Adriano
Lizardi era el último de cuatro hijos. Toda la alegría de la señora Lizardi por
un momento pareció congelarse en aquel níveo rostro. Sus ojos no querían
entender las palabras que casi vio deletrear al médico. No quiso entender, no
quiso oír, no quería ser ella la madre de uno de esos niños que nuestra
modernidad ha denominado “especiales”. A no ser porque todo de allí en adelante
tendría que ser especial. Maestros especiales, amigos especiales, comida
especial, ropas especiales y una vida por demás especial. Pero ¿Qué de especial
tendría el criar a un niño que jamás habría de ser como aquellos que tiene todo
mundo? ¿Qué de especial tendría alguien que nos cambiaría la vida de manera
irremediable y sin salida?
El pequeño Adriano sufría de retardo leve. Sus
ojos eran tan diferentes y tan característica su faz trigueña. Sus movimientos
tan torpes, y tan difícil había sido enseñarle a hablar. – Si hasta parece que
tiene que masticar cada palabra que habla – Decía con desdén el tío Ignacio. La
verdad es que todos en casa habían aprendido a convivir con él. Lo aceptaban y
aceptaban también el hecho de tener un niño especial en la familia. Claro está
que algunos de la parentela no se hacían a la idea de que un niño de doce años
pensara y actuara como uno de seis. Por ello trataban de desvincularlo de la
familia. Porque… ¿Qué pensarían los otros? Suerte que sólo el tío Ignacio
pensaba así. Los demás mostraban un inusual cariño por Adriano. Disfrutaban de
sus muchos besos y de sus mil caricias. Habían aprendido a respirar el aire
puro que cada vez que llegaba sabía fabricar en lo más profundo del corazón.
Adriano
asistía al colegio, tuvo suerte de que lo incluyeran en la clase. Y aunque no
tuvo muchos problemas en adaptarse, algunos futuros herederos del tío Ignacio
mantenían sus reservas en cuanto a lo contagiosa que podría ser la cercanía de
Adriano Lizardi. – ¡Vaya! Si hasta el apellido suena a Down – Se burlaba
Juanito Castro mientras que la mitad del salón lo defendía a la hora del
recreo. Con todo, el pequeño vástago de los Lizardi gozaba del cariño de
propios y algunos otros extraños. A veces él veía caer lágrimas de los ojos de
su madre cuando le preguntaba – ¿Por qué soy diferente mamá? – De paso, siempre
recibió la misma respuesta: – Porque Dios quiso que todos seamos diferentes
Adriano – Solía susurrarle bellamente.
Historia
similar pero tristemente más complicada vivía Bernardo Breña en la manzana
anterior. Él sí que tuvo muy mala suerte. Como si la negación y el desprecio
que el mundo acumula en sus adentros habrían sido destinados a ser cargados en sus
hombros – Pues no le bastó al cielo enviarlo sin cerebro sino que le regaló el
peor de los genios – Repetía el corazón resentido de su padre en sus adentros
luego de que por milésima vez lo encontrase demoliendo su sala con un martillo.
A veces había atacado a su madre. Ella lo llegó a atar a una silla. Aunque era
a su propio corazón al que veía ser amordazado y al que sentía estar
encadenando. Bernardo Breña nació con retardo moderado y un severo problema
actitudinal. Era por momentos tan tierno y dulce para luego sentir en sus venas
un torrente violento que su convulsionada mente no supo nunca cómo entender ni
controlar. Y lo peor era que casi nadie más quería intentar entender o
preguntar ¿Por qué el cielo le envió así? O la más difícil de las preguntas, la
que nadie quiere afrontar por miedo a la respuesta: ¿Para qué el cielo le envió
así? Era como aquellos hijos del desprecio que rara vez tienen a alguien que
les cambie el apellido.
El caso
es que en una de esas tranquilas y escasas tardes de Bernardo lo hallamos
jugando en casa de Adriano. Las mamás muy cómodas en sus respectivos sofás y
sendas tazas de café abrigándoles las manos. Les habían dejado viendo uno de los
centenares de videos que coleccionaba Adriano en su alcoba. La historia
mostraba un hada azul capaz de brindar el más caro e inasible de los regalos.
No importaba cuán difícil fuese, ella jamás diría que no.
Y
sucedió, pues aparte de ser una tarde muy tranquila fue también una de las más despejadas
para la mente agitada de Bernardo. Ellos habían entendido tan clara y
perfectamente que ese día de agosto en particular el hada sería absolutamente
real. Real e increíblemente prodigiosa. Como si ambos pudiesen estar consientes
y muy de acuerdo, cerraron los ojos con todas las fuerzas que sus doce años les
pudieron dar.
