La sonrisa de la tarde
Irrefrenable cae la tarde sobre
el valle, desde un alto peñasco miro lo que es una tormenta vecina, la
sensación de soledad se hace más fuerte a medida que la tormenta se acerca.
Como un animal rabioso que acecha con ira. Es momento de partir, no pude robarle la sonrisa al atardecer.
Simplemente porque el cielo sabe siempre ocultar muy bien su sonrisa, sabe muy
bien cómo desaparecer entre las colinas y los cerros verdes que se comienzan a
tornar grises. Mi abuelo que hace muchos
años murió me dijo que el atardecer oculta su sonrisa mientras con mirada fría
afronta la oscuridad de la noche. Que sólo unos pocos afortunados logran
robársela. Mirar su sonrisa es lo más bello que uno pueda atesorar. Mirar su
alegría es sólo comparable con la sonrisa que tiene el Padre de la Vida. Pero
no es fácil verla, sólo cuando te quedas silencioso, cuando te haces uno con la
naturaleza y el atardecer no se da cuenta que le miras, cuando muchos días has
pasado casi a escondidas de su gran cuidado; es que sonríe, que ilumina el
cielo con un espectáculo bello. Aquellos días en que la noche llega tarde casi
entradas las 7, cuando la alegría del cielo la evita y retrasa es cuando
sabemos que el atardecer ha sonreído me repetía mi abuelo. Y por esa razón, por
ese motivo es que anheloso busco en el espacio silencioso y solitario la
sonrisa de una tarde. La sonrisa que te llena de fuerzas y alegría, la sonrisa
que detiene a la noche, la sonrisa que opaca la negrura del crepúsculo.
Tengo frío, este valle es frio y
cálido a la vez, sólo para fuertes se hizo este clima que es de por si un
paraíso en la tierra. Algunas veces logro entender la locura de quienes habitan
la fría Siberia “La tierra dormida”, a veces logro ver qué es lo que encanta el
corazón de aquellos valientes, ese sentimiento se aloja en mi corazón cuando
toco el agua congelada de estos ríos y me enamoro de la vegetación salvaje y
noble a la vez.
Vuelvo a por el casco de la
motocicleta que me trajo hasta aquí y me alisto a regresar. Reposado y con
fuerzas, aligerada la carga del alma y contento el espíritu retorno a casa. Mi
madre me espera con una sopa caliente que
es el premio más grandioso que
pude haber tenido en la vida. Se acaba el domingo y debo partir a la vida
diaria y cotidiana, a los quehaceres obligatorios del trabajo. Bueno, hay una
tragedia por la cuál he buscado fuerzas: mi amigo, tal vez no el mejor sino
sólo un amigo de antaño. Ha sufrido un accidente que le ha partido en dos la
columna, le operaron para soldarle las vertebras. No siente las piernas, no
siente la aguja que usa el médico para buscar alguna terminación nerviosa que
le devuelva una esperanza. No siente el frío ni el calor, no siente ningún
ánimo fresco subir de la tierra como producto del sol que evapora el rocío de
las plantas. Su fe está casi quebrada y su corazón perforado por la escopeta
del infortunio que precedió a ese horrendo momento en que todo sucedió. Ahora
los que le queremos y llevamos una parte de su dolor en nuestros pechos nos
hemos acercado a él para servirle. Para ser el río, el canal por el que el lago
de su miedo y su desesperación, de su impotencia y de ese único golpe que de
una vez y para siempre pretende silenciar sus pasos… queremos ser ese pequeño
rio por el que desfoga ese lago oscuro y frío. Queremos llevarnos si es posible
un pedazo de dolor a nuestras casas y dejarle con un poco de esperanza y calor
de hogar, calor de hermanos y hermanas.
Su hijo de dos años no entiende
por qué papá no puede jugar futbol con él. Y eso lo despedaza por dentro como
las zarpas de una bestia furiosa y hambrienta de lágrimas que punza, muerde y
araña su corazón desesperadamente queriendo alimentarse. Hace pocos días que le
acompañamos en su operación, con nuestra compañía, nuestros ánimos y también
con todo el dinero que pudimos dar. Aunque se necesitó más. La familia debe
estar siempre unida repetía el abuelo, la familia debe ser lo primero y si un
día lo olvidas verás cómo todo lo que tienes se te irá de las manos de la misma
manera en que el agua escapa juguetona de tu más fiero abrazo. El abuelo era
sabio.
Pero los días no tienen por qué
ser lluviosos todos ni deben ser llenos de nubes negras, también sale el sol y
se va la lluvia por más crudo que el invierno sea. Alguno de sus días será de
cielo limpio y claro, de brisa calma y de grama verde creciendo en el suelo.
También los lagos un día se calman y muestran en el fondo la maravilla de su
lecho. También las tardes sonríen, también las tardes sonríen, también las
tardes sonríen sigo repitiendo y casi logro oír detrás de mi voz la voz del
abuelo. Por eso es que busco esa sonrisa para llevársela a mi amigo, por eso es
que sin el menor ruido miro al atardecer esperando ver lo que me decía el
abuelo.
La tarde se va y un rayo de luz
cruza ominoso por entre las nubes, un rayo diminuto que obliga a la tarde a
respetarlo, un rayo más cae como una jabalina imparable hiriendo el suelo y
reviviendo el color de la hierba. De
repente mil rayos más se unen a esta carnicería donde las nubes huyen
despavoridas como ciervos huyen de leones hambrientos. Extrañamente el sol
resurge como quien desesperadamente sale del agua impulsado por las fuerzas que
el temor de ahogarse inspira. Ese sol que en la tarde es austero ahora
despilfarra vida y fulgor en la tierra, las nubes se arremolinan inquietas al
ser sorprendidas en un momento de intima privacidad con el crepúsculo. En el
cielo se dispara una avalancha de color y revive la tarde, la noche al igual
que la muerte ante un milagro divino, agoniza. Luz por todos lados, color y
cálida brisa nuevamente se levantan como velas en un barco malamente perdido y
que ha recuperado el rumbo. Es entonces que las aves cantan, la noche muere y
la tarde SONRÍE. Una sonrisa que a nadie más he visto, una compañía que como nunca
he sentido, fuerza, alegría y vida. Todo junto en una sola sonrisa, un manto de
perlas adornan el cielo contrariadas pues debieron encontrar a su consorte: la
noche, pero hallan la juventud de una tarde que sonríe. Es este efímero
instante aquel del que un día el abuelo habló y no mentía cuando decía que nada
en la tierra más hermoso había visto que la sonrisa de una tarde. Que su fuerza
es suficiente para mover los montes de un lado al otro, que es alegría y gozo
como nunca los has sentido y que si alguna vez ves la sonrisa de la tarde nunca
más esa sonrisa se alejará de tu rostro. Ahora que escribo esto sin querer me
he visto al espejo y sonrío.
Le llevo en el rugido de mi
motor, mientras desciendo a la civilización, un pedazo de esa cálida sonrisa a
mi amigo pues quiero ver el reflejo tan cálido de mi rostro en el suyo. Fuerzas
tengo para dárselas y para regalarlas, alegría que no se acaba y vida que es
más de lo que muchos creen que es posible tener. Mi abuelo tenía razón en todo
excepto en que no sonreía una tarde sino era el mismo Padre del cielo, el Padre
de la vida, el hacedor de todo – el que deja que el hombre que “mira” vea su
sonrisa –.
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