–
A mi
hermana Silvia que es por mucho mi mejor amiga y a la querida e irremplazable Lilliana .
Eran
las tres de la tarde y Constanza se dirigía presurosa por entre el tumulto que
agolpaba como un enjambre la transitada vía pública. El clop clop de los
tacones de las mujeres que se dirigían a una oficina y el clash clash de los
zapatos de cuero de los hombres de corbata y camisa almidonada bastaban para
odiar usar corbata o tacones. Constanza caminaba sin hacer ruido, vestía con la
ropa más sencilla como correspondía a un viernes en que saldría muy tarde
cuando todos de seguro dormirían y unos zapatos con suela de goma para no hacer
ruido. Aurelio diría luego en una carta que siempre usaba sus zapatos de
algodón. Que le agradecía haberlos usado a pesar de que no le correspondió nunca
hacerlo. La calle desembocaba muchas cuadras más abajo en una plazoleta.
Constanza
iba directamente a su trabajo. Tan diferente al de los demás, no se llenaba de oficios
ni papeles que el tiempo nunca deja de borrar. No tenía ordenadores llenos de
documentos y correos que a fuerza terminan a uno volviéndolo loco. Su trabajo
no tenía oficina ni reuniones de directorio ni jefes de producción ni personal
de venta ni mucho menos al escandaloso jefe de marketing que aglomeraba la
preciosa ciudad con sus carteles de imágenes ininteligibles de personas felices
por simplemente sostener una lata de atún en las manos. – Yo sonreiría así si
tuviera un sweater nuevo – se dijo a sí
misma.
Ella
tenía un trabajo que nuestro mundo ha comenzado a llamar sub empleo, todo
porque no viste ropa de encaje o zapatos
con tacones o porque no lleva un portafolios en la mano. Ella dedicaba ocho
horas de su vida diaria al cuidado de Aurelio: Un anciano que además del peso
de sus años sufría de artrosis en cada una de sus articulaciones. Era incapaz
incluso de vestirse a sí mismo. Padecía también de la más terrible migraña,
cosa que lo volvía insoportablemente huraño. Su carácter lo superaba, un genio
endiablado y una impaciencia agotadora. Quería quedar vestido en menos de un
minuto, quería tomar el sol sin ruido, quería volver a su habitación apenas la
primera gota de agua asome su tímida cara en el cielo. Pero eso sí, se tomaba
su tiempo a la hora de reprenderte o acribillarte con su enojo.
Constanza
como siempre haría lo posible por no hacer ruido, cocinaba la comida y la
servía y recogía los trastos luego. Limpiaba lo que derramaba Aurelio pues la
artrosis no le daba ni para sostener la cuchara. Los dolores eran muy fuertes y
de momento debía tomar el calmante pero mientras este hiciera efecto la migraña
se haría presente. Oh era una cantaleta de nunca acabar. Cerca de las cuatro de
la tarde Aurelio conciliaría un sueño ligero, suficiente como para dejar respirar a Constanza y dejarlo muy
cubierto. Y aunque sus ocho horas se cumplían allí, se quedaba hasta muy
entradas las 7 de la noche pues el anciano no podría volverse a arropar y los
dolores volverían a presentarse.
Una
vez encontró a Aurelio intentando ponerse sólo los calcetines. Como siempre
correría para auxiliarle pues otra vez estaba maldiciendo y despotricando. Pero
esta ocasión Aurelio se negó, le retiró la mano diciendo ¡Maldita sea al menos
me quiero poner solo el calcetín! No pudo. Y lágrimas de dolor y frustración
resbalaban por su vieja cara descubriendo miles de arrugas y surcos que la vida nos da como única muestra de haberla vivido. – ¡Soy un viejo inservible que ni
siquiera puede vestirse ya me quiero morir! – Prorrumpió en un verdadero y
amargo llanto. – ¡Dímelo mocosa! ¡Dímelo! ¡Dime que soy inservible y que mejor
estaría muerto! – Le ladró a la lozana Constanza. – Usted no es inservible don
Aurelio. – Respondió con voz suave mientras le ponía el mentado calcetín que de
paso estaba al revés. -- ¿Así? Entonces muchachita del demonio ¿Me puedes decir
para qué sirvo? – Gritó Aurelio con una rabia que inflamaba toda la habitación
mientras que a duras penas lograba pasar saliva para refrescar su ardiente
garganta. Constanza nunca le seguiría el juego, lo aprendió muy pronto llegó a
esa casa.
