martes, 12 de junio de 2012

Cuando la Realidad nos Habla


Aquella ocasión Alberto andaba sereno por la avenida principal. Pantalones nuevos y una chaqueta otoñal que hacía juego con el ramo de flores que contento cargaba en sus manos. Era su primera cita con Clarisse. Una chica que había conocido en  las clases de la universidad y habían salido algunas veces de forma casual: pero esta sí era una verdadera cita. Se repetía con la convicción de aquel que ha ganado la lotería y se dirige presuroso a cobrar su premio. Ella era como pocas, una mujer que no conocía de dudas, tan firme y segura que nunca se le vio vacilar salvo cuando debía elegir el azul o el rosa en sus vestidos. Y hoy, Alberto llevaría flores a su casa y saldrían al cine. Era todo como una de las tantas citas que en el mundo existen, millones de personas y miles de asientos, tantas butacas en un cine y tantas otras cajas de chocolate. Bueno, eran ellos. Él la tomó de la mano al salir de casa y ella no hizo nada más que tomar la suya. Caminaron un buen trecho hasta la avenida principal para luego encaminarse a ese viejo y conocido cine donde se enamoraron los padres de Alberto. Ese era su plan para aquella noche. Visitar junto con la muchacha aquel lugar donde los recuerdos de sus padres nacieron. Y tal vez, ver nacer los suyos.

La mejor y más divertida película fue proyectada, la alegría estaba a flor de piel. El ambiente guardaba todavía de aquel viejo resquicio de romance para respirarlo y enamorarse. Mientras la parte tierna de la película pasaba, Clarisse dejó el peso de su cabeza en los hombros de Alberto. Vaya, sólo eso bastó para que naciera allí mismo el sueño. Un sueño que sería luz de sus noches y dirección a su hogar. Al terminar la función, los ojos de Clarisse lo miraban anhelantes, como diciendo algo más. Alberto no vaciló y se atrevió a besarla. Después de todo eran dos chicos normales, casi como los globos con corazones y los chocolates que son tan normales en las tardes de sábado. Pero algo sucedió, algo que no estaba previsto pasó. Un sonido bronco y luego silencio. Una nieve fina se cernía sobre ellos, gritos, miedos y llantos. Era el techo del viejo cine que se estaba desplomando sobre ellos y algunos más de los novios que divertidos se cogían de las manos. Alberto despertó luego de tres días de coma, una contusión severa se había llevado su memoria. No recordaba quién era, atacó al personal del hospital, se quitó los aparatos de las venas y mientras un enorme enfermero lo sometía sintió como es que una corriente más fuerte que él dormía sus fuerzas y cedía a la voluntad de quien lo arrastraba de nuevo a su lecho. Dos semanas pasaron en que los recuerdos empezaron a volver, primero su nombre, luego su edad, el recuerdo de sus padres y lo que estudiaba en la universidad. ¡Clarisse! Gritó a media noche mientras un eterno llanto desesperado brotaba sin control por sus ojos y un dolor interminable por el golpe en su cabeza le partía en dos el pensamiento. Sangraba de la nariz, así pasaba cada vez que le venía un recuerdo doloroso como aquel en que su abuela murió. Otra vez lo sedaron, ya calmado el médico le dijo que la vería al día siguiente, que como él ella también estaba en observación en el hospital.

Al día siguiente el dolor partía en dos su corazón al ver a Clarisse, ella por supuesto había despertado el mismo día y recordaba todo salvo que había olvidado cómo se movían las manos y las piernas, apenas recordaba cómo es que los labios se movían y besaban a alguien. Su columna se había desprendido dos milímetros de su cuello invalidando sus movimientos para siempre. Los médicos hicieron lo debido para volver todo a su lugar pero los nervios eran irrecuperables. Alberto apenas recordaba cómo es que todo pasó y Clarisse recordaba que  desde ese momento jamás volvería a decidir cuando volverían a besarla sino que esperaría quieta las caricias de Alberto en la frente y en la sien pues no sentía casi nada de lo que sucedía en su cuerpo. Desde entonces ambos cada noche escuchaban contentos lo que les hablaba la realidad. Pero ellos la cambiaban, le decían que se podían amar mientras sus almas vibrasen juntas en un acorde eterno, ellos respondían cuando la realidad les cantaba que habrían de morir jóvenes. Y le cantaban que sí, que lo aceptaban pero que mientras el tiempo pudiese caminar a su lado no renunciaban a decirse lo mucho que ahora ellos en REALIDAD se amaban.

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