auto. No es que les temiéramos encerrados como estábamos, pero
hacer caso omiso a los últimos informes de ataques a los ocasionales caminantes
era tonto. Tendríamos que pasar la noche juntos.
“¡Maldito
motor de porquería!” dije. Quería ser soez, grosero y quería dañarle, deseaba
que su estancia conmigo fuese lo peor. Lástima que las llamaradas de furia que
emanaban de mi pecho no sirvieran para calentarme sino que congelaban implacables
mi rabia. Era ese pedazo de ira mi única protección contra el llanto de la
frustración. Porque sin esa máscara nunca podría seguir una vida medianamente
normal. Se enteraría el mundo de que mi corazón se caía a pedazos con cada
latido que daba. Es y ha sido la ira la forma en que he sabido sobrevivir.
Arropándome entre telarañas de odio es que puedo creer que superé tan terrible
secreto. Ella no dijo nada, mantuvo su rostro imperturbable, me consumí. Su
serenidad se sentía como mil cuchilladas furiosas en mis adentros, como si toda
la ira de la que fuese capaz de enviarle no sirvieran sino sólo para
atormentarme a mi.
“Yo
puedo bajar a traer las mantas de la cajuela” Me dijo con una voz tan dulce que
ni con toda una vida de penitencias merecería escuchar. “¡Estás loca! O quieres
arriesgarte a un ataque de esas bestias.” Espeté duramente. “Bueno, pensé que
sería mejor abrigarnos antes de morir por culpa de un resfrío”. Respondió May, sus ojos oscuros como muros
impenetrables se mostraban vulnerables a mi mirada, tanto que la represa de mis
lágrimas estaba a punto de colapsar. Se devorarían mares a través de mis ojos.
“¡Iré yo!” Ladré con rabia. “No quiero que enfermes por mi causa.” Poniendo toda la
acidez de mi lengua en aquellas palabras. Otra vez su mirada desarmó toda mi
rabia y la turbulencia de mi sangre se congeló al ver que aún así no dejó de
tratarme con dulzura. “Gracias” Dijo quedamente.
Salí
con sigilo del coche, la neblina sólo me dejaba ver a menos de un metro. No
sabría si algo atacaría sino cuando estuviera ya sobre mi. ¡Malditos
animalejos! Me dirigí hacia la parte de atrás del coche y me horrorizó lo que
vi. Eran los despojos sanguinolentos de un infausto conejo que devorasen horas
antes de nosotros estacionarnos allí.
“Deben estar cerca” Murmuré entre dientes. “Cuanto antes regrese, mejor” Con
sigilo tanteé la cajuela hasta hallar la cerradura, usé mi llave y logré tomar
las cobijas y algún bocado que siempre guardaba para alguna emergencia. Eran
galletas y algunas golosinas y chocolates. Nada especial. Cerré con cuidado, el
miedo se podía oler, la tensión parecía darle el tono gris a la neblina y
enfriar hasta el último atisbo de alegría. Si, se sentía como tener una decena
de dementores cerca. Esa sensación desesperante y corrosiva que no desaparece y
sólo sabe aumentar. Pretendía que al caminar con el menor ruido posible nadie
escucharía. Caminé dos pasos y no sé cómo se me cayeron las llaves. “¡Rayos!”
Grité en mi mente, esperé agacharme y descubrí un par de ojos amarillos
mirándome. Años más tarde supe que todo acurre por alguna razón. Esos ojos
amarillos y unos dientes como zarpas terminaron por helar mi poca valentía. Se
acercaba rítmicamente con pasos que a un bailarín experto le tomarían años
aprender. Un ronquido sordo que manaba desde el pecho lo oscurecía todo, entendí
entonces el sentido de aquella frase que dice “oscuro como boca de lobo”. ¡Rayos,
si lo hubiera cazado se vería increíble en mi mural! Instintivamente di un paso
hacia atrás. “Error” Me susurró el entendimiento. Sentí cómo un torrente
convulsionado de adrenalina me arrastraba a los límites de toda locura. Le
devolví la mirada. “¡Oh, por todos los cielos qué estaba haciendo!” Me mostró
los colmillos. Impresionante. El bramido de su pecho se intensificó, más
fuerte, más ronco y más horrendo aún. Sabía que esa pequeña dosis malgastada de
adrenalina se iría en un minuto o menos, no pensé un solo instante en escapar.
Cerré los ojos, me preparé para el dolor…
“¡Ahora!”
Una voz me arrancó con gran rudeza de mi letargo y me hizo voltear la mirada.