Y fue
todo tan claro, los pensamientos y las ideas no se hacían nudos en la cabeza,
escuchaban al viento silbar al otro lado de la habitación por vez primera. Pero
lo mejor es que podían hablar y razonar como nunca se los había permitido la
lógica humana. El hada azul les había prestado atención y sin duda concedería
uno de sus grandiosos deseos. – Niños, no teman – Dijo una voz azul. – En esta tarde, mi varita mágica les podrá
conceder lo que pidan, lamentablemente sólo podrá durar un pequeño instante así
que elijan bien –
–
Queremos ojos que puedan ver, oídos que sepan oír y palabras que no se puedan
acabar. ¡Ah! Y una mente que entienda lo que nadie más pueda entender – Dijeron
a coro ambos como si alguna vez lo hubiesen pensado.
– Será
como ustedes quieran, mi varita les regalará cinco minutos de claridad. Cinco
minutos en que serán tan normales como los niños de vuestra edad – Dijo el hada
con esa tierna y dulce voz azul.
Y se
hallaron sentados en las escaleras de una vieja escuela, era otoño y millones
de hojas se arremolinaban sepultando casi todo el piso. El sol todavía
alumbraba.
–
¿Estudias aquí? – Preguntó Bernardo sin siquiera sorprenderse de que podía pronunciar
palabras por primera vez.
– Si,
esta es mi escuela – Respondió risueño Adriano. – Aquí estudio, aunque estoy
tres años atrás mis compañeros me ayudan a decir las cosas que no puedo y hasta
me explican lo que no entiendo. Y me defienden de los niños que piensan que
tener retardo es estar enfermo – Dijo mientras jugaba con un montón de hojas
secas.
– Yo no
voy a la escuela. Cuando le dijeron a mamá que no podrían incluirme en clase
por mi conducta agresiva, papá decidió que me quedaría en casa y que ya verían…
De eso ya cuatro años. Tal parece que tendrán que internarme cuando sea mayor y
no puedan controlarme – Reflexionó Bernardo al tiempo que compartía con Adriano
la botella de Coca Cola Zero de la que tanto gustaba. – ¿Y que se siente que te
entiendan? ¿Es emocionante hablar? Por que hasta hoy no he podido pronunciar
una sola palabra a menos que llames hablar a decirle a todo ¡Aaaaa! – Dijo
mientras soltaban ambos la más brillante carcajada que pudiera escuchárseles estallar.
– ¡Aaaaa!
– Dijo Adriano mientras señalaba unas hojas y se ahogaba de risa intentando con
todas sus fuerzas no mojar sus pantalones.
–
Aaaaa!!! – Respondió Bernardo morado por la risa y señalando al sol que casi
había desaparecido del cielo.
Una vez
tranquilos, Adriano abrazó a Bernardo diciéndole que si algún día lo había
enojado le perdonase. Bernardo correspondió con el mejor abrazo que sus
precoces pero fuertes brazos pudieran dar. – Perdóname tú a mí por haberte
golpeado el viernes, y por lo del sábado. Claro, lo del domingo no fue
intencional y te prometo que nunca más me acerco a tu nariz – Y volvieron ambos
a estallar en una cantarina carcajada.
–
Quisiera que algún día pudiésemos volver a hablar. Porque hay mucho más que
quisiera decir, muchas risas que soltar y muchas heridas que no quisiera
hacerme – Dijo Bernardo mientras veía las cicatrices en sus manos y piernas. –
Que si soy agresivo no es porque yo lo deseé primero sino porque tal vez me
enviaron para enseñar al mundo el significado real de que hace falta mucha
paciencia cuando decides enfrentar el camino de la vida con todas sus vueltas y
atajos. – Meditó Bernardo.
– Y yo
quisiera que el resto de personas entienda que el hecho de tener un cromosoma
de más significa que tengo un cromosoma
más que debe ser llenado de amor y cariño hasta que logre desaparecer el miedo
a esa palabra que ellos inventaron: “Especial” – Dijo Adriano con una amplia
sonrisa.
– ¡Especiaaaal!
– Dijo Bernardo en tono bufón sostenido una nueva sonrisa.
– ¡Especiaaaal!
– Respondió Adriano otra vez entre risas.
Lentamente
una varita dejaba de brillar y comenzaba a oscurecerse. Ni Adriano ni Bernardo se daban cuenta que su lucidez se
iba extinguiendo dejando paso a la torpeza, al silencio y la sordera.
Nuevamente las manos de Bernardo se movían de un lado a otro para retornar al
inicio y esculpir mil nuevas siluetas imaginarias mientras Adriano decía
pausadamente:
–
Qui..e..eres Ju.. ju..jugar? – Notando
instantáneamente que Bernardo jamás le podría responder. Pero sus ojos vivaces
le volvieron a decir un ¡Aaaaaaaa! Cargado de millones de risas.
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