Constanza
era sabia. Para ese trabajo debía serlo. Calló y ayudó al anciano a recostarse
en la cama y se quedó sentada muy quieta en la mecedora que estaba al lado de
la cama de Aurelio. Cerró las ventanas y encendió la calefacción. Durmió
incómoda, la silla dura lastimaba su espalda y su delgada cintura ardía con
fuego por lo incómoda que estaba mientras un llamado del anciano la despertaba
urgiéndola para ayudarlo a ir al baño. Terminó su guardia a las tres de la
mañana pues los viernes en que llegaban sus hijos ella tenía el turno de la
noche. Acabó completamente rendida, se le vio salir de la casona vieja y raída
como su propietario y dirigirse a la Quinta y los Rosales para esperar el
autobús que pasaba en su primer recorrido a las cuatro.
Gonzalo
le abrió la puerta del bus como todos los sábados despertándola de la banquilla
de espera donde siempre la hallaba dormida. – Despierta querida, despierta – La
movió suavemente mientras ella volvía en
sí. – ¡Oh! ¿Quién es? – Dijo desubicada momentáneamente reconociendo a medias a
Gonzalo, el viejo conductor del turno matutino de la línea más antigua que
recorría la interminable ciudad. – Vamos, sube al bus que ya he encendido la
calefacción, este frio es capaz de matar a uno de pulmonía – Animó a la
muchacha. Constanza sintió que su espalda ya no daba para más con lo dolida y
maltrecha que la dejó la banquilla de espera en la estación de bus. Se recostó
en uno de los asientos para terminar su sueño y despertar a las siete de la
mañana para caminar por unos minutos calle abajo y abrir la puerta de su amado
hogar. Era en realidad un pequeño departamento con su puerta blanca de madera y adornos de cristal
en los alrededores de la misma. Dejó como pudo su gran bolso y se fue derechita
a su cama. Durmió hasta muy entrada la tarde. Como siempre, despertaría con
dolor de cabeza y unos pelos que la habían transformado en una extraña
criatura. Cocinaría algo rápido y volvería a la cama para terminar su largo sábado,
disfrutar el domingo y despertar fresca el lunes en que Aurelio volvería a
regar su agrio humor por donde sea que pase.
Regresó
de la iglesia pues gustaba de asistir al servicio de los domingos y pasear por
el parque lleno de flores luego de que
el alcalde por fin contratara un jardinero. -- ¡Buenos días Don Augusto! – Le
gritó sonriente al jardinero que estaba plantado con sus tijeras cerca del
bello rosal en medio de un césped absolutamente verde. – ¡Buenos días mi niña!
– Le respondió el anciano mientras con absoluta maestría y gusto cortaba la más
linda rosa para correr con toda la velocidad que sus sesenta y seis años le
daban. – Oh Don Augusto no debió molestarse – Le dijo con una cándida sonrisa
de niña mientras que se deleitaba con el aroma de la flor. –Pero si no es
ninguna molestia mi niña, una flor siempre gusta de la compañía de otra flor –
Dijo mientras se quitaba el inmenso sombrero de paja que usaba como jardinero y
saludaba a la antigua usanza. Era de esos viejos que aún el tiempo no logra
borrar, que es tierno y cándido, que se ha vuelto como un niño y cuyo corazón
derramaba un dulzor que todos quisieran probar, un dulzor que Constanza se había
ganado sólo dándole al jardinero un saludo tierno y alegre cada domingo.
El
domingo mostró a Constanza apoyada en un barandal disfrutando de sol de la
tarde que se entrega plácido a la noche. Una rosa colgando de su mano y un
sombrero de paja rosa adornado con un lazo perlado que le hacía ver como esas
princesas de cuentos infantiles que uno quisiera hallar para sí pero al mismo
tiempo cree que en este mundo no se puede encontrar.
