sábado, 14 de julio de 2012

CUANDO DECIDIMOS OLVIDAR


-- Hola, ¿es usted el técnico electricista? Verá, tengo unos problemas con los cables de la iluminación, ayer salieron chispas de las lámparas. Todas se echaron a perder y necesito esas luces funcionando lo más pronto posible. Aquí le dejo mi dirección: …. Pregunte usted por Ana Paula – De esa manera terminó de hablar por teléfono conmigo y por supuesto que yo estaba contento pues por fin comenzaban a funcionar los anuncios de servicios profesionales como técnico electricista en el diario local luego de que hace un mes me mudara a una nueva ciudad a comenzar una nueva vida. Tres llamadas por día, tres contratos por día. El negocio comenzaba a caminar. Salí con mi maletín de electricista y con una gorra en la cabeza hacia aquella dirección.

Si, soy nuevamente yo, Armando Céspedes. Soy yo quien sale del prostíbulo local, con mi maletín de electricista, y un repentino interés por mis zapatos. Cuando ingresé a esa enorme casa, cuando comencé a darme cuenta de la clase de lugar al que estaba ingresando comencé a dar media vuelta para salir lo más pronto de allí. – ¿Usted es Armando cierto? – Dijo una muchachita de unos 23 años. Mientras me halaba del brazo y me decía que no me fuera. Que me necesitaba con urgencia. Los ocasionales visitantes del lugar me miraban algo extrañados. Imagino porque ninguna de las servidoras sexuales que allí laboraban les había dicho tal cosa ni llevado con tal vehemencia a su habitación. Y no es que esperase a que sucediera, todo lo contrario. Yo deseaba salir de aquel lugar. – Señorita, creo que hay un error – Me resistí a ser prácticamente arrastrado a una habitación. – Yo soy un técnico trabajando, yo no vine con intenciones de… -- Dije mientras me plantaba firme en un pasillo que conducía a la parte interior de aquella casa. – Y yo soy Ana Paula, soy quien te llamó – Dijo mientras me arrastraba dentro. La verdad es que no entiendo cómo lo hizo, se supone que un hombre es más fuerte que una mujer y más aún que una muchacha tan delgada. Finalmente  no entiendo cómo es que llegué hasta esa habitación que formaba parte de muchas puertas  que ni con el pensamiento deseaba abrir. -- ¿Ves?—Interrumpió mis pensamientos mientras accionaba el interruptor de luz. – No tengo electricidad ¿Puedes arreglarlo?—Mientras me miraba con unos ojos tristes y fríos, como de quien espera despertar.

Le dije que si, años después no entiendo cómo es que le dije que si, necesitaba el dinero y serían pocos minutos los que invertiría, por otro lado deseaba salir corriendo de esa habitación. – Te pagaré el doble – Me dijo como deseando convencerme. El problema era la humedad de las lluvias que había terminado carcomiendo los cables y había provocado un corto circuito que voló los fusibles. Nada difícil salvo que tendría que subir al ático y cambiar los cables. -- ¿Tiene usted una escalera? – Pregunté. – Debo subir al ático a revisar, sospecho que allí está el problema. – Si, tenemos una en el patio de atrás, se la traeré, sólo espere aquí – Respondió mientras salía rauda a pesar de la lluvia. Cuando regresó y me dio la pequeña escalera y rozó su mano con la mía, sentí una piel tan fría que me sorprendió. No sabría decir qué fue lo que se arremolinó dentro de mí. Deseé en ese mismo momento abrazarla, protegerla, cuidarla de lo que ella gratuitamente se hacía, guardar lo poco que quedaba de su alma y borrar de su memoria todo recuerdo de esta vida que llevaba. Pero no hice más nada, reparé el desperfecto y le dije que no cobraría más de la tarifa habitual. Antes de irme le pedí un minuto y me lo concedió. Ella instintivamente cerró la puerta de la habitación y arregló su cabello. Y mientras se sentaba en una de las sillas y me miraba con ojos melancólicos le dije algo que nació muy dentro de mi -- Señorita ¿Por qué hace esto? Usted puede dedicarse a mil otras cosas, puede conseguir su sustento de otras maneras. Deje por favor este lugar, una niña como usted no puede estar haciendo esto, usted no pertenece aquí, es tan joven y tan bonita que puede conseguir trabajo en otro lugar. Estoy seguro que hay gente que podría ayudarla a salir adelante. – Imagino que esperaba otra respuesta de la que recibí. -- ¿Y cómo sabes que no pertenezco a este lugar? ¿Cómo sabes que no quiero estar aquí? ¿Acaso tú vas a ayudarme? – Mientras con sus ojos fríos puso un cristal tan grueso entre nos que ni con un millón de disparos conseguiría romper. De seguro sería su modo de defensa, encerrarse en sus adentros pues era lo único privado que aún poseía – Lamento haberla incomodado, lamento si la he ofendido señorita. Me retiraré ahora, discúlpeme. – Cogí mis cosas y me dirigí a la salida con una gorra apuntando al piso para que nadie me viera salir del prostíbulo local.

Cinco años pasaron para que ahora en la calle de Las Brisas estuviese mi agencia, una pequeña agencia que a fuerza de sacrificios conseguí abrir. Tenía tres jóvenes aprendices que hacían el trabajo conmigo y ver cómo es que el otrora pequeño negocio ganaba renombre me hacía enormemente feliz. Las llamadas eran  diarias por nuestros servicios, después de que el hospital nos contratara para hacer las conexiones eléctricas de todo el edificio las cosas fueron viento en popa. Había dinero por fin y pude pagar las deudas de las que huí. Sí, escapé por las muchas deudas que mi ludopatía me causó. Huí porque me amenazaron de muerte y sabía que no podría pagar. Finalmente pagué centavo tras centavo todo lo que debía. Era libre. Pero más importante es que era libre por dentro mucho antes de haber saldado mis deudas. Había conocido de un Dios que curaba aún al que estaba a punto de morir y le devolvía la vida. Él me sanó de mi antiguo vicio, pagó por mis deudas. Sí, eso hizo por mí y se lo agradecía diariamente que despertaba, antes de dormir y cuando recordaba de qué infierno me pudo sacar. Y más aún, los contratos no cesaban de llegar. Dos años más pasaron para que al director del hospital lo trasladaran a otro gran hospital que el estado inauguraba. Y por supuesto que la agencia haría el trabajo eléctrico. Así fue. Un contrato cuatro veces más grande que el anterior. Oh esas fotos estarían excelentes en mi pared, mi equipo y yo  instalando la corriente en el mejor hospital de la ciudad. Terminamos el trabajo cuatro días antes de lo previsto con todo y pruebas. EL gobernador estaba contento por poder inaugurar antes de lo pensado, de seguro que su popularidad mejoraría. Imagino que por eso es que sólo nos contrata a nosotros desde ese entonces. Una tarde el director del hospital me llamó por un desperfecto que había en la instalación. Presuroso me dirigí en mi auto al hospital, el problema era un interruptor defectuoso que no tardé en cambiar y listo, problema solucionado. Me dirigí a la salida cuando unos paramédicos entraban a toda marcha al hospital con una camilla ensangrentada y una mujer que estaba apunto de dar a luz. Lo que me sorprendió fue el estado de la mujer, estaba descuidada y sucia, con el cabello maltratado, ella estaba inconsciente. La habían encontrado bajo el puente gritando de dolor, la policía llamó a los paramédicos y ellos la trajeron. Pero no le daban atención. Simplemente la dejaron en el pasillo mientras la oficina social hacía el expediente para poder atenderla. No le hallaron identificación alguna y simplemente la dejaron luego de que llegara otro accidentado al parecer con seguro social y dinero. Yo estaba petrificado con la frialdad con que la abandonaron en el pasillo. Una mancha de sangre se hacía más grande entre sus piernas y nadie hacía nada. Le increpé a un enfermero y me dijo que sólo con la ficha de la asistencia social podrían atenderla y se fue. No podía creerlo, no tenía palabras para describir tamaña vergüenza que estaba presenciando. Me acerqué a la mujer y la cubrí mientras que le volvía el rostro. Estaba sucia y olía a alcantarilla. Bueno, de allí prácticamente la sacaron. Detrás de ese cabello negro vi algo que me horrorizó. Sí, era Ana Paula. La prostituta que años atrás conocí. ¿Qué había pasado con ella? La atendieron luego de que pusiera una buena cantidad de dinero en las manos de la cajera del hospital pues ella no tenía seguro alguno. Le practicaron una complicada cesárea para salvar la vida del bebé que peligraba. Era una niña, salvaron la vida de Ana Paula y la vida de GRACIA, así la llamé. Ana Paula quedó inconsciente por dos semanas de tan desnutrida que estaba. Imagino que quien lee esto sabe que pagué cada uno de los gastos médicos. Allí invertí todo el pago de mi contrato. Llevé a Ana Paula a mi casa y la cuidé junto a GRACIA. Madre e hija tenían un color sonrosado y cuando finalmente hablamos ella me dijo que se marcharía con su hija, que le apenaba habernos causado tantas molestias y que me pagaría todo lo que invertí en ellas. Que no debí hacerlo pues no tenía deber alguno que no era superman o algún héroe para salvar la vida de cualquier desconocido. Imagino que todos eso años le enseñaron duramente que nadie da algo a cambio de nada. En sus ojos noté la pregunta, la gran pregunta. “¿Qué quieres de mí? ¿Con qué quieres ahora que te pague?” Había una veta de resentimiento en ella, una veta que tenía su raíz en el más profundo odio hacia el género masculino. Imaginaba bien por qué. 

