lunes, 3 de diciembre de 2012


MI ADORADO SOL

La típica neblina oscurecía nuevamente el camino. El frio que taladraba silenciosamente los huesos se cernía inevitable como el manto nocturno sobre la tarde. Negaciones y contrariedades eran todo lo que hablaban las agujas de la brújula. Y para empeorar la situación una manada de lobos rondaba cerca del inmovilizado auto. No es que les temiéramos encerrados como estábamos, pero hacer caso omiso a los últimos informes de ataques a los ocasionales caminantes era tonto. Tendríamos que pasar la noche juntos.
“¡Maldito motor de porquería!” dije. Quería ser soez, grosero y quería dañarle, deseaba que su estancia conmigo fuese lo peor. Lástima que las llamaradas de furia que emanaban de mi pecho no sirvieran para calentarme sino que congelaban implacables mi rabia. Era ese pedazo de ira mi única protección contra el llanto de la frustración. Porque sin esa máscara nunca podría seguir una vida medianamente normal. Se enteraría el mundo de que mi corazón se caía a pedazos con cada latido que daba. Es y ha sido la ira la forma en que he sabido sobrevivir. Arropándome entre telarañas de odio es que puedo creer que superé tan terrible secreto. Ella no dijo nada, mantuvo su rostro imperturbable, me consumí. Su serenidad se sentía como mil cuchilladas furiosas en mis adentros, como si toda la ira de la que fuese capaz de enviarle no sirvieran sino sólo para atormentarme a mi.
“Yo puedo bajar a traer las mantas de la cajuela” Me dijo con una voz tan dulce que ni con toda una vida de penitencias merecería escuchar. “¡Estás loca! O quieres arriesgarte a un ataque de esas bestias.” Espeté duramente. “Bueno, pensé que sería mejor abrigarnos antes de morir por culpa de un resfrío”.  Respondió May, sus ojos oscuros como muros impenetrables se mostraban vulnerables a mi mirada, tanto que la represa de mis lágrimas estaba a punto de colapsar. Se devorarían mares a través de mis ojos. “¡Iré yo!” Ladré con rabia. “No quiero que  enfermes por mi causa.” Poniendo toda la acidez de mi lengua en aquellas palabras. Otra vez su mirada desarmó toda mi rabia y la turbulencia de mi sangre se congeló al ver que aún así no dejó de tratarme con dulzura. “Gracias” Dijo quedamente.
Salí con sigilo del coche, la neblina sólo me dejaba ver a menos de un metro. No sabría si algo atacaría sino cuando estuviera ya sobre mi. ¡Malditos animalejos! Me dirigí hacia la parte de atrás del coche y me horrorizó lo que vi. Eran los despojos sanguinolentos de un infausto conejo que devorasen horas antes de  nosotros estacionarnos allí. “Deben estar cerca” Murmuré entre dientes. “Cuanto antes regrese, mejor” Con sigilo tanteé la cajuela hasta hallar la cerradura, usé mi llave y logré tomar las cobijas y algún bocado que siempre guardaba para alguna emergencia. Eran galletas y algunas golosinas y chocolates. Nada especial. Cerré con cuidado, el miedo se podía oler, la tensión parecía darle el tono gris a la neblina y enfriar hasta el último atisbo de alegría. Si, se sentía como tener una decena de dementores cerca. Esa sensación desesperante y corrosiva que no desaparece y sólo sabe aumentar. Pretendía que al caminar con el menor ruido posible nadie escucharía. Caminé dos pasos y no sé cómo se me cayeron las llaves. “¡Rayos!” Grité en mi mente, esperé agacharme y descubrí un par de ojos amarillos mirándome. Años más tarde supe que todo acurre por alguna razón. Esos ojos amarillos y unos dientes como zarpas terminaron por helar mi poca valentía. Se acercaba rítmicamente con pasos que a un bailarín experto le tomarían años aprender. Un ronquido sordo que manaba desde el pecho lo oscurecía todo, entendí entonces el sentido de aquella frase que dice “oscuro como boca de lobo”. ¡Rayos, si lo hubiera cazado se vería increíble en mi mural! Instintivamente di un paso hacia atrás. “Error” Me susurró el entendimiento. Sentí cómo un torrente convulsionado de adrenalina me arrastraba a los límites de toda locura. Le devolví la mirada. “¡Oh, por todos los cielos qué estaba haciendo!” Me mostró los colmillos. Impresionante. El bramido de su pecho se intensificó, más fuerte, más ronco y más horrendo aún. Sabía que esa pequeña dosis malgastada de adrenalina se iría en un minuto o menos, no pensé un solo instante en escapar. Cerré los ojos, me preparé para el dolor…
“¡Ahora!” Una voz me arrancó con gran rudeza de mi letargo y me hizo voltear la mirada. Era May atrayendo a la bestia hacia el otro lado. El lobo saltó sobre el capó. No debió hacerlo, debió rodear el auto. May retrocedía y él se alistaba a saltar sobre ella. Ya podía verla presa de esos colmillos que no cesarían de apretar, la sangre a borbotones y un grito desgarrándo hasta el último segundo de mi miserable vida. Sinceramente no sé cómo sucedió pero recuperé la consciencia cuando tenía agarradas las patas traseras de esa enorme bestia y había conseguido que perdiese su objetivo. Instintivamente arranqué mis manos de sus patas como si estuvieran al rojo vivo. La ira inundó como corrientes irrefrenables de sangre y lava los ojos de un leviatán que estaba presto a arrancarme el cuello de una dentellada. El gruñido se intensificó mil veces más si eso fuese posible. Yo estaba apunto del colapso. Temblaba, esto me costaría la vida. “¡Cómo rayos había hecho eso! Al menos lo hubiese tirado del capó con lo cara que me había costado la pintura. ¡Pero que estaba diciendo! ¿La pintura? ¿Acaso no había algo más estúpido en qué pensar?” Un aliento fétido taladró mi nariz, hizo sacudirse de nausea y espanto hasta la más remota memoria dentro de mi piel. El ladrido sordo de quien sabe el miedo que su mera facción impone se hizo presente. El cataclismo de nervios, la vida que pasa por tus ojos en un segundo, las voces por millares pero distinguible cada una, el hielo quemando como brazas, todo cuanto le visita a uno antes de su muerte se acercó justo cuando el abismo oscuro de su boca se cerraba sobre mí.  Sentí cómo mi carne cedía gustosa ante sus colmillos. De un salto me tiró al piso pero extrañamente él también se revolvía de dolor. Mi sangre estaba en toda su boca, en su pelo, en sus patas, en mi ropa. Su grito lastimero era insoportable. “Un momento, ¿Por qué diablos tendría que gritar él si la víctima era yo? ¡Por todos los cielos, tenía en mis manos la mejor excusa para gritar como niña y el condenado lobo lo estaba arruinando todo aullando conmigo, de hecho él lo hacía mejor!” Como todo hijo de Adán y heredero de sus reminiscencias no había reparado que May sostenía el hacha que habíamos llevado al bosque. “¡Por qué rayos habría olvidado sacarla! Quiero decir, ¿¡Cómo rayos las mujeres pueden estar al tanto de todos los detalles que realmente importan!?” El lobo sangraba de un corte profuso en una de sus piernas y huía de la escena.
Me levanté aturdido, el dolor se esparcía en todo mi brazo, llegaba hasta el hombro, cubría mi espalda, se hacía dueño de mí. May tomó la casaquilla blanca que la cubría del frío y me envolvió la herida, hizo un torniquete y consiguió parar la sangre que manaba desenfrenada. Me levantó y curó en más de un sentido. Yo que me había creído un hombre duro y recio, nunca imaginé que un acto de caridad inmerecida podría hacerme dimitir de toda esa máscara amarga. Al fin cedió la niebla y salimos. Pronto estuve recuperado. Ella me iba a visitar muy seguido llevándose entre las manos una parte de mi máscara de engaño. No sé cómo  lo hacía, pero terminé siendo yo. Ella terminó sacando al verdadero yo de esos escombros en los que había vivido hasta entonces. Por mi parte… Sería un idiota si la dejaba ir, alguien que me había visto en lo más profundo y aún así se hubo quedado a mi lado, yo no podía. Al final en esa repisa de la sala tengo la prueba de que soy el hombre más afortunado del mundo por tener a mi lado a su abuela.
“¡Está listo el postre!”
 Mis nietos bailaron y cantaron a mí alrededor mientras la abuela May servía el postre en la mesa. Mis hijos siempre querían oír una y otra vez la historia de nosotros dos. Y no se cansaban de oírla, a veces yo cambiaba alguna parte, un oso o un tigre de la jungla, otras veces  eran pumas, era el carro o el barco que construí para pasear en el lago. Pero lo que nunca cambió es que en todas las formas en que una mujer puede cambiar el curso torcido de un hombre, May lo logró. Y nunca he tenido tanto frío, nunca he temblado tanto, nunca he estado más lejos del sol como cuando ella se fue tan lejos a estudiar. Y nunca he sido tan feliz como cuando me  dijo que de mi lado no se separaría más, pues ella ha sido, es y será mi adorado sol.

lunes, 27 de agosto de 2012

EN EL FRIO DEL VERANO



En el frio del verano uno no se siente como un millón de dólares, sino más bien como un par de centavos tirados en la calle a los que nadie se dignará a recoger ni se alegrará al encontrarlos. Así me sentí cuando entendí que Clarisse no era para mí. Cuando vi con horror deletrear en sus labios las palabras SOLO AMIGOS. No es una experiencia que uno desee contar o recordar junto a los amigos. Aún tengo pesadillas con eso. A mí me afectó. Yo le había dicho lo que sentía en la mejor forma (al menos para mí) pero a ella pareció no importarle. Me miró con sus ojos dulces y azules y me dijo que no sentía igual que yo y que lamentaba lo ocurrido.

