martes, 12 de junio de 2012

Unos Gramos de Cariño



        A mi hermana Silvia que es por mucho mi mejor amiga y a la querida  e irremplazable  Lilliana .

Eran las tres de la tarde y Constanza se dirigía presurosa por entre el tumulto que agolpaba como un enjambre la transitada vía pública. El clop clop de los tacones de las mujeres que se dirigían a una oficina y el clash clash de los zapatos de cuero de los hombres de corbata y camisa almidonada bastaban para odiar usar corbata o tacones. Constanza caminaba sin hacer ruido, vestía con la ropa más sencilla como correspondía a un viernes en que saldría muy tarde cuando todos de seguro dormirían y unos zapatos con suela de goma para no hacer ruido. Aurelio diría luego en una carta que siempre usaba sus zapatos de algodón. Que le agradecía haberlos usado a pesar de que no le correspondió nunca hacerlo. La calle desembocaba muchas cuadras más abajo en una plazoleta.

Constanza iba directamente a su trabajo. Tan diferente al de los demás, no se llenaba de oficios ni papeles que el tiempo nunca deja de borrar. No tenía ordenadores llenos de documentos y correos que a fuerza terminan a uno volviéndolo loco. Su trabajo no tenía oficina ni reuniones de directorio ni jefes de producción ni personal de venta ni mucho menos al escandaloso jefe de marketing que aglomeraba la preciosa ciudad con sus carteles de imágenes ininteligibles de personas felices por simplemente sostener una lata de atún en las manos. – Yo sonreiría así si tuviera un sweater nuevo –  se dijo a sí misma.

Ella tenía un trabajo que nuestro mundo ha comenzado a llamar sub empleo, todo porque no viste ropa de  encaje o zapatos con tacones o porque no lleva un portafolios en la mano. Ella dedicaba ocho horas de su vida diaria al cuidado de Aurelio: Un anciano que además del peso de sus años sufría de artrosis en cada una de sus articulaciones. Era incapaz incluso de vestirse a sí mismo. Padecía también de la más terrible migraña, cosa que lo volvía insoportablemente huraño. Su carácter lo superaba, un genio endiablado y una impaciencia agotadora. Quería quedar vestido en menos de un minuto, quería tomar el sol sin ruido, quería volver a su habitación apenas la primera gota de agua asome su tímida cara en el cielo. Pero eso sí, se tomaba su tiempo a la hora de reprenderte o acribillarte con su enojo.

Constanza como siempre haría lo posible por no hacer ruido, cocinaba la comida y la servía y recogía los trastos luego. Limpiaba lo que derramaba Aurelio pues la artrosis no le daba ni para sostener la cuchara. Los dolores eran muy fuertes y de momento debía tomar el calmante pero mientras este hiciera efecto la migraña se haría presente. Oh era una cantaleta de nunca acabar. Cerca de las cuatro de la tarde Aurelio conciliaría un sueño ligero, suficiente como  para dejar respirar a Constanza y dejarlo muy cubierto. Y aunque sus ocho horas se cumplían allí, se quedaba hasta muy entradas las 7 de la noche pues el anciano no podría volverse a arropar y los dolores volverían a presentarse.

Una vez encontró a Aurelio intentando ponerse sólo los calcetines. Como siempre correría para auxiliarle pues otra vez estaba maldiciendo y despotricando. Pero esta ocasión Aurelio se negó, le retiró la mano diciendo ¡Maldita sea al menos me quiero poner solo el calcetín! No pudo. Y lágrimas de dolor y frustración resbalaban por su vieja cara descubriendo miles de arrugas y surcos que la vida nos da como única muestra de haberla vivido. – ¡Soy un viejo inservible que ni siquiera puede vestirse ya me quiero morir! – Prorrumpió en un verdadero y amargo llanto. – ¡Dímelo mocosa! ¡Dímelo! ¡Dime que soy inservible y que mejor estaría muerto! – Le ladró a la lozana Constanza. – Usted no es inservible don Aurelio. – Respondió con voz suave mientras le ponía el mentado calcetín que de paso estaba al revés. -- ¿Así? Entonces muchachita del demonio ¿Me puedes decir para qué sirvo? – Gritó Aurelio con una rabia que inflamaba toda la habitación mientras que a duras penas lograba pasar saliva para refrescar su ardiente garganta. Constanza nunca le seguiría el juego, lo aprendió muy pronto llegó a esa casa.

Constanza era sabia. Para ese trabajo debía serlo. Calló y ayudó al anciano a recostarse en la cama y se quedó sentada muy quieta en la mecedora que estaba al lado de la cama de Aurelio. Cerró las ventanas y encendió la calefacción. Durmió incómoda, la silla dura lastimaba su espalda y su delgada cintura ardía con fuego por lo incómoda que estaba mientras un llamado del anciano la despertaba urgiéndola para ayudarlo a ir al baño. Terminó su guardia a las tres de la mañana pues los viernes en que llegaban sus hijos ella tenía el turno de la noche. Acabó completamente rendida, se le vio salir de la casona vieja y raída como su propietario y dirigirse a la Quinta y los Rosales para esperar el autobús que pasaba en su primer recorrido a las cuatro.

Gonzalo le abrió la puerta del bus como todos los sábados despertándola de la banquilla de espera donde siempre la hallaba dormida. – Despierta querida, despierta – La movió  suavemente mientras ella volvía en sí. – ¡Oh! ¿Quién es? – Dijo desubicada momentáneamente reconociendo a medias a Gonzalo, el viejo conductor del turno matutino de la línea más antigua que recorría la interminable ciudad. – Vamos, sube al bus que ya he encendido la calefacción, este frio es capaz de matar a uno de pulmonía – Animó a la muchacha. Constanza sintió que su espalda ya no daba para más con lo dolida y maltrecha que la dejó la banquilla de espera en la estación de bus. Se recostó en uno de los asientos para terminar su sueño y despertar a las siete de la mañana para caminar por unos minutos calle abajo y abrir la puerta de su amado hogar. Era en realidad un pequeño departamento con su  puerta blanca de madera y adornos de cristal en los alrededores de la misma. Dejó como pudo su gran bolso y se fue derechita a su cama. Durmió hasta muy entrada la tarde. Como siempre, despertaría con dolor de cabeza y unos pelos que la habían transformado en una extraña criatura. Cocinaría algo rápido y volvería a la cama para terminar su largo sábado, disfrutar el domingo y despertar fresca el lunes en que Aurelio volvería a regar su agrio humor por donde sea que pase.
Regresó de la iglesia pues gustaba de asistir al servicio de los domingos y pasear por el parque  lleno de flores luego de que el alcalde por fin contratara un jardinero. -- ¡Buenos días Don Augusto! – Le gritó sonriente al jardinero que estaba plantado con sus tijeras cerca del bello rosal en medio de un césped absolutamente verde. – ¡Buenos días mi niña! – Le respondió el anciano mientras con absoluta maestría y gusto cortaba la más linda rosa para correr con toda la velocidad que sus sesenta y seis años le daban. – Oh Don Augusto no debió molestarse – Le dijo con una cándida sonrisa de niña mientras que se deleitaba con el aroma de la flor. –Pero si no es ninguna molestia mi niña, una flor siempre gusta de la compañía de otra flor – Dijo mientras se quitaba el inmenso sombrero de paja que usaba como jardinero y saludaba a la antigua usanza. Era de esos viejos que aún el tiempo no logra borrar, que es tierno y cándido, que se ha vuelto como un niño y cuyo corazón derramaba un dulzor que todos quisieran probar, un dulzor que Constanza se había ganado sólo dándole al jardinero un saludo tierno y alegre cada domingo.
El domingo mostró a Constanza apoyada en un barandal disfrutando de sol de la tarde que se entrega plácido a la noche. Una rosa colgando de su mano y un sombrero de paja rosa adornado con un lazo perlado que le hacía ver como esas princesas de cuentos infantiles que uno quisiera hallar para sí pero al mismo tiempo cree que en este mundo no se puede encontrar.

Despertó Constanza junto al despertador que le avisaba que debía vestirse y dirigirse a la estación del bus o se echaría a perder su día. Corrió alocada por el cuarto de baño, alocada por la cocina y salió de ella con una rebanada de pan en los dientes y un moño a medio hacer. Corrió como una tromba a dejarle la comida a Benjamín: su gato naranja. Otra vez entró como un rayo a la cocina y salió con unas trenzas que habían sustituido al moño que no le quedaba con esos aretes verdes que comprase en el centro comercial la tarde del domingo y una taza de chocolate amargo y café que era lo único amargo en su vida. Salió como una flecha de casa y llegó con el último suspiro a tomar el bus.

La casa de Aurelio estaba como siempre en la misma esquina. Pero algo había cambiado. Algo faltaba. Encontró la puerta con un cinto negro y semi abierta. Muchas caras nuevas y trajes y vestidos negros rodeando un cajón y velas a sus cuatro lados. Aurelio había muerto.

Constanza se sentó impactada como si le hubiesen robado el aire de los pulmones y hubiese olvidado cómo respirar de nuevo. Se forzó a si misma a recuperarse de tantas emociones que se le habían subido encima de los hombros. Unos cuchicheos por aquí y por allá eran lo único que lograba distinguir. Sí, la miraban. Pero ¿Por qué? Ella no era algo así como que de la familia. La hija mayor de Aurelio enterró sus ojos llorosos en el pecho de su marido mientras este la consolaba. María, así se llamaba. Se acercó a Constanza con la bolsa de tela que Aurelio guardaba celoso bajo siete llaves en la caja de su velador. - Esto es tuyo muchacha. En una semana se leerá el testamento y estás incluida según veo- Espetó endurecida. Y se alejó a seguir con un dolor que a Constanza le pareció fingido.

Abrió la bolsa por primera vez, Aurelio no dejaba que ni sus hijos se le acercaran. Había un paquete atado con una cuerda, cuerda que habían cortado sin siquiera intentar desanudarla. El atado mantendría como treinta sobres que luego descubrió eran cartas. Todas remitidas a la misma persona. Constanza Alvarado García. Mil pensamientos le recorrieron la espalda. Cartas ¿Para mí? Todas con el Mismo remitente: Aurelio Greco Feliciano. Con incomparable ternura y delicadeza abrió la primera carta que en realidad era la última que el viejo había escrito.

“Hoy me he portado otra vez como un idiota con la Dulce Constanza, le he gritado y ella sólo me ha respondido con dulzura. Ella es la única que me entiende y la he vuelto a herir. Es la única que se queda tres horas más a mi lado y este viejo estúpido no sabe más que renegar y maldecir. Ni con una vida de penitencias, ni con un millón de mi bienes podría pagar o merecer su amable trato, por eso hoy escribo, aunque mis propias manos las sienta romperse y me duela hasta las lágrimas, es lo mínimo que puedo dedicarle, devolverle unos gramos de cariño de tanto que ella me dio primero. Mi vida se consume y mis hijos sólo parecen buitres  a la espera de su festín macabro.

Debería haber muerto hace mucho pero un bálsamo llamado Constanza me ha hecho durar unos días más. Si tan solo pudiese decirle que mi gratitud hacia  ella no tiene fin, que mi miserable existencia la cambió una niña más sabia que todos estos hijos con cartones y carreras que de nada me han servido sino sólo para acabar con mi paciencia. Yo he recitado esas palabras que me lee a diario. Yo tengo lágrimas de pena por haber sido tal cual fui. Y hoy me arrepiento y le he pedido a ese Señor del que ella me cuenta que entre en mí y me lleve con él. Que quiero ser suyo como mi dulce y querida niña Constanza. El dolor se ha ido, la pena desaparece y la vida que ahora siento no la apaga esta sombra ridícula que es la muerte cercana.
Que ese Dios te bendiga mi niña Constanza, yo te espero allá para darte todas las gracias que te adeudo y el abrazo que estas manos deformes no me han dejado darte. Al menos te premiaré con esto que mis hijos creen que lo es todo en la vida. Adiós mi querida y dulce Niña Constanza.”
Una lágrima se derramó en la tibia mejilla de Constanza.




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