No le dije que sabía quién era. Ella se identificaba como Rubí Álvarez y decía que había huido de su casa luego de que su marido ebrio casi la mata con un cuchillo. Al fin un pedazo de verdad o un buen intento de cubrirla. Decidí creer a medias si eso es posible. Trató de hacer sus maletas y trastabilló en la puerta pues no podía sostenerse. Estaba tan delgada y débil que casi debí obligarla a que se quedara. – ¿Y con qué te voy a pagar si sigo con mi hija en esta casa? – Preguntó ásperamente mientras la volvía a acostar en la cama. Ya veremos le dije, conseguirás un trabajo y podrás pagarme entonces. Ahora debes descansar. Con la pequeña Gracia pasaba lo contrario, nació muy bien de salud, no me explicaba cómo es que ella había nacido con un peso completo mientras la madre se estaba muriendo. Imagino que muchas veces estuvo privada de alimento. Gracia era la razón de que todas las tardes llegara apresurado a casa. Ella era la que con su sólo sueño comenzaba a robar el corazón que me late en el pecho. Sus risitas y sus ojos de cielo eran el motivo de olvidar mi nombre, mi trabajo y esa cosa que no recuerdo cómo se llama… ¡Oh si! ¡Mis zapatos! Una vez olvidé salir con zapatos a trabajar por haberla estado observando mientras dormía. Y sabía que pronto se iría.

Hable con Ana Paula para que se quedara y cuidara de Gracia en mi casa, le dije que se podían quedar hasta que pueda trabajar y sostenerse por si misma. Ella aceptó. Consiguió trabajo como operadora telefónica en una agencia de servicio técnico. Si, mi agencia. Y con eso conseguí que llevaran a la niña todos los días al trabajo. Ana Paula finalmente en su terquedad comenzó a pagar su deuda. Aunque una sonrisa de Gracia valía por un día entero de trabajo y en un solo día había saldado toda su deuda sonriéndome y lanzando esas  risitas que hacían a mi corazón vibrar con no sé qué emoción que casi nunca puedo explicar. Era amor. Pero un amor diferente, un amor que traspasaba mi corazón como mil rayos de sol, un amor que hacía que mi sangre se congelara y al mismo tiempo bullera frenética en mi pecho. Una tarde Ana Paula me sorprendió llamándola “mi niñita bella”. Rió de mí – Voy por un pañuelo, tienes baba por toda la cara – Y reímos juntos, los tres. Reímos parados sobre un secreto terrible, reímos esperanzados en la risa de un ángel. Poco a poco Ana Paula aceptó la luz de Cristo en su vida. Su rostro cambió tan dramáticamente que casi no la reconocía. Pero aún faltaba vencer un gigante que la tenía secuestrada en miedo y vergüenza. Pues seguía siendo Rubí.