Despertó
Constanza junto al despertador que le avisaba que debía vestirse y dirigirse a
la estación del bus o se echaría a perder su día. Corrió alocada por el cuarto
de baño, alocada por la cocina y salió de ella con una rebanada de pan en los
dientes y un moño a medio hacer. Corrió como una tromba a dejarle la comida a Benjamín:
su gato naranja. Otra vez entró como un rayo a la cocina y salió con unas
trenzas que habían sustituido al moño que no le quedaba con esos aretes verdes
que comprase en el centro comercial la tarde del domingo y una taza de
chocolate amargo y café que era lo único amargo en su vida. Salió como una
flecha de casa y llegó con el último suspiro a tomar el bus.
La
casa de Aurelio estaba como siempre en la misma esquina. Pero algo había
cambiado. Algo faltaba. Encontró la puerta con un cinto negro y semi abierta.
Muchas caras nuevas y trajes y vestidos negros rodeando un cajón y velas a sus
cuatro lados. Aurelio había muerto.
Constanza
se sentó impactada como si le hubiesen robado el aire de los pulmones y hubiese
olvidado cómo respirar de nuevo. Se forzó a si misma a recuperarse de tantas
emociones que se le habían subido encima de los hombros. Unos cuchicheos por
aquí y por allá eran lo único que lograba distinguir. Sí, la miraban. Pero ¿Por
qué? Ella no era algo así como que de la familia. La hija mayor de Aurelio
enterró sus ojos llorosos en el pecho de su marido mientras este la consolaba.
María, así se llamaba. Se acercó a Constanza con la bolsa de tela que Aurelio
guardaba celoso bajo siete llaves en la caja de su velador. - Esto
es tuyo muchacha. En una semana se leerá el testamento y estás incluida según
veo- Espetó endurecida. Y se alejó a seguir con un dolor que a Constanza le
pareció fingido.
Abrió
la bolsa por primera vez, Aurelio no dejaba que ni sus hijos se le acercaran.
Había un paquete atado con una cuerda, cuerda que habían cortado sin siquiera
intentar desanudarla. El atado mantendría como treinta sobres que luego
descubrió eran cartas. Todas remitidas a la misma persona. Constanza Alvarado
García. Mil pensamientos le recorrieron la espalda. Cartas ¿Para mí? Todas con
el Mismo remitente: Aurelio Greco Feliciano. Con
incomparable ternura y delicadeza abrió la primera carta que en realidad era la
última que el viejo había escrito.
“Hoy
me he portado otra vez como un idiota con la Dulce Constanza, le he gritado y
ella sólo me ha respondido con dulzura. Ella es la única que me entiende y la
he vuelto a herir. Es la única que se queda tres horas más a mi lado y este
viejo estúpido no sabe más que renegar y maldecir. Ni con una vida de
penitencias, ni con un millón de mi bienes podría pagar o merecer su amable
trato, por eso hoy escribo, aunque mis propias manos las sienta romperse y me
duela hasta las lágrimas, es lo mínimo que puedo dedicarle, devolverle unos
gramos de cariño de tanto que ella me dio primero. Mi vida se consume y mis
hijos sólo parecen buitres a la espera
de su festín macabro.
Debería
haber muerto hace mucho pero un bálsamo llamado Constanza me ha hecho durar
unos días más. Si tan solo pudiese decirle que mi gratitud hacia ella no tiene fin, que mi miserable existencia
la cambió una niña más sabia que todos estos hijos con cartones y carreras que
de nada me han servido sino sólo para acabar con mi paciencia. Yo he recitado
esas palabras que me lee a diario. Yo tengo lágrimas de pena por haber sido tal
cual fui. Y hoy me arrepiento y le he pedido a ese Señor del que ella me cuenta
que entre en mí y me lleve con él. Que quiero ser suyo como mi dulce y querida
niña Constanza. El dolor se ha ido, la pena desaparece y la vida que ahora siento
no la apaga esta sombra ridícula que es la muerte cercana.
Que
ese Dios te bendiga mi niña Constanza, yo te espero allá para darte todas las
gracias que te adeudo y el abrazo que estas manos deformes no me han dejado
darte. Al menos te premiaré con esto que mis hijos creen que lo es todo en la
vida. Adiós mi querida y dulce Niña Constanza.”
Una
lágrima se derramó en la tibia mejilla de Constanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario