Aquella ocasión Alberto andaba
sereno por la avenida principal. Pantalones nuevos y una chaqueta otoñal que
hacía juego con el ramo de flores que contento cargaba en sus manos. Era su
primera cita con Clarisse. Una chica que había conocido en las clases de la universidad y habían salido
algunas veces de forma casual: pero esta sí era una verdadera cita. Se repetía
con la convicción de aquel que ha ganado la lotería y se dirige presuroso a
cobrar su premio. Ella era como pocas, una mujer que no conocía de dudas, tan
firme y segura que nunca se le vio vacilar salvo cuando debía elegir el azul o
el rosa en sus vestidos. Y hoy, Alberto llevaría flores a su casa y saldrían al
cine. Era todo como una de las tantas citas que en el mundo existen, millones
de personas y miles de asientos, tantas butacas en un cine y tantas otras cajas
de chocolate. Bueno, eran ellos. Él la tomó de la mano al salir de casa y ella
no hizo nada más que tomar la suya. Caminaron un buen trecho hasta la avenida
principal para luego encaminarse a ese viejo y conocido cine donde se
enamoraron los padres de Alberto. Ese era su plan para aquella noche. Visitar
junto con la muchacha aquel lugar donde los recuerdos de sus padres nacieron. Y
tal vez, ver nacer los suyos.
La mejor y más divertida película
fue proyectada, la alegría estaba a flor de piel. El ambiente guardaba todavía
de aquel viejo resquicio de romance para respirarlo y enamorarse. Mientras la
parte tierna de la película pasaba, Clarisse dejó el peso de su cabeza en los
hombros de Alberto. Vaya, sólo eso bastó para que naciera allí mismo el sueño.
Un sueño que sería luz de sus noches y dirección a su hogar. Al terminar la
función, los ojos de Clarisse lo miraban anhelantes, como diciendo algo más.
Alberto no vaciló y se atrevió a besarla. Después de todo eran dos chicos
normales, casi como los globos con corazones y los chocolates que son tan
normales en las tardes de sábado. Pero algo sucedió, algo que no estaba
previsto pasó. Un sonido bronco y luego silencio. Una nieve fina se cernía
sobre ellos, gritos, miedos y llantos. Era el techo del viejo cine que se
estaba desplomando sobre ellos y algunos más de los novios que divertidos se
cogían de las manos. Alberto despertó luego de tres días de coma, una contusión
severa se había llevado su memoria. No recordaba quién era, atacó al personal
del hospital, se quitó los aparatos de las venas y mientras un enorme enfermero
lo sometía sintió como es que una corriente más fuerte que él dormía sus
fuerzas y cedía a la voluntad de quien lo arrastraba de nuevo a su lecho. Dos
semanas pasaron en que los recuerdos empezaron a volver, primero su nombre,
luego su edad, el recuerdo de sus padres y lo que estudiaba en la universidad.
¡Clarisse! Gritó a media noche mientras un eterno llanto desesperado brotaba
sin control por sus ojos y un dolor interminable por el golpe en su cabeza le
partía en dos el pensamiento. Sangraba de la nariz, así pasaba cada vez que le
venía un recuerdo doloroso como aquel en que su abuela murió. Otra vez lo
sedaron, ya calmado el médico le dijo que la vería al día siguiente, que como
él ella también estaba en observación en el hospital.
Al día siguiente el dolor partía
en dos su corazón al ver a Clarisse, ella por supuesto había despertado el mismo
día y recordaba todo salvo que había olvidado cómo se movían las manos y las
piernas, apenas recordaba cómo es que los labios se movían y besaban a alguien.
Su columna se había desprendido dos milímetros de su cuello invalidando sus
movimientos para siempre. Los médicos hicieron lo debido para volver todo a su
lugar pero los nervios eran irrecuperables. Alberto apenas recordaba cómo es
que todo pasó y Clarisse recordaba que
desde ese momento jamás volvería a decidir cuando volverían a besarla
sino que esperaría quieta las caricias de Alberto en la frente y en la sien
pues no sentía casi nada de lo que sucedía en su cuerpo. Desde entonces ambos
cada noche escuchaban contentos lo que les hablaba la realidad. Pero ellos la
cambiaban, le decían que se podían amar mientras sus almas vibrasen juntas en
un acorde eterno, ellos respondían cuando la realidad les cantaba que habrían
de morir jóvenes. Y le cantaban que sí, que lo aceptaban pero que mientras el
tiempo pudiese caminar a su lado no renunciaban a decirse lo mucho que ahora
ellos en REALIDAD se amaban.
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