Días después mientras un ocaso me sorprendía en mi cama junto a Gracia, viendo cómo la paz del firmamento puede ser escrita en un rostro tan pequeño… Oh, estaba extasiado. -- ¿Hermosa verdad? – Dijo Ana Paula melancólicamente. – Lo es, es un ángel que gasta tres pañales al día – Respondí mientras ella reía sin querer. – Debemos hablar – Me dijo y me pidió que la dejara en su cuna y platicáramos en la sala. – Ayer cuando caminábamos por el centro comercial, mientras comprabas la ropa de Gracia, un hombre dijo algo y tú no escuchaste, no te diste cuenta. – Trató de reprimir un sollozo. – Hay algo que no te he dicho y me está matando por dentro porque ya no puedo mentir, antes era fácil hacerlo pero ahora no puedo. Si supieras lo que hay en mi pasado, tal vez me eches de tu casa, pero no puedo seguir con esta farsa. – Dijo mientras gruesas lágrimas surcaban sus mejillas y se llevaban el maquillaje de sus ojos. – Yo… Yo no soy Rubí Álvarez… Te mentí… -- Prorrumpió en un llanto tan intenso. – Yo no soy quien tú piensas… -- Volvió a decir mientras más lágrimas salían de sus ojos, al principio negras de rímel pero parecía que brotaban negras porque estaban lavando su propio corazón.    – Lo sé Ana Paula – Dije mientras sus ojos se abrían como platos y la más absoluta incredulidad se cernía como la noche negra al final de la tarde sobre la tierra. – Y no sé si ese es tu verdadero nombre o es uno de los tantos que tienes. Ayer, mientras estaba en el centro comercial oí todo claramente, no dije nada porque no quise descubrirte. Mi intención no es condenarte. Desde que te he cuidado he sabido quién eras. Yo te conocí muchos años atrás en aquella casa de muchos pisos. Yo fui el electricista al que tú llamaste para arreglar la luz de tu habitación. -- Ana Paula me miraba como si mis palabras le hubiesen congelado. -- ¿Y te quedaste conmigo y mi hija a pesar de saberlo? – Cuestionó nuevamente. – Dios olvidó tu pasado, no tengo derecho de recordarlo y tú tampoco lo tienes. – Le respondí. Nuevamente mil lágrimas brotaron ansiosas de sus ojos, lágrimas cada vez más transparentes como hablando de quién ahora vivía dentro de ella. Lloraba y la veía por primera vez sanar. Le abracé y le susurré que no estaba sola. – Gracias, gracias – Dijo con voz entrecortada. – Quédate, no tienes que irte. -- Gracia parece gustar de su nueva ventana. Ok, de mi ventana. -- Ella se echó a reír. -- ¿Por qué siempre me haces reír cuando no quiero? – Dijo. – Seremos una molestia constante. – Y no está bien que viva contigo, eres un hombre solo y la gente terminará por hablar mal de ti por causa nuestra. – Bueno, pensé que tal vez querrían ayudarme a solucionar ese problema, (mientras sudaba a mares), ¿te gustaría casarte conmigo? – Le dije mientras nuevamente el hielo inundaba su expresión. – Perdóname por haberme enamorado sin tu permiso, sé que hice mal. Yo… Yo no sé por qué te dije algo tan torpe como eso… -- Tartamudeé. – ¡Shhhh! – Dijo mientras tapaba mis labios con sus manos. – No arruines la más romántica palabra que nunca nadie me ha dicho. Y  si, si quiero casarme contigo. – y finalmente con la mirada más pura que nunca hubiese un ser humano haber dado me dijo “También te quiero”. Se mudó de mi casa por un tiempo mientras preparábamos todo. Quiso hacer las cosas bien al igual que yo. Fue una boda sencillita en una iglesia pequeña que se ubicaba a dos calles, donde recibimos ella y yo el regalo de la vida. Julieta, así se llamaba, ni Rubí ni Ana Paula, su nombre era mucho más bello: Julieta Del Campo Días.

El ministro dijo algo que ahora está pintado en nuestra habitación: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1 Corintios 13. 13.”

Ahora cuando caminamos por la calle con nuestra hija en brazos a veces alguien nos señala y mira con ojos de desaprobación y vergüenza. Nunca hacemos caso, porque pensamos QUE SI DIOS OLVIDÓ NUESTRO PASADO, NO SOMOS QUIEN PARA RECORDARLO.

Dedicado a Ingrid, la nena de 2 años que un día se robó mi corazón y no pensó en devolverlo. Espero que te encuentres bien pequeña.

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