Hablando algunos años después hasta me rio de aquello. Clarisse por supuesto se fue con el tipo rubio y adinerado. Se casó con él. Me costó olvidarla, me costó dejar de decir su nombre a diario, me costó sacar todo ese amor metido en mi corazón pala por pala. Y cuando el hoyo que terminé cavando era tan grande que quería devolver toda esa tierra sacada para no sentir el vacío, apareció Amanda. Una muchacha tan distraída que olvidaba recurrente las llaves de su pequeño café en la cuadra 12 de “Las Flores”. A dos pasos de la agencia donde buscaba yo el consuelo del trabajo con tal de olvidar. Así, una tarde en que salí muy temprano vi a una muchacha de rostro lozano que desafiaba al ardor del sol exhibiendo una piel tersa y clara como hecha de porcelana. Ella estaba furiosa y daba pequeñas patadas a una puerta de madera pintada de verde. – ¿Por qué no te abres simplemente y alegras mi día? – Decía enfurruñada mientras probaba mil llaves del atado que tenía.

– Vaya, no quisiera ser esa puerta – Le dije tratando de mostrar un poco de mi célebre y deficiente sentido de humor. Lo que hizo fue algo que no esperaba. Se volvió y me dijo inocente: – Oh, yo si quiera que lo seas, así al menos podrías responderme y quejarte  aunque en este punto creo que la puerta se estará burlando de mis dolorosas pataditas– Quería reír pero a la vez no podía. Era extraño ahora que lo recuerdo. Bueno, le dije que tal vez si trataba con algo más de fuerza en la cerradura. – Inténtelo usted señor músculos – Me respondió. Lo intenté unas cuatro veces hasta que casi rompo la llave pero la cerradura no cedió. Saqué las llaves de mi bolsillo para abrir la cajuela del auto y forzar la cerradura con alguna palanca pero al instante se me cayeron las llaves de las manos. Amanda las tomó de suelo y dijo asombrada: – Esto podría servir – Mientras escogía la llave de mi baúl. Si, era esa llave azul y verde, la llave de mi viejo baúl donde guardé hace muchos años todos los sueños y recuerdos de una juventud  echada a perder cuando el médico me dijo que dejara los deportes si no quería dejar de caminar. Nunca más lo había abierto aunque recordaba muy bien su contenido. Un uniforme deportivo y un balón, unos guantes viejos y las más increíbles zapatillas deportivas que nunca jamás tuve. Y encima de todo eso estaba la más cruel sentencia médica que nunca hubiese tenido. El informe aciago de un médico que veía como una total estupidez el sueño de un adolescente que quería ser deportista profesional. – Estudia algo en la universidad, es mejor tener el pan asegurado muchacho – Me dijo con cierta amargura. Allí, cubriendo todos mis sueños reposaba el sobre con el informe médico, mi informe médico. Yo cerré el baúl y cada vez que quería deshacerme de esa llave  no pude. El caso es que cuando Amanda tomó mi llavero y escogió la llave verde y azul con un delfín en la empuñadura y la insertó en su puerta, esta cedió con asombrosa facilidad y hasta diría que nos pareció que la puerta se había enamorado de esa vieja llave.

– Pero que grande sorpresa – Dije emocionado. Ella como siempre me dejó sin palabras para contestar.  – ¡Entonces tú eras el que se robaba mi jamón de la nevera con tu llave que abre puertas ajenas! – mientras miraba muy adentro de mis ojos. – ¿Pero de qué estás hablando? – Respondí perplejo. – Bueno ¿eres tú el que se roba el jamón inglés de mi nevera si o no? – Me volvió a interpelar con esa frialdad en la mirada que no ha parado de dejarme indefenso hasta hoy. – ¡Por supuesto que no! – Respondí conmocionado por esos ojos que no paraban de acusarme. – Oh vaya, entonces debo seguir de sonámbula, vieras que una vez preparé el desayuno dormida. Bueno, una vez aclarado el caso, me gustaría ofrecerte un café y un sándwich como agradecimiento a tu generosa ayuda si puedes esperarme a que termine de abrir mi local. Aunque pienso que es a esa llave a la que debería premiar – Dijo en su acostumbrado tono de metralleta de mil palabras por segundo.

– ¿Pero que haces ahí? – Dijo mientras otra vez esos ojos me miraban sin yo poder dejar la embriaguez de su encanto. – Hay sillas qué bajar de las mesas, y, si fueras tan amable de barrer el piso que ayer llovió y mira toda la tierra que la gente trajo aquí —

Yo no sé ni cómo pasó pero le obedecí, no podía dejar de hacerlo, bajé las sillas, extendí los manteles, barrí el piso y aún limpié las ventanas. Claro, no por propia voluntad sino por la voz de la pequeña mujer que yo mismo  había vuelto mi nueva jefa. – Has hecho un gran trabajo – Dijo entusiasmada – Ahora quiero que me esperes aquí mientras que regreso de la panadería. Si alguien viene, te pones ese delantal y les tomas el pedido ¿ok? Ya regreso— Mientras salía del pequeño restaurant que sólo abría por las tardes y a donde nunca había entrado antes. La panadería estaba a dos calles de “SERENDIPITY” que así se llamaba. Un nombre curioso que me dejaba un sabor dulce e inocente en los labios al pronunciarlo. – Si vienen clientes te pones ese delantal y los atiendes – Rezongué imitándola burlonamente una y otra vez mientras no me había dado cuenta de que una joven pareja había llegado y me observaba con cierta curiosidad que no podría haber sido disimulada. Me enderecé al momento mientras dejaba caer la escoba en el suelo recién barrido.
–Hola– dijo la muchacha— ¿Amanda está por aquí?– Mientras el joven acompañante me seguía mirando como mirarías a un hombre alto vestido con un traje negro y corbata azul luciendo un delantal floreado con el nombre AMANDA rotulado a la izquierda. – ¡Oh! Amanda salió por un momento—Dije mientras me intentaba quitar ese delantal tan vergonzoso y mientras la muchacha daba un codazo a su joven pareja y este se recomponía aclarando su garganta una y otra vez. Claramente con la intención de no reír.  –Entonces tomaremos una mesa y esperaremos—Dijo la joven mientras dejaba que el muchacho le moviera la silla.           – ¿Amanda te dejó el restaurante a ti?— Me preguntó en tono amistoso. – Oh… bueno… imagino que si. Entonces ¿te ha dejado también a ti el restaurante mientras iba por pan? – Interpelé a la muchacha sin tanta convicción, hablando de una persona que se las había ingeniado para emplearme sin lugar a discusiones luego de mi empleo. – ¡Oh no! Ella dice que no confía en la gente y en especial en la que puede arrebatarle el jamón inglés de su nevera, pero veo que en ti si confía ¿eres pariente suyo verdad? – Me dijo con los ojos inocentes.          –Eh… Bue...no yo…–Balbucee pensando en qué responderle. – ¡Es un gran amigo mío Sandy, que alegría tenerlos por aquí! ¿Desean lo mismo de todas las tardes?—Dijo Amanda mientras sostenía una bolsa de pan y se dirigía presurosa a la cocina. – ¡Oh si, pero quiero mi sándwich con doble queso fresco, mermelada de fresas y mantequilla en las dos tajadas! – Gritó el joven mientras yo imaginaba cómo rayos podría comer aquella mezcla.

De alguna manera que no puedo precisar, las horas pasaron tan de prisa, no se cómo, al llegar las once de la noche Amanda me dijo –Ahora siéntate que te has ganado ese sándwich de jamón y una buena taza de chocolate amargo – Quise replicar respecto de lo amargo. Pero no me atreví pues sentía que luego de ayudarle con todos los clientes haciendo de mesero ese sándwich tenía que agradecérselo y no reclamarlo. Saben, nunca probé nada más delicioso que el chocolate amargo que sirven en “SERENDIPITY” o el jamón más increíble y suave como el que Amanda me sirvió. Cerramos el local y Amanda dijo al despedirnos –Muchas gracias por haberte quedado, en realidad gracias—Pude sentir una honda tristeza en su voz a pesar de que no lo dijo en un tono melancólico. –De nada—Repliqué –Ha sido un placer lucir el delantal floreado—Le dije con tono jocoso. Escuché entonces la risa clara más hermosa que nunca hubiese pensado oír. Su sonrisa era bella como el cielo cuando las estrellas lo adornan refulgiendo como gemas eternas. Nos despedimos y cada uno tomó un camino diferente, estaba cansado pero a la vez me sentía pleno. Mañana el trabajo empezaría muy temprano y simplemente no habría descansado lo suficiente. Pero valió la pena haberlo hecho, aunque todavía no podía precisar por qué.