Era May atrayendo a la bestia hacia el otro lado. El lobo saltó sobre el capó.
No debió hacerlo, debió rodear el auto. May retrocedía y él se alistaba a
saltar sobre ella. Ya podía verla presa de esos colmillos que no cesarían de
apretar, la sangre a borbotones y un grito desgarrándo hasta el último segundo
de mi miserable vida. Sinceramente no sé cómo sucedió pero recuperé la
consciencia cuando tenía agarradas las patas traseras de esa enorme bestia y
había conseguido que perdiese su objetivo. Instintivamente arranqué mis manos
de sus patas como si estuvieran al rojo vivo. La ira inundó como corrientes
irrefrenables de sangre y lava los ojos de un leviatán que estaba presto a
arrancarme el cuello de una dentellada. El gruñido se intensificó mil veces más
si eso fuese posible. Yo estaba apunto del colapso. Temblaba, esto me costaría
la vida. “¡Cómo rayos había hecho eso! Al menos lo hubiese tirado del capó con
lo cara que me había costado la pintura. ¡Pero que estaba diciendo! ¿La
pintura? ¿Acaso no había algo más estúpido en qué pensar?” Un aliento fétido
taladró mi nariz, hizo sacudirse de nausea y espanto hasta la más remota
memoria dentro de mi piel. El ladrido sordo de quien sabe el miedo que su mera
facción impone se hizo presente. El cataclismo de nervios, la vida que pasa por
tus ojos en un segundo, las voces por millares pero distinguible cada una, el
hielo quemando como brazas, todo cuanto le visita a uno antes de su muerte se
acercó justo cuando el abismo oscuro de su boca se cerraba sobre mí. Sentí cómo mi carne cedía gustosa ante sus
colmillos. De un salto me tiró al piso pero extrañamente él también se revolvía
de dolor. Mi sangre estaba en toda su boca, en su pelo, en sus patas, en mi
ropa. Su grito lastimero era insoportable. “Un momento, ¿Por qué diablos
tendría que gritar él si la víctima era yo? ¡Por todos los cielos, tenía en mis
manos la mejor excusa para gritar como niña y el condenado lobo lo estaba
arruinando todo aullando conmigo, de hecho él lo hacía mejor!” Como todo hijo
de Adán y heredero de sus reminiscencias no había reparado que May sostenía el
hacha que habíamos llevado al bosque. “¡Por qué rayos habría olvidado sacarla!
Quiero decir, ¿¡Cómo rayos las mujeres pueden estar al tanto de todos los
detalles que realmente importan!?” El lobo sangraba de un corte profuso en una
de sus piernas y huía de la escena.
Me
levanté aturdido, el dolor se esparcía en todo mi brazo, llegaba hasta el hombro,
cubría mi espalda, se hacía dueño de mí. May tomó la casaquilla blanca que la
cubría del frío y me envolvió la herida, hizo un torniquete y consiguió parar
la sangre que manaba desenfrenada. Me levantó y curó en más de un sentido. Yo
que me había creído un hombre duro y recio, nunca imaginé que un acto de
caridad inmerecida podría hacerme dimitir de toda esa máscara amarga. Al fin
cedió la niebla y salimos. Pronto estuve recuperado. Ella me iba a visitar muy
seguido llevándose entre las manos una parte de mi máscara de engaño. No sé
cómo lo hacía, pero terminé siendo yo.
Ella terminó sacando al verdadero yo de esos escombros en los que había vivido
hasta entonces. Por mi parte… Sería un idiota si la dejaba ir, alguien que me
había visto en lo más profundo y aún así se hubo quedado a mi lado, yo no
podía. Al final en esa repisa de la sala tengo la prueba de que soy el hombre
más afortunado del mundo por tener a mi lado a su abuela.
“¡Está
listo el postre!”
Mis nietos bailaron y cantaron a mí alrededor
mientras la abuela May servía el postre en la mesa. Mis hijos siempre querían
oír una y otra vez la historia de nosotros dos. Y no se cansaban de oírla, a
veces yo cambiaba alguna parte, un oso o un tigre de la jungla, otras
veces eran pumas, era el carro o el
barco que construí para pasear en el lago. Pero lo que nunca cambió es que en
todas las formas en que una mujer puede cambiar el curso torcido de un hombre,
May lo logró. Y nunca he tenido tanto frío, nunca he temblado tanto, nunca he
estado más lejos del sol como cuando ella se fue tan lejos a estudiar. Y nunca
he sido tan feliz como cuando me dijo
que de mi lado no se separaría más, pues ella ha sido, es y será mi adorado
sol.