Era mi mujer por más de quince
años y francamente una parte morbosa en mi subconsciente se preguntaba cómo
había sobrevivido. Era tan frágil. Obviamente yo moriría si me faltaba pero era
el caso que cada año me preguntaba si dejaría este mundo. Sus constantes
cuadros alérgicos y los inmunosupresores hacían su trabajo debilitándola más.
Pero no le importaba, ella me amaba más de lo que a si misma se amaba.
La cuidaría por mil cien vidas y
si fuera necesario mudaría el hospital a su recámara si así prolongaba su
tiempo un poco más. Recuerdo que la cuidaba antes ser novios, la cuidaba cuando
solo me dejaba el recato de sus ojos llamarla amiga. Velaba sus sueños desde el
árbol que gracias a mi suerte llegaba a su alcoba. Nadie importaba más que
ella. Mi Camila, “mi reina de azúcar” como la llamaba. Es dueña de mi tiempo,
de mis sueños y de todo cuanto poseo, eso incluye mi alma y si es necesario mi
propia existencia. A su frágil vida le debo esta felicidad que compartimos
juntos. No tenemos hijos, casi la pierdo la primera vez que se embarazó y no la
arriesgué nunca más. De todas maneras nada nos faltaba, ni felicidad, ni
feriados en el campo ni meriendas con té rojo por las tardes. Pero ahí estaba
mi corazón, preguntándose cuántos días más me duraría, cuantas veladas más.
Me reprendía duramente camino de
casa cuando me preguntaba si es que la hallaría fría en la cama. Un sudor
helado me recorría la espalda y me arrebataba la paz del corazón. Como siempre
terminaría corriendo desesperado y abriendo la puerta a empellones. ¡Camila!
Diría entre lágrimas y correría a nuestra habitación a refugiar todos mis
miedos entre sus manos, a secar mi llanto en su camisón de seda y a dejarlo tan mojado que tendría que volver
a lavarlo.
Me esfuerzo por sacarle lo más
posible de casa, claro, cuando el clima es propicio. Le gusta el pantano con
todos esos patos silvestres de color morado. Las cañas y los infinitos juncos rodeando
la rivera. El aire puro es siempre un buen aliciente para su corazón y para el
mío. Medía el tiempo minuciosamente para no pasarnos de las tres horas justas.
Más tiempo significaba un duro resfrío. Casi casi era mi niña salvo porque era
ella quien me cuidaba. Yo no sabría qué hacer o cómo existir si me faltaba. Un
hombre que ha dejado la mitad vital de su existencia latiendo en un ser amado
muere cuando éste le falta. Era mi caso.
No cuento como malas noches
aquellas en que dormimos en el hospital. Al final de cada noche siempre viene
la madrugada y con ella la luz de la mañana trayendo el consuelo que dice que
mi vida va a recuperarse. Aunque no todo era enfermedad, tratamientos y visitas
al especialista. También había amor, más puro y tranparente del que haya visto.
Era ese amor tan fuerte el que la sostenía a mi lado. Atesorábamos cada beso en
esa parte del recuerdo que no puede olvidarse ni con la muerte. Cantábamos
esperando la madrugada, abrazados, tan quietos que una estatua envidiaría
nuestra quietud. Habíamos aprendido a mantener nuestros corazones latiendo como
uno solo literalmente. Esa era nuestra mejor música cuando la sombra y el
silencio nos acompañaban. Y aquellas noches en que la cadencia de su
respiración y el violento vibrar de mi corazón decían que nos amábamos con
tamaña pasión, sentía que ni el sol ardía como nuestro amor. Al final de
cuentas, qué sería yo sin Camila. Sin mi Camila. La mujer más hermosa desde el
colegio y la Universidad. Cuánto luché por ella, aún sin mucho dinero conseguí
más de lo que buscaba. Conseguí esta vida que no cambaría ni por mil años de
ver todas mis ambiciones juveniles cumplidas.
Un día, sucedió algo que no me logro
explicar. Una mañana cualquiera no pude levantarme, me sentí con las piernas
atadas y las manos entumecidas. Una fiebre abrasadora que no cedió ni con el
hielo se terminó por llevar mi movilidad. Camila corría de un lugar a otro de
la casa trayendo compresas frías, al fin en el hospital me diagnosticaron la
rara enfermedad de Camila. El mundo cayó como plomo derretido sobre mis
hombros. ¿Cómo iba a cuidarla? A la vez que esa angustia me consumía las
entrañas, me preguntaba cómo es que ella no había desmayado fuera de casa. Se
mantuvo en vela toda la noche a mi lado. Despertó sin resfríos ni dolores. Me
importaba ella aún cuando mis propios dolores eran más que insoportables. Un
caso de la más cómica ironía, mientras ella sanaba mi vida se consumía.
Respiraba más y mejor y hasta pudo encargarse pronto de la casa por completo
mientras que yo era un pedazo de inmovilidad en nuestra alcoba. Nuestras
preocupaciones eran menos luego del seguro de enfermedad que a Dios gracias
contraté años atrás. Aunque no puedo moverme y me duele respirar creo que el
cielo escuchó en secreto mis plegarias aún sin haberlas hecho. Verla sana y
radiante aunque en eso se me vaya la vida. Siento que nuestro amor es más
fuerte ahora que nada podría hacernos dimitir de nuestro compromiso de amarnos y
cuidarnos en la salud y la enfermedad, en la pobreza o riqueza, en los días y
en las noches, en todas aquellas ocasiones en que mi única medicina y calor
provenía de las manos de Camila. Mi amada Camila.
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