A la mañana siguiente cuando me dirigía presuroso al trabajo por haberme quedado dormido, quise pasar por la puerta de Serendipity. Lo que encontré me hizo reír pero también me hizo pensar en cuánta fragilidad el alma y corazón humano pueden albergar. En la puerta había pegada una nota que decía lo siguiente: “Si pasas por aquí quiero que sepas que agradezco tu ayuda, en realidad la necesitaba mucho. Pero también quiero que sepas que tengo contado el jamón por si acaso quieres usar esa llave por la mañana. Amanda.” No pude evitar una gran sonrisa desde la mañana hasta las cuatro de la tarde en que salía nuevamente muy temprano. De alguna manera que no entiendo ni entenderé me dirigí hacia la cuadra 12 de la calle “Las Flores” y posé mis ojos en una muchacha menuda vestida toda de verde esmeralda (un color que deben saber me agrada). Ella tenía una gran bolsa de pan en las manos y algunas otras cosas que de seguro habría comprado en el supermercado para su pequeño y cálido café. – Vaya, justo a tiempo, pensé que no llegarías. ¿Podrías usar tu llave que abre las puertas que no son tuyas? – Dijo mientras sostenía con la boca una bolsita de café pues tenía ocupadas las dos manos y la mochila que llevaba en la espalda, era como si su cabeza sobresaliera de un montón de bolsas de mercado. Me apresuré a buscar mis llaves y por segunda vez la llave azul y verde con un delfín grabado en la empuñadura abrió la puerta de SERENDIPITY. Entramos juntos a respirar el aire a café y chocolate. Las sillas por supuesto estaban donde las deje la noche anterior. Es decir, todo era un enorme desastre. Ayudé a Amanda a colocar las bolsas de mercado en la cocina. A ordenar todo lo que trajo y luego sin saber cómo ni querer saber por qué me volví a poner el delantal floreado y cogí la escoba. Si, otra vez las sillas, el piso y las mesas. Amanda estuvo todo el tiempo en la cocina y cuando se disponía a salir y ordenar todo cuanto hacía falta vio que allí mismo estaba yo terminando de limpiar las ventanas. Otra vez sus ojos describieron con absoluta perfección lo frágil que el alma puede llegar a ser. – Gracias – Me dijo en un susurro. – ¿Te quedaste? No pensé que lo harías – Dijo mientras esos ojos tan delicadamente bellos se llevaban todo mi cansancio. – No renunciaría a otro sándwich de jamón si eso es lo que quieres saber – le dije en tono alegre. Otra vez la palabra “gracias” la escuché de su voz. Pero no era una voz tímida o triste, sino alegre y pícara pero con un dejo melancólico detrás de todo.

Si hay algo que no sé cómo es esto que a continuación narro. Que desde ese día tenía dos trabajos y en uno no me pagaban. Es algo que no sé cómo se explica. Yo no tenía obligación alguna de seguir abriendo esas puertas ni limpiando esas sillas. Pero al mismo tiempo no podía dejar de ver esos ojos por los que unos meses después moría. Éramos un par de extraños que peleaban a menudo por el jamón ingles pues Amanda decía que siempre que yo desaparecía por un momento, un buen trozo desparecía también. De hecho desparecían dos pedazos porque ambos jugábamos un juego donde éramos otras personas y a hurtadillas robábamos dos sándwiches al restaurante. Y reíamos acerca de lo tontos que eran Amanda Y Armando (que ese es mi nombre) por dejar a dos extraños tomar a diario grandes trozos de jamón y pan y no advertirlo. Era un juego de locos, bueno, nada lógico había entre nosotros. Me quedé, como se queda el invierno en las azoteas de las casas junto con el hielo. Me quedé como se queda un extraño en una tierra foránea. No importó que tuviera dos trabajos y en uno no me pagaran si podía seguir viendo esos ojos que ya eran mi razón de vivir. Cuando Amanda entre lágrimas me contó que sería la última noche de Serendipity pues había una orden de embargo no dudé al arriesgar todos mis ahorros para pagar una deuda que no era mía. Pero al mismo tiempo, estaba en deuda con quien había cambiado el frio verano por un cálido invierno que de invierno sólo tenía el nombre. Ella aceptó el dinero y prometió pagarlo. Aunque no sabía que ya lo había hecho. El dinero se consigue, el jamón también, el oro, la plata, todo es frialdad mundana, al fin y al cabo intercambiable por más oro. Pero devolverle a una vida su propósito y su cometido, devolverle al frio el calor perdido no tiene precio. Y Amanda había hecho eso conmigo. Bueno, renuncié al trabajo y abrimos todo el día. Usamos lo último de mis ahorros y  el restaurante duplicó su espacio pues había un lugar  que no usaba por no poder arreglarlo. Ahora Serendipity es un lleno total todo el día. Por supuesto que una tarde dejé una caja enorme con un moño en el restaurante y cuando Amanda la abría encontraba cada vez una caja más pequeña. Igualmente con un moño rojo. Finalmente había un cofrecito negro de aquellos que sólo pueden contener un anillo de compromiso. Y cuando ella lo abrió nada encontró. Y decía mientras yo, sosteniendo el anillo: – Si lo quieres tener debes decir que sí primero – Y como sabrán dijo que SI. Nos casamos, una boda pequeña en un restaurante donde se sirvió jamón ingles y chocolate. Antes de despedirme y vestirme para ir a trabajar debo decir que hoy abrimos nuestro segundo local y celebramos nuestro primer aniversario. Esta es más bien la historia de una mentira que en un cofre selló mi gran ilusión y la de una llave que sin saber abrió las puertas del cariño que ahora es toda mi razón de ser. La historia de un extraño que llegó a la vida de una mujer cuyo pasado nunca estuvo claro, la historia de alguien que olvidó un pasado que era sólo eso: Pasado. Con tal de amar y ser amado, juntos todo lo hemos olvidado. Y juntos, un futuro, un nuevo pasado hemos ido creando.

lunes, 6 de agosto de 2012

Un Instante de Claridad



Adriano Lizardi era el último de cuatro hijos. Toda la alegría de la señora Lizardi por un momento pareció congelarse en aquel níveo rostro. Sus ojos no querían entender las palabras que casi vio deletrear al médico. No quiso entender, no quiso oír, no quería ser ella la madre de uno de esos niños que nuestra modernidad ha denominado “especiales”. A no ser porque todo de allí en adelante tendría que ser especial. Maestros especiales, amigos especiales, comida especial, ropas especiales y una vida por demás especial. Pero ¿Qué de especial tendría el criar a un niño que jamás habría de ser como aquellos que tiene todo mundo? ¿Qué de especial tendría alguien que nos cambiaría la vida de manera irremediable y sin salida?
 El pequeño Adriano sufría de retardo leve. Sus ojos eran tan diferentes y tan característica su faz trigueña. Sus movimientos tan torpes, y tan difícil había sido enseñarle a hablar. – Si hasta parece que tiene que masticar cada palabra que habla – Decía con desdén el tío Ignacio. La verdad es que todos en casa habían aprendido a convivir con él. Lo aceptaban y aceptaban también el hecho de tener un niño especial en la familia. Claro está que algunos de la parentela no se hacían a la idea de que un niño de doce años pensara y actuara como uno de seis. Por ello trataban de desvincularlo de la familia. Porque… ¿Qué pensarían los otros? Suerte que sólo el tío Ignacio pensaba así. Los demás mostraban un inusual cariño por Adriano. Disfrutaban de sus muchos besos y de sus mil caricias. Habían aprendido a respirar el aire puro que cada vez que llegaba sabía fabricar en lo más profundo del corazón.

Adriano asistía al colegio, tuvo suerte de que lo incluyeran en la clase. Y aunque no tuvo muchos problemas en adaptarse, algunos futuros herederos del tío Ignacio mantenían sus reservas en cuanto a lo contagiosa que podría ser la cercanía de Adriano Lizardi. – ¡Vaya! Si hasta el apellido suena a Down – Se burlaba Juanito Castro mientras que la mitad del salón lo defendía a la hora del recreo. Con todo, el pequeño vástago de los Lizardi gozaba del cariño de propios y algunos otros extraños. A veces él veía caer lágrimas de los ojos de su madre cuando le preguntaba – ¿Por qué soy diferente mamá? – De paso, siempre recibió la misma respuesta: – Porque Dios quiso que todos seamos diferentes Adriano –  Solía susurrarle bellamente.

Historia similar pero tristemente más complicada vivía Bernardo Breña en la manzana anterior. Él sí que tuvo muy mala suerte. Como si la negación y el desprecio que el mundo acumula en sus adentros habrían sido destinados a ser cargados en sus hombros – Pues no le bastó al cielo enviarlo sin cerebro sino que le regaló el peor de los genios – Repetía el corazón resentido de su padre en sus adentros luego de que por milésima vez lo encontrase demoliendo su sala con un martillo. A veces había atacado a su madre. Ella lo llegó a atar a una silla. Aunque era a su propio corazón al que veía ser amordazado y al que sentía estar encadenando. Bernardo Breña nació con retardo moderado y un severo problema actitudinal. Era por momentos tan tierno y dulce para luego sentir en sus venas un torrente violento que su convulsionada mente no supo nunca cómo entender ni controlar. Y lo peor era que casi nadie más quería intentar entender o preguntar ¿Por qué el cielo le envió así? O la más difícil de las preguntas, la que nadie quiere afrontar por miedo a la respuesta: ¿Para qué el cielo le envió así? Era como aquellos hijos del desprecio que rara vez tienen a alguien que les cambie el apellido.

El caso es que en una de esas tranquilas y escasas tardes de Bernardo lo hallamos jugando en casa de Adriano. Las mamás muy cómodas en sus respectivos sofás y sendas tazas de café abrigándoles las manos. Les habían dejado viendo uno de los centenares de videos que coleccionaba Adriano en su alcoba. La historia mostraba un hada azul capaz de brindar el más caro e inasible de los regalos. No importaba cuán difícil fuese, ella jamás diría que no.
Y sucedió, pues aparte de ser una tarde muy tranquila fue también una de las más despejadas para la mente agitada de Bernardo. Ellos habían entendido tan clara y perfectamente que ese día de agosto en particular el hada sería absolutamente real. Real e increíblemente prodigiosa. Como si ambos pudiesen estar consientes y muy de acuerdo, cerraron los ojos con todas las fuerzas que sus doce años les pudieron dar.

Y fue todo tan claro, los pensamientos y las ideas no se hacían nudos en la cabeza, escuchaban al viento silbar al otro lado de la habitación por vez primera. Pero lo mejor es que podían hablar y razonar como nunca se los había permitido la lógica humana. El hada azul les había prestado atención y sin duda concedería uno de sus grandiosos deseos. – Niños, no teman – Dijo una voz azul.  – En esta tarde, mi varita mágica les podrá conceder lo que pidan, lamentablemente sólo podrá durar un pequeño instante así que elijan bien –  
– Queremos ojos que puedan ver, oídos que sepan oír y palabras que no se puedan acabar. ¡Ah! Y una mente que entienda lo que nadie más pueda entender – Dijeron a coro ambos como si alguna vez lo hubiesen pensado.

– Será como ustedes quieran, mi varita les regalará cinco minutos de claridad. Cinco minutos en que serán tan normales como los niños de vuestra edad – Dijo el hada con esa tierna y dulce voz azul.

Y se hallaron sentados en las escaleras de una vieja escuela, era otoño y millones de hojas se arremolinaban sepultando casi todo el piso. El sol todavía alumbraba.
– ¿Estudias aquí? – Preguntó Bernardo sin siquiera sorprenderse de que podía pronunciar palabras por primera vez.
– Si, esta es mi escuela – Respondió risueño Adriano. – Aquí estudio, aunque estoy tres años atrás mis compañeros me ayudan a decir las cosas que no puedo y hasta me explican lo que no entiendo. Y me defienden de los niños que piensan que tener retardo es estar enfermo – Dijo mientras jugaba con un montón de hojas secas.

– Yo no voy a la escuela. Cuando le dijeron a mamá que no podrían incluirme en clase por mi conducta agresiva, papá decidió que me quedaría en casa y que ya verían… De eso ya cuatro años. Tal parece que tendrán que internarme cuando sea mayor y no puedan controlarme – Reflexionó Bernardo al tiempo que compartía con Adriano la botella de Coca Cola Zero de la que tanto gustaba. – ¿Y que se siente que te entiendan? ¿Es emocionante hablar? Por que hasta hoy no he podido pronunciar una sola palabra a menos que llames hablar a decirle a todo ¡Aaaaa! – Dijo mientras soltaban ambos la más brillante carcajada que pudiera escuchárseles estallar.

– ¡Aaaaa! – Dijo Adriano mientras señalaba unas hojas y se ahogaba de risa intentando con todas sus fuerzas no mojar sus pantalones.
– Aaaaa!!! – Respondió Bernardo morado por la risa y señalando al sol que casi había desaparecido del cielo.

Una vez tranquilos, Adriano abrazó a Bernardo diciéndole que si algún día lo había enojado le perdonase. Bernardo correspondió con el mejor abrazo que sus precoces pero fuertes brazos pudieran dar. – Perdóname tú a mí por haberte golpeado el viernes, y por lo del sábado. Claro, lo del domingo no fue intencional y te prometo que nunca más me acerco a tu nariz – Y volvieron ambos a estallar en una cantarina carcajada.

– Quisiera que algún día pudiésemos volver a hablar. Porque hay mucho más que quisiera decir, muchas risas que soltar y muchas heridas que no quisiera hacerme – Dijo Bernardo mientras veía las cicatrices en sus manos y piernas. – Que si soy agresivo no es porque yo lo deseé primero sino porque tal vez me enviaron para enseñar al mundo el significado real de que hace falta mucha paciencia cuando decides enfrentar el camino de la vida con todas sus vueltas y atajos. – Meditó Bernardo.

– Y yo quisiera que el resto de personas entienda que el hecho de tener un cromosoma de más  significa que tengo un cromosoma más que debe ser llenado de amor y cariño hasta que logre desaparecer el miedo a esa palabra que ellos inventaron: “Especial” – Dijo Adriano con una amplia sonrisa.

– ¡Especiaaaal! – Dijo Bernardo en tono bufón sostenido una nueva sonrisa.
– ¡Especiaaaal! – Respondió Adriano otra vez entre risas.

Lentamente una varita dejaba de brillar y comenzaba a oscurecerse. Ni Adriano  ni Bernardo se daban cuenta que su lucidez se iba extinguiendo dejando paso a la torpeza, al silencio y la sordera. Nuevamente las manos de Bernardo se movían de un lado a otro para retornar al inicio y esculpir mil nuevas siluetas imaginarias mientras Adriano decía pausadamente:
– Qui..e..eres  Ju.. ju..jugar? – Notando instantáneamente que Bernardo jamás le podría responder. Pero sus ojos vivaces le volvieron a decir un ¡Aaaaaaaa! Cargado de millones de risas.

sábado, 14 de julio de 2012

CUANDO DECIDIMOS OLVIDAR


-- Hola, ¿es usted el técnico electricista? Verá, tengo unos problemas con los cables de la iluminación, ayer salieron chispas de las lámparas. Todas se echaron a perder y necesito esas luces funcionando lo más pronto posible. Aquí le dejo mi dirección: …. Pregunte usted por Ana Paula – De esa manera terminó de hablar por teléfono conmigo y por supuesto que yo estaba contento pues por fin comenzaban a funcionar los anuncios de servicios profesionales como técnico electricista en el diario local luego de que hace un mes me mudara a una nueva ciudad a comenzar una nueva vida. Tres llamadas por día, tres contratos por día. El negocio comenzaba a caminar. Salí con mi maletín de electricista y con una gorra en la cabeza hacia aquella dirección.

Si, soy nuevamente yo, Armando Céspedes. Soy yo quien sale del prostíbulo local, con mi maletín de electricista, y un repentino interés por mis zapatos. Cuando ingresé a esa enorme casa, cuando comencé a darme cuenta de la clase de lugar al que estaba ingresando comencé a dar media vuelta para salir lo más pronto de allí. – ¿Usted es Armando cierto? – Dijo una muchachita de unos 23 años. Mientras me halaba del brazo y me decía que no me fuera. Que me necesitaba con urgencia. Los ocasionales visitantes del lugar me miraban algo extrañados. Imagino porque ninguna de las servidoras sexuales que allí laboraban les había dicho tal cosa ni llevado con tal vehemencia a su habitación. Y no es que esperase a que sucediera, todo lo contrario. Yo deseaba salir de aquel lugar. – Señorita, creo que hay un error – Me resistí a ser prácticamente arrastrado a una habitación. – Yo soy un técnico trabajando, yo no vine con intenciones de… -- Dije mientras me plantaba firme en un pasillo que conducía a la parte interior de aquella casa. – Y yo soy Ana Paula, soy quien te llamó – Dijo mientras me arrastraba dentro. La verdad es que no entiendo cómo lo hizo, se supone que un hombre es más fuerte que una mujer y más aún que una muchacha tan delgada. Finalmente  no entiendo cómo es que llegué hasta esa habitación que formaba parte de muchas puertas  que ni con el pensamiento deseaba abrir. -- ¿Ves?—Interrumpió mis pensamientos mientras accionaba el interruptor de luz. – No tengo electricidad ¿Puedes arreglarlo?—Mientras me miraba con unos ojos tristes y fríos, como de quien espera despertar.

Le dije que si, años después no entiendo cómo es que le dije que si, necesitaba el dinero y serían pocos minutos los que invertiría, por otro lado deseaba salir corriendo de esa habitación. – Te pagaré el doble – Me dijo como deseando convencerme. El problema era la humedad de las lluvias que había terminado carcomiendo los cables y había provocado un corto circuito que voló los fusibles. Nada difícil salvo que tendría que subir al ático y cambiar los cables. -- ¿Tiene usted una escalera? – Pregunté. – Debo subir al ático a revisar, sospecho que allí está el problema. – Si, tenemos una en el patio de atrás, se la traeré, sólo espere aquí – Respondió mientras salía rauda a pesar de la lluvia. Cuando regresó y me dio la pequeña escalera y rozó su mano con la mía, sentí una piel tan fría que me sorprendió. No sabría decir qué fue lo que se arremolinó dentro de mí. Deseé en ese mismo momento abrazarla, protegerla, cuidarla de lo que ella gratuitamente se hacía, guardar lo poco que quedaba de su alma y borrar de su memoria todo recuerdo de esta vida que llevaba. Pero no hice más nada, reparé el desperfecto y le dije que no cobraría más de la tarifa habitual. Antes de irme le pedí un minuto y me lo concedió. Ella instintivamente cerró la puerta de la habitación y arregló su cabello. Y mientras se sentaba en una de las sillas y me miraba con ojos melancólicos le dije algo que nació muy dentro de mi -- Señorita ¿Por qué hace esto? Usted puede dedicarse a mil otras cosas, puede conseguir su sustento de otras maneras. Deje por favor este lugar, una niña como usted no puede estar haciendo esto, usted no pertenece aquí, es tan joven y tan bonita que puede conseguir trabajo en otro lugar. Estoy seguro que hay gente que podría ayudarla a salir adelante. – Imagino que esperaba otra respuesta de la que recibí. -- ¿Y cómo sabes que no pertenezco a este lugar? ¿Cómo sabes que no quiero estar aquí? ¿Acaso tú vas a ayudarme? – Mientras con sus ojos fríos puso un cristal tan grueso entre nos que ni con un millón de disparos conseguiría romper. De seguro sería su modo de defensa, encerrarse en sus adentros pues era lo único privado que aún poseía – Lamento haberla incomodado, lamento si la he ofendido señorita. Me retiraré ahora, discúlpeme. – Cogí mis cosas y me dirigí a la salida con una gorra apuntando al piso para que nadie me viera salir del prostíbulo local.

Cinco años pasaron para que ahora en la calle de Las Brisas estuviese mi agencia, una pequeña agencia que a fuerza de sacrificios conseguí abrir. Tenía tres jóvenes aprendices que hacían el trabajo conmigo y ver cómo es que el otrora pequeño negocio ganaba renombre me hacía enormemente feliz. Las llamadas eran  diarias por nuestros servicios, después de que el hospital nos contratara para hacer las conexiones eléctricas de todo el edificio las cosas fueron viento en popa. Había dinero por fin y pude pagar las deudas de las que huí. Sí, escapé por las muchas deudas que mi ludopatía me causó. Huí porque me amenazaron de muerte y sabía que no podría pagar. Finalmente pagué centavo tras centavo todo lo que debía. Era libre. Pero más importante es que era libre por dentro mucho antes de haber saldado mis deudas. Había conocido de un Dios que curaba aún al que estaba a punto de morir y le devolvía la vida. Él me sanó de mi antiguo vicio, pagó por mis deudas. Sí, eso hizo por mí y se lo agradecía diariamente que despertaba, antes de dormir y cuando recordaba de qué infierno me pudo sacar. Y más aún, los contratos no cesaban de llegar. Dos años más pasaron para que al director del hospital lo trasladaran a otro gran hospital que el estado inauguraba. Y por supuesto que la agencia haría el trabajo eléctrico. Así fue. Un contrato cuatro veces más grande que el anterior. Oh esas fotos estarían excelentes en mi pared, mi equipo y yo  instalando la corriente en el mejor hospital de la ciudad. Terminamos el trabajo cuatro días antes de lo previsto con todo y pruebas. EL gobernador estaba contento por poder inaugurar antes de lo pensado, de seguro que su popularidad mejoraría. Imagino que por eso es que sólo nos contrata a nosotros desde ese entonces. Una tarde el director del hospital me llamó por un desperfecto que había en la instalación. Presuroso me dirigí en mi auto al hospital, el problema era un interruptor defectuoso que no tardé en cambiar y listo, problema solucionado. Me dirigí a la salida cuando unos paramédicos entraban a toda marcha al hospital con una camilla ensangrentada y una mujer que estaba apunto de dar a luz. Lo que me sorprendió fue el estado de la mujer, estaba descuidada y sucia, con el cabello maltratado, ella estaba inconsciente. La habían encontrado bajo el puente gritando de dolor, la policía llamó a los paramédicos y ellos la trajeron. Pero no le daban atención. Simplemente la dejaron en el pasillo mientras la oficina social hacía el expediente para poder atenderla. No le hallaron identificación alguna y simplemente la dejaron luego de que llegara otro accidentado al parecer con seguro social y dinero. Yo estaba petrificado con la frialdad con que la abandonaron en el pasillo. Una mancha de sangre se hacía más grande entre sus piernas y nadie hacía nada. Le increpé a un enfermero y me dijo que sólo con la ficha de la asistencia social podrían atenderla y se fue. No podía creerlo, no tenía palabras para describir tamaña vergüenza que estaba presenciando. Me acerqué a la mujer y la cubrí mientras que le volvía el rostro. Estaba sucia y olía a alcantarilla. Bueno, de allí prácticamente la sacaron. Detrás de ese cabello negro vi algo que me horrorizó. Sí, era Ana Paula. La prostituta que años atrás conocí. ¿Qué había pasado con ella? La atendieron luego de que pusiera una buena cantidad de dinero en las manos de la cajera del hospital pues ella no tenía seguro alguno. Le practicaron una complicada cesárea para salvar la vida del bebé que peligraba. Era una niña, salvaron la vida de Ana Paula y la vida de GRACIA, así la llamé. Ana Paula quedó inconsciente por dos semanas de tan desnutrida que estaba. Imagino que quien lee esto sabe que pagué cada uno de los gastos médicos. Allí invertí todo el pago de mi contrato. Llevé a Ana Paula a mi casa y la cuidé junto a GRACIA. Madre e hija tenían un color sonrosado y cuando finalmente hablamos ella me dijo que se marcharía con su hija, que le apenaba habernos causado tantas molestias y que me pagaría todo lo que invertí en ellas. Que no debí hacerlo pues no tenía deber alguno que no era superman o algún héroe para salvar la vida de cualquier desconocido. Imagino que todos eso años le enseñaron duramente que nadie da algo a cambio de nada. En sus ojos noté la pregunta, la gran pregunta. “¿Qué quieres de mí? ¿Con qué quieres ahora que te pague?” Había una veta de resentimiento en ella, una veta que tenía su raíz en el más profundo odio hacia el género masculino. Imaginaba bien por qué. 

No le dije que sabía quién era. Ella se identificaba como Rubí Álvarez y decía que había huido de su casa luego de que su marido ebrio casi la mata con un cuchillo. Al fin un pedazo de verdad o un buen intento de cubrirla. Decidí creer a medias si eso es posible. Trató de hacer sus maletas y trastabilló en la puerta pues no podía sostenerse. Estaba tan delgada y débil que casi debí obligarla a que se quedara. – ¿Y con qué te voy a pagar si sigo con mi hija en esta casa? – Preguntó ásperamente mientras la volvía a acostar en la cama. Ya veremos le dije, conseguirás un trabajo y podrás pagarme entonces. Ahora debes descansar. Con la pequeña Gracia pasaba lo contrario, nació muy bien de salud, no me explicaba cómo es que ella había nacido con un peso completo mientras la madre se estaba muriendo. Imagino que muchas veces estuvo privada de alimento. Gracia era la razón de que todas las tardes llegara apresurado a casa. Ella era la que con su sólo sueño comenzaba a robar el corazón que me late en el pecho. Sus risitas y sus ojos de cielo eran el motivo de olvidar mi nombre, mi trabajo y esa cosa que no recuerdo cómo se llama… ¡Oh si! ¡Mis zapatos! Una vez olvidé salir con zapatos a trabajar por haberla estado observando mientras dormía. Y sabía que pronto se iría.

Hable con Ana Paula para que se quedara y cuidara de Gracia en mi casa, le dije que se podían quedar hasta que pueda trabajar y sostenerse por si misma. Ella aceptó. Consiguió trabajo como operadora telefónica en una agencia de servicio técnico. Si, mi agencia. Y con eso conseguí que llevaran a la niña todos los días al trabajo. Ana Paula finalmente en su terquedad comenzó a pagar su deuda. Aunque una sonrisa de Gracia valía por un día entero de trabajo y en un solo día había saldado toda su deuda sonriéndome y lanzando esas  risitas que hacían a mi corazón vibrar con no sé qué emoción que casi nunca puedo explicar. Era amor. Pero un amor diferente, un amor que traspasaba mi corazón como mil rayos de sol, un amor que hacía que mi sangre se congelara y al mismo tiempo bullera frenética en mi pecho. Una tarde Ana Paula me sorprendió llamándola “mi niñita bella”. Rió de mí – Voy por un pañuelo, tienes baba por toda la cara – Y reímos juntos, los tres. Reímos parados sobre un secreto terrible, reímos esperanzados en la risa de un ángel. Poco a poco Ana Paula aceptó la luz de Cristo en su vida. Su rostro cambió tan dramáticamente que casi no la reconocía. Pero aún faltaba vencer un gigante que la tenía secuestrada en miedo y vergüenza. Pues seguía siendo Rubí.

Días después mientras un ocaso me sorprendía en mi cama junto a Gracia, viendo cómo la paz del firmamento puede ser escrita en un rostro tan pequeño… Oh, estaba extasiado. -- ¿Hermosa verdad? – Dijo Ana Paula melancólicamente. – Lo es, es un ángel que gasta tres pañales al día – Respondí mientras ella reía sin querer. – Debemos hablar – Me dijo y me pidió que la dejara en su cuna y platicáramos en la sala. – Ayer cuando caminábamos por el centro comercial, mientras comprabas la ropa de Gracia, un hombre dijo algo y tú no escuchaste, no te diste cuenta. – Trató de reprimir un sollozo. – Hay algo que no te he dicho y me está matando por dentro porque ya no puedo mentir, antes era fácil hacerlo pero ahora no puedo. Si supieras lo que hay en mi pasado, tal vez me eches de tu casa, pero no puedo seguir con esta farsa. – Dijo mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas y se llevaban el maquillaje de sus ojos. – Yo… Yo no soy Rubí Álvarez… Te mentí… -- Prorrumpió en un llanto tan intenso. – Yo no soy quien tú piensas… -- Volvió a decir mientras más lágrimas salían de sus ojos, al principio negras de rímel pero parecía que brotaban negras porque estaban lavando su propio corazón.    – Lo sé Ana Paula – Dije mientras sus ojos se abrían como platos y la más absoluta incredulidad se cernía como la noche negra al final de la tarde sobre la tierra. – Y no sé si ese es tu verdadero nombre o es uno de los tantos que tienes. Ayer, mientras estaba en el centro comercial oí todo claramente, no dije nada porque no quise descubrirte. Mi intención no es condenarte. Desde que te he cuidado he sabido quién eras. Yo te conocí muchos años atrás en aquella casa de muchos pisos. Yo fui el electricista al que tú llamaste para arreglar la luz de tu habitación. -- Ana Paula me miraba como si mis palabras le hubiesen congelado. -- ¿Y te quedaste conmigo y mi hija a pesar de saberlo? – Cuestionó nuevamente. – Dios olvidó tu pasado, no tengo derecho de recordarlo y tú tampoco lo tienes. – Le respondí. Nuevamente mil lágrimas brotaron ansiosas de sus ojos, lágrimas cada vez más transparentes como hablando de quién ahora vivía dentro de ella. Lloraba y la veía por primera vez sanar. Le abracé y le susurré que no estaba sola. – Gracias, gracias – Dijo con voz entrecortada. – Quédate, no tienes que irte. -- Gracia parece gustar de su nueva ventana. Ok, de mi ventana. -- Ella se echó a reír. -- ¿Por qué siempre me haces reír cuando no quiero? – Dijo. – Seremos una molestia constante. – Y no está bien que viva contigo, eres un hombre solo y la gente terminará por hablar mal de ti por causa nuestra. – Bueno, pensé que tal vez querrían ayudarme a solucionar ese problema, (mientras sudaba a mares), ¿te gustaría casarte conmigo? – Le dije mientras nuevamente el hielo inundaba su expresión. – Perdóname por haberme enamorado sin tu permiso, sé que hice mal. Yo… Yo no sé por qué te dije algo tan torpe como eso… -- Tartamudeé. – ¡Shhhh! – Dijo mientras tapaba mis labios con sus manos. – No arruines la más romántica palabra que nunca nadie me ha dicho. Y  si, si quiero casarme contigo. – y finalmente con la mirada más pura que nunca hubiese un ser humano haber dado me dijo “También te quiero”. Se mudó de mi casa por un tiempo mientras preparábamos todo. Quiso hacer las cosas bien al igual que yo. Fue una boda sencillita en una iglesia pequeña que se ubicaba a dos calles, donde recibimos ella y yo el regalo de la vida. Julieta, así se llamaba, ni Rubí ni Ana Paula, su nombre era mucho más bello: Julieta Del Campo Días.

El ministro dijo algo que ahora está pintado en nuestra habitación: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1 Corintios 13. 13.”

Ahora cuando caminamos por la calle con nuestra hija en brazos a veces alguien nos señala y mira con ojos de desaprobación y vergüenza. Nunca hacemos caso, porque pensamos QUE SI DIOS OLVIDÓ NUESTRO PASADO, NO SOMOS QUIEN PARA RECORDARLO.

Dedicado a Ingrid, la nena de 2 años que un día se robó mi corazón y no pensó en devolverlo. Espero que te encuentres bien pequeña.

lunes, 9 de julio de 2012

Un tiempo Después



Un tiempo después de conocerte
Ya no necesito recordarte porque
No sé cómo olvidarte y no quiero
Ni puedo ya dejar de amarte.

Un tiempo después eres como
La mañana que se cuela en mis
Cortinas con sus caricias matutinas.
Y me despierta envuelta entre risas.

La constancia y la fuerza, la paciencia.
La forma mansa que me ama y me
Conforta, la palabra que más importa.
El beso que mi corazón y mi razón añoran.

De un tiempo a esta parte ya no
Tengo que ocultarme ni ocultarte
La verdad de que a diario y sin
Demora, sólo quiero amarte.

Decirte, cantarte y entre versos
Un día no muy lejano un beso darte.
No importando diferencias ni distancias
Sino la esperanza que dentro nos canta.

De un tiempo a esta parte te hago saber
Que la barca donde viajaban: mi alma, mi
Amor y mis fuerzas no fue a perecer sino
En tus playas una mañana has de ver.

domingo, 1 de julio de 2012

HIJOS DEL PADRE


HIJOS DEL PADRE

No impiden a la lluvia mojar la tierra,
Más no detiene el sol su paso en la arena,
No son más que hombres bajo el cielo,
Pero son consuelo los Hijos del Padre Bueno.

Sus vidas alojan en el pecho mis desdichas,
Melancolías que en mi nombre tomaron de la vida,
Son testimonios blancos, palabras limpias, aire puro.
Esculturas que el fuego forjó haciéndolos uno.

No hacen crecer un centímetro el bosque,
No hicieron el universo ni le dieron nombre,
No recienten la cruz si los lleva al Padre,
No crearon los mares, pero saben que su Fe los abre.

Auscultan las sombras y paren luz al nacer la noche,
Disipan el miedo: la inseguridad que sobrecoge,
Frágiles dejan los Hijos del Padre huellas en la nieve
Y son fuertes sus pisadas sólo si (Jesús) te vuelves.

No les detienen tormentas, lanzas ni espadas,
No les resisten siete vueltas las murallas,
No les toma como suyos la nación mundana,
No tienen hogar pero en Cristo está su morada.

Elevan plegarias que ávido el cielo escucha,
Pelean contra su enemigo la buena lucha,
No les venció la arena ni el horror del coliseo,
Vencieron al mundo por creer lo que yo creo.

No temieron fuego ardiente ni león infame,
No alzaron súplicas sino cantos inmortales,
No les intimidan piedras ni furor de criminales,
No se apagan, sino brillan, brillan sus verdades.

Sin dolor claman: ¡Dónde está oh muerte tu aguijón!
Sus palabras estremecen la tierra y detienen el sol,
Sin respeto por los muertos los desgarran del seol,
                       Con las manos, con la voz, con la fe del corazón

LA SONRISA DE LA TARDE


La sonrisa de la tarde
Irrefrenable cae la tarde sobre el valle, desde un alto peñasco miro lo que es una tormenta vecina, la sensación de soledad se hace más fuerte a medida que la tormenta se acerca. Como un animal rabioso que acecha con ira. Es momento de partir,  no pude robarle la sonrisa al atardecer. Simplemente porque el cielo sabe siempre ocultar muy bien su sonrisa, sabe muy bien cómo desaparecer entre las colinas y los cerros verdes que se comienzan a tornar grises.  Mi abuelo que hace muchos años murió me dijo que el atardecer oculta su sonrisa mientras con mirada fría afronta la oscuridad de la noche. Que sólo unos pocos afortunados logran robársela. Mirar su sonrisa es lo más bello que uno pueda atesorar. Mirar su alegría es sólo comparable con la sonrisa que tiene el Padre de la Vida. Pero no es fácil verla, sólo cuando te quedas silencioso, cuando te haces uno con la naturaleza y el atardecer no se da cuenta que le miras, cuando muchos días has pasado casi a escondidas de su gran cuidado; es que sonríe, que ilumina el cielo con un espectáculo bello. Aquellos días en que la noche llega tarde casi entradas las 7, cuando la alegría del cielo la evita y retrasa es cuando sabemos que el atardecer ha sonreído me repetía mi abuelo. Y por esa razón, por ese motivo es que anheloso busco en el espacio silencioso y solitario la sonrisa de una tarde. La sonrisa que te llena de fuerzas y alegría, la sonrisa que detiene a la noche, la sonrisa que opaca la negrura del crepúsculo.
Tengo frío, este valle es frio y cálido a la vez, sólo para fuertes se hizo este clima que es de por si un paraíso en la tierra. Algunas veces logro entender la locura de quienes habitan la fría Siberia “La tierra dormida”, a veces logro ver qué es lo que encanta el corazón de aquellos valientes, ese sentimiento se aloja en mi corazón cuando toco el agua congelada de estos ríos y me enamoro de la vegetación salvaje y noble a la vez.

Vuelvo a por el casco de la motocicleta que me trajo hasta aquí y me alisto a regresar. Reposado y con fuerzas, aligerada la carga del alma y contento el espíritu retorno a casa. Mi madre me espera con una sopa caliente que  es el premio  más grandioso que pude haber tenido en la vida. Se acaba el domingo y debo partir a la vida diaria y cotidiana, a los quehaceres obligatorios del trabajo. Bueno, hay una tragedia por la cuál he buscado fuerzas: mi amigo, tal vez no el mejor sino sólo un amigo de antaño. Ha sufrido un accidente que le ha partido en dos la columna, le operaron para soldarle las vertebras. No siente las piernas, no siente la aguja que usa el médico para buscar alguna terminación nerviosa que le devuelva una esperanza. No siente el frío ni el calor, no siente ningún ánimo fresco subir de la tierra como producto del sol que evapora el rocío de las plantas. Su fe está casi quebrada y su corazón perforado por la escopeta del infortunio que precedió a ese horrendo momento en que todo sucedió. Ahora los que le queremos y llevamos una parte de su dolor en nuestros pechos nos hemos acercado a él para servirle. Para ser el río, el canal por el que el lago de su miedo y su desesperación, de su impotencia y de ese único golpe que de una vez y para siempre pretende silenciar sus pasos… queremos ser ese pequeño rio por el que desfoga ese lago oscuro y frío. Queremos llevarnos si es posible un pedazo de dolor a nuestras casas y dejarle con un poco de esperanza y calor de hogar, calor de hermanos y hermanas.

Su hijo de dos años no entiende por qué papá no puede jugar futbol con él. Y eso lo despedaza por dentro como las zarpas de una bestia furiosa y hambrienta de lágrimas que punza, muerde y araña su corazón desesperadamente queriendo alimentarse. Hace pocos días que le acompañamos en su operación, con nuestra compañía, nuestros ánimos y también con todo el dinero que pudimos dar. Aunque se necesitó más. La familia debe estar siempre unida repetía el abuelo, la familia debe ser lo primero y si un día lo olvidas verás cómo todo lo que tienes se te irá de las manos de la misma manera en que el agua escapa juguetona de tu más fiero abrazo. El abuelo era sabio.

Pero los días no tienen por qué ser lluviosos todos ni deben ser llenos de nubes negras, también sale el sol y se va la lluvia por más crudo que el invierno sea. Alguno de sus días será de cielo limpio y claro, de brisa calma y de grama verde creciendo en el suelo. También los lagos un día se calman y muestran en el fondo la maravilla de su lecho. También las tardes sonríen, también las tardes sonríen, también las tardes sonríen sigo repitiendo y casi logro oír detrás de mi voz la voz del abuelo. Por eso es que busco esa sonrisa para llevársela a mi amigo, por eso es que sin el menor ruido miro al atardecer esperando ver lo que me decía el abuelo.

La tarde se va y un rayo de luz cruza ominoso por entre las nubes, un rayo diminuto que obliga a la tarde a respetarlo, un rayo más cae como una jabalina imparable hiriendo el suelo y reviviendo el  color de la hierba. De repente mil rayos más se unen a esta carnicería donde las nubes huyen despavoridas como ciervos huyen de leones hambrientos. Extrañamente el sol resurge como quien desesperadamente sale del agua impulsado por las fuerzas que el temor de ahogarse inspira. Ese sol que en la tarde es austero ahora despilfarra vida y fulgor en la tierra, las nubes se arremolinan inquietas al ser sorprendidas en un momento de intima privacidad con el crepúsculo. En el cielo se dispara una avalancha de color y revive la tarde, la noche al igual que la muerte ante un milagro divino, agoniza. Luz por todos lados, color y cálida brisa nuevamente se levantan como velas en un barco malamente perdido y que ha recuperado el rumbo. Es entonces que las aves cantan, la noche muere y la tarde SONRÍE. Una sonrisa que a nadie más he visto, una compañía que como nunca he sentido, fuerza, alegría y vida. Todo junto en una sola sonrisa, un manto de perlas adornan el cielo contrariadas pues debieron encontrar a su consorte: la noche, pero hallan la juventud de una tarde que sonríe. Es este efímero instante aquel del que un día el abuelo habló y no mentía cuando decía que nada en la tierra más hermoso había visto que la sonrisa de una tarde. Que su fuerza es suficiente para mover los montes de un lado al otro, que es alegría y gozo como nunca los has sentido y que si alguna vez ves la sonrisa de la tarde nunca más esa sonrisa se alejará de tu rostro. Ahora que escribo esto sin querer me he visto al espejo y sonrío.

Le llevo en el rugido de mi motor, mientras desciendo a la civilización, un pedazo de esa cálida sonrisa a mi amigo pues quiero ver el reflejo tan cálido de mi rostro en el suyo. Fuerzas tengo para dárselas y para regalarlas, alegría que no se acaba y vida que es más de lo que muchos creen que es posible tener. Mi abuelo tenía razón en todo excepto en que no sonreía una tarde sino era el mismo Padre del cielo, el Padre de la vida, el hacedor de todo – el que deja que el hombre que “mira” vea su sonrisa –.

martes, 12 de junio de 2012

Unos Gramos de Cariño



        A mi hermana Silvia que es por mucho mi mejor amiga y a la querida  e irremplazable  Lilliana .

Eran las tres de la tarde y Constanza se dirigía presurosa por entre el tumulto que agolpaba como un enjambre la transitada vía pública. El clop clop de los tacones de las mujeres que se dirigían a una oficina y el clash clash de los zapatos de cuero de los hombres de corbata y camisa almidonada bastaban para odiar usar corbata o tacones. Constanza caminaba sin hacer ruido, vestía con la ropa más sencilla como correspondía a un viernes en que saldría muy tarde cuando todos de seguro dormirían y unos zapatos con suela de goma para no hacer ruido. Aurelio diría luego en una carta que siempre usaba sus zapatos de algodón. Que le agradecía haberlos usado a pesar de que no le correspondió nunca hacerlo. La calle desembocaba muchas cuadras más abajo en una plazoleta.

Constanza iba directamente a su trabajo. Tan diferente al de los demás, no se llenaba de oficios ni papeles que el tiempo nunca deja de borrar. No tenía ordenadores llenos de documentos y correos que a fuerza terminan a uno volviéndolo loco. Su trabajo no tenía oficina ni reuniones de directorio ni jefes de producción ni personal de venta ni mucho menos al escandaloso jefe de marketing que aglomeraba la preciosa ciudad con sus carteles de imágenes ininteligibles de personas felices por simplemente sostener una lata de atún en las manos. – Yo sonreiría así si tuviera un sweater nuevo –  se dijo a sí misma.

Ella tenía un trabajo que nuestro mundo ha comenzado a llamar sub empleo, todo porque no viste ropa de  encaje o zapatos con tacones o porque no lleva un portafolios en la mano. Ella dedicaba ocho horas de su vida diaria al cuidado de Aurelio: Un anciano que además del peso de sus años sufría de artrosis en cada una de sus articulaciones. Era incapaz incluso de vestirse a sí mismo. Padecía también de la más terrible migraña, cosa que lo volvía insoportablemente huraño. Su carácter lo superaba, un genio endiablado y una impaciencia agotadora. Quería quedar vestido en menos de un minuto, quería tomar el sol sin ruido, quería volver a su habitación apenas la primera gota de agua asome su tímida cara en el cielo. Pero eso sí, se tomaba su tiempo a la hora de reprenderte o acribillarte con su enojo.

Constanza como siempre haría lo posible por no hacer ruido, cocinaba la comida y la servía y recogía los trastos luego. Limpiaba lo que derramaba Aurelio pues la artrosis no le daba ni para sostener la cuchara. Los dolores eran muy fuertes y de momento debía tomar el calmante pero mientras este hiciera efecto la migraña se haría presente. Oh era una cantaleta de nunca acabar. Cerca de las cuatro de la tarde Aurelio conciliaría un sueño ligero, suficiente como  para dejar respirar a Constanza y dejarlo muy cubierto. Y aunque sus ocho horas se cumplían allí, se quedaba hasta muy entradas las 7 de la noche pues el anciano no podría volverse a arropar y los dolores volverían a presentarse.

Una vez encontró a Aurelio intentando ponerse sólo los calcetines. Como siempre correría para auxiliarle pues otra vez estaba maldiciendo y despotricando. Pero esta ocasión Aurelio se negó, le retiró la mano diciendo ¡Maldita sea al menos me quiero poner solo el calcetín! No pudo. Y lágrimas de dolor y frustración resbalaban por su vieja cara descubriendo miles de arrugas y surcos que la vida nos da como única muestra de haberla vivido. – ¡Soy un viejo inservible que ni siquiera puede vestirse ya me quiero morir! – Prorrumpió en un verdadero y amargo llanto. – ¡Dímelo mocosa! ¡Dímelo! ¡Dime que soy inservible y que mejor estaría muerto! – Le ladró a la lozana Constanza. – Usted no es inservible don Aurelio. – Respondió con voz suave mientras le ponía el mentado calcetín que de paso estaba al revés. -- ¿Así? Entonces muchachita del demonio ¿Me puedes decir para qué sirvo? – Gritó Aurelio con una rabia que inflamaba toda la habitación mientras que a duras penas lograba pasar saliva para refrescar su ardiente garganta. Constanza nunca le seguiría el juego, lo aprendió muy pronto llegó a esa casa.

Constanza era sabia. Para ese trabajo debía serlo. Calló y ayudó al anciano a recostarse en la cama y se quedó sentada muy quieta en la mecedora que estaba al lado de la cama de Aurelio. Cerró las ventanas y encendió la calefacción. Durmió incómoda, la silla dura lastimaba su espalda y su delgada cintura ardía con fuego por lo incómoda que estaba mientras un llamado del anciano la despertaba urgiéndola para ayudarlo a ir al baño. Terminó su guardia a las tres de la mañana pues los viernes en que llegaban sus hijos ella tenía el turno de la noche. Acabó completamente rendida, se le vio salir de la casona vieja y raída como su propietario y dirigirse a la Quinta y los Rosales para esperar el autobús que pasaba en su primer recorrido a las cuatro.

Gonzalo le abrió la puerta del bus como todos los sábados despertándola de la banquilla de espera donde siempre la hallaba dormida. – Despierta querida, despierta – La movió  suavemente mientras ella volvía en sí. – ¡Oh! ¿Quién es? – Dijo desubicada momentáneamente reconociendo a medias a Gonzalo, el viejo conductor del turno matutino de la línea más antigua que recorría la interminable ciudad. – Vamos, sube al bus que ya he encendido la calefacción, este frio es capaz de matar a uno de pulmonía – Animó a la muchacha. Constanza sintió que su espalda ya no daba para más con lo dolida y maltrecha que la dejó la banquilla de espera en la estación de bus. Se recostó en uno de los asientos para terminar su sueño y despertar a las siete de la mañana para caminar por unos minutos calle abajo y abrir la puerta de su amado hogar. Era en realidad un pequeño departamento con su  puerta blanca de madera y adornos de cristal en los alrededores de la misma. Dejó como pudo su gran bolso y se fue derechita a su cama. Durmió hasta muy entrada la tarde. Como siempre, despertaría con dolor de cabeza y unos pelos que la habían transformado en una extraña criatura. Cocinaría algo rápido y volvería a la cama para terminar su largo sábado, disfrutar el domingo y despertar fresca el lunes en que Aurelio volvería a regar su agrio humor por donde sea que pase.
Regresó de la iglesia pues gustaba de asistir al servicio de los domingos y pasear por el parque  lleno de flores luego de que el alcalde por fin contratara un jardinero. -- ¡Buenos días Don Augusto! – Le gritó sonriente al jardinero que estaba plantado con sus tijeras cerca del bello rosal en medio de un césped absolutamente verde. – ¡Buenos días mi niña! – Le respondió el anciano mientras con absoluta maestría y gusto cortaba la más linda rosa para correr con toda la velocidad que sus sesenta y seis años le daban. – Oh Don Augusto no debió molestarse – Le dijo con una cándida sonrisa de niña mientras que se deleitaba con el aroma de la flor. –Pero si no es ninguna molestia mi niña, una flor siempre gusta de la compañía de otra flor – Dijo mientras se quitaba el inmenso sombrero de paja que usaba como jardinero y saludaba a la antigua usanza. Era de esos viejos que aún el tiempo no logra borrar, que es tierno y cándido, que se ha vuelto como un niño y cuyo corazón derramaba un dulzor que todos quisieran probar, un dulzor que Constanza se había ganado sólo dándole al jardinero un saludo tierno y alegre cada domingo.
El domingo mostró a Constanza apoyada en un barandal disfrutando de sol de la tarde que se entrega plácido a la noche. Una rosa colgando de su mano y un sombrero de paja rosa adornado con un lazo perlado que le hacía ver como esas princesas de cuentos infantiles que uno quisiera hallar para sí pero al mismo tiempo cree que en este mundo no se puede encontrar.

Despertó Constanza junto al despertador que le avisaba que debía vestirse y dirigirse a la estación del bus o se echaría a perder su día. Corrió alocada por el cuarto de baño, alocada por la cocina y salió de ella con una rebanada de pan en los dientes y un moño a medio hacer. Corrió como una tromba a dejarle la comida a Benjamín: su gato naranja. Otra vez entró como un rayo a la cocina y salió con unas trenzas que habían sustituido al moño que no le quedaba con esos aretes verdes que comprase en el centro comercial la tarde del domingo y una taza de chocolate amargo y café que era lo único amargo en su vida. Salió como una flecha de casa y llegó con el último suspiro a tomar el bus.

La casa de Aurelio estaba como siempre en la misma esquina. Pero algo había cambiado. Algo faltaba. Encontró la puerta con un cinto negro y semi abierta. Muchas caras nuevas y trajes y vestidos negros rodeando un cajón y velas a sus cuatro lados. Aurelio había muerto.

Constanza se sentó impactada como si le hubiesen robado el aire de los pulmones y hubiese olvidado cómo respirar de nuevo. Se forzó a si misma a recuperarse de tantas emociones que se le habían subido encima de los hombros. Unos cuchicheos por aquí y por allá eran lo único que lograba distinguir. Sí, la miraban. Pero ¿Por qué? Ella no era algo así como que de la familia. La hija mayor de Aurelio enterró sus ojos llorosos en el pecho de su marido mientras este la consolaba. María, así se llamaba. Se acercó a Constanza con la bolsa de tela que Aurelio guardaba celoso bajo siete llaves en la caja de su velador. - Esto es tuyo muchacha. En una semana se leerá el testamento y estás incluida según veo- Espetó endurecida. Y se alejó a seguir con un dolor que a Constanza le pareció fingido.

Abrió la bolsa por primera vez, Aurelio no dejaba que ni sus hijos se le acercaran. Había un paquete atado con una cuerda, cuerda que habían cortado sin siquiera intentar desanudarla. El atado mantendría como treinta sobres que luego descubrió eran cartas. Todas remitidas a la misma persona. Constanza Alvarado García. Mil pensamientos le recorrieron la espalda. Cartas ¿Para mí? Todas con el Mismo remitente: Aurelio Greco Feliciano. Con incomparable ternura y delicadeza abrió la primera carta que en realidad era la última que el viejo había escrito.

“Hoy me he portado otra vez como un idiota con la Dulce Constanza, le he gritado y ella sólo me ha respondido con dulzura. Ella es la única que me entiende y la he vuelto a herir. Es la única que se queda tres horas más a mi lado y este viejo estúpido no sabe más que renegar y maldecir. Ni con una vida de penitencias, ni con un millón de mi bienes podría pagar o merecer su amable trato, por eso hoy escribo, aunque mis propias manos las sienta romperse y me duela hasta las lágrimas, es lo mínimo que puedo dedicarle, devolverle unos gramos de cariño de tanto que ella me dio primero. Mi vida se consume y mis hijos sólo parecen buitres  a la espera de su festín macabro.

Debería haber muerto hace mucho pero un bálsamo llamado Constanza me ha hecho durar unos días más. Si tan solo pudiese decirle que mi gratitud hacia  ella no tiene fin, que mi miserable existencia la cambió una niña más sabia que todos estos hijos con cartones y carreras que de nada me han servido sino sólo para acabar con mi paciencia. Yo he recitado esas palabras que me lee a diario. Yo tengo lágrimas de pena por haber sido tal cual fui. Y hoy me arrepiento y le he pedido a ese Señor del que ella me cuenta que entre en mí y me lleve con él. Que quiero ser suyo como mi dulce y querida niña Constanza. El dolor se ha ido, la pena desaparece y la vida que ahora siento no la apaga esta sombra ridícula que es la muerte cercana.
Que ese Dios te bendiga mi niña Constanza, yo te espero allá para darte todas las gracias que te adeudo y el abrazo que estas manos deformes no me han dejado darte. Al menos te premiaré con esto que mis hijos creen que lo es todo en la vida. Adiós mi querida y dulce Niña Constanza.”
Una lágrima se derramó en la tibia mejilla de Constanza.




Cuando la Realidad nos Habla


Aquella ocasión Alberto andaba sereno por la avenida principal. Pantalones nuevos y una chaqueta otoñal que hacía juego con el ramo de flores que contento cargaba en sus manos. Era su primera cita con Clarisse. Una chica que había conocido en  las clases de la universidad y habían salido algunas veces de forma casual: pero esta sí era una verdadera cita. Se repetía con la convicción de aquel que ha ganado la lotería y se dirige presuroso a cobrar su premio. Ella era como pocas, una mujer que no conocía de dudas, tan firme y segura que nunca se le vio vacilar salvo cuando debía elegir el azul o el rosa en sus vestidos. Y hoy, Alberto llevaría flores a su casa y saldrían al cine. Era todo como una de las tantas citas que en el mundo existen, millones de personas y miles de asientos, tantas butacas en un cine y tantas otras cajas de chocolate. Bueno, eran ellos. Él la tomó de la mano al salir de casa y ella no hizo nada más que tomar la suya. Caminaron un buen trecho hasta la avenida principal para luego encaminarse a ese viejo y conocido cine donde se enamoraron los padres de Alberto. Ese era su plan para aquella noche. Visitar junto con la muchacha aquel lugar donde los recuerdos de sus padres nacieron. Y tal vez, ver nacer los suyos.

La mejor y más divertida película fue proyectada, la alegría estaba a flor de piel. El ambiente guardaba todavía de aquel viejo resquicio de romance para respirarlo y enamorarse. Mientras la parte tierna de la película pasaba, Clarisse dejó el peso de su cabeza en los hombros de Alberto. Vaya, sólo eso bastó para que naciera allí mismo el sueño. Un sueño que sería luz de sus noches y dirección a su hogar. Al terminar la función, los ojos de Clarisse lo miraban anhelantes, como diciendo algo más. Alberto no vaciló y se atrevió a besarla. Después de todo eran dos chicos normales, casi como los globos con corazones y los chocolates que son tan normales en las tardes de sábado. Pero algo sucedió, algo que no estaba previsto pasó. Un sonido bronco y luego silencio. Una nieve fina se cernía sobre ellos, gritos, miedos y llantos. Era el techo del viejo cine que se estaba desplomando sobre ellos y algunos más de los novios que divertidos se cogían de las manos. Alberto despertó luego de tres días de coma, una contusión severa se había llevado su memoria. No recordaba quién era, atacó al personal del hospital, se quitó los aparatos de las venas y mientras un enorme enfermero lo sometía sintió como es que una corriente más fuerte que él dormía sus fuerzas y cedía a la voluntad de quien lo arrastraba de nuevo a su lecho. Dos semanas pasaron en que los recuerdos empezaron a volver, primero su nombre, luego su edad, el recuerdo de sus padres y lo que estudiaba en la universidad. ¡Clarisse! Gritó a media noche mientras un eterno llanto desesperado brotaba sin control por sus ojos y un dolor interminable por el golpe en su cabeza le partía en dos el pensamiento. Sangraba de la nariz, así pasaba cada vez que le venía un recuerdo doloroso como aquel en que su abuela murió. Otra vez lo sedaron, ya calmado el médico le dijo que la vería al día siguiente, que como él ella también estaba en observación en el hospital.

Al día siguiente el dolor partía en dos su corazón al ver a Clarisse, ella por supuesto había despertado el mismo día y recordaba todo salvo que había olvidado cómo se movían las manos y las piernas, apenas recordaba cómo es que los labios se movían y besaban a alguien. Su columna se había desprendido dos milímetros de su cuello invalidando sus movimientos para siempre. Los médicos hicieron lo debido para volver todo a su lugar pero los nervios eran irrecuperables. Alberto apenas recordaba cómo es que todo pasó y Clarisse recordaba que  desde ese momento jamás volvería a decidir cuando volverían a besarla sino que esperaría quieta las caricias de Alberto en la frente y en la sien pues no sentía casi nada de lo que sucedía en su cuerpo. Desde entonces ambos cada noche escuchaban contentos lo que les hablaba la realidad. Pero ellos la cambiaban, le decían que se podían amar mientras sus almas vibrasen juntas en un acorde eterno, ellos respondían cuando la realidad les cantaba que habrían de morir jóvenes. Y le cantaban que sí, que lo aceptaban pero que mientras el tiempo pudiese caminar a su lado no renunciaban a decirse lo mucho que ahora ellos en REALIDAD